martes, 23 de enero de 2007

17 de Enero

El domingo pasado M. y yo fuimos de paseo. Salimos temprano y nos dirigimos a la Serra do Xistral. No la conocíamos y nos gustó mucho. Todo salvo la superpoblación eólica de que adolece. Creo que se les fue la mano, por muy energía limpia que sea. Hay que poner a trabajar el ojo selectivo porque si no los fustes, góndolas y aspas de los aerogeneradores nos pueden distraer por completo. Advertido lo anterior, el paisaje arriba es magnifico. Hay varias turberas, esponjosas y redondeadas, y las cumbres de la sierra por norma general, son suaves y poco escarpadas. Hay algunos picos graníticos, pero son los menos. Casi estorban en la armoniosa monotonía del paisaje. Habría que ser Psiquiatra o Psicólogo y tener ganas de elucubrar. Yo, aunque nos soy lo primero tengo ganas de lo segundo. Hay una cosa que estoy seguro responde a algún rasgo de carácter, tara, complejo o lo que sea. Me refiero al gusto por el paisaje. Hay gente a la que le encanta y otra a la que no le dice nada. Dentro de los que disfrutan de él, los hay que prefieren el detalle y la variedad y los hay que prefieren la monotonía y homogeneidad. Yo estoy dentro de este grupo. También hay quien forma parte de ambos. Cada vez tengo más claro que a un especialista le llega con saber qué gusto tenemos en relación al paisaje para saber algo de nuestro carácter. Si somos hiperactivos, parsimoniosos, detallistas, melancólicos, ansiosos, etcétera. Yo, reconocidas mis preferencias, voy a añadir más datos, relativos estos a magnitudes y medidas. El tamaño a mi sí me importa. Y el tiempo, para mí, o no es oro, o soy millonario, porque estoy dispuesto a perderlo y derrocharlo en las más absurdas trivialidades, por supuesto, nada productivas en términos de la mal oliente mercadotecnia actual. Pongamos un ejemplo. A Serra do Xistral. Me gustó, ya lo dije arriba. Cuanto más grande fuera, o fuese, más me habría gustado. Cuanto más carente de detalles que interrumpan el monótono discurrir de prados y lomas, más me habría gustado. En el fondo, cuanto más aburrida, más me entretendría. Ante mi ideal de Serra do Xistral, es decir, una enorme sierra – meseta – tundra - taiga, de desproporcionadas dimensiones, monótona, sin recovecos, ni sorpresas, ni detallitos molestos, cuanto más tiempo tenga para observarla, más disfruto. Sobre todo verla y contemplarla. Cuanto más mejor, horas, días. Esta bien recorrerla, pero así yo me distraigo y no es lo mismo. Es fácil imaginar que el mar me encanta. Que me aburren las calitas idílicas y me gustan los amplios arenales solitarios. Que prefiero el atlántico a las claustrofóbicas rías. Que me atraen el desierto, las mesetas, las cordilleras, las grandes distancias de Norteamérica, China, Mongolia, Australia, etcétera. Con este perfil el Psiquiatra ya está rellenando la receta. La llevo clara, seguro que padezco alguna patología psíquica. Si le contara que soy capaz de estar horas y horas mirando una duna o el techo de la sala, ¿Qué diría el doctor? A mí, en mi ignorancia y egocentrismo, hasta hace poco me parecía lo más normal del mundo. Aún me acuerdo del patatús emocional que para mi supuso enterarme y comprobar que no todo el mundo era igual que yo. Antes de eso, yo no entendía porqué alguno o alguna se desesperaba conmigo cuando iba por la cuarta hora de mi regocijante contemplación del Monte Louro o las dunas de Corrubedo. Ahora ya lo entiendo, padecen distinta patología que yo. Prefieren los detalles, las rías, dicen que las cosas buenas vienen en recipientes pequeños, no tiene un momento para nada porque el tiempo es oro… están enfermos los pobres. Hace años, en Santiago, estaba en un grupo, los Kanguroos, y dábamos un concierto en la Nao Berlín. Lo recuerdo como si fuera hoy. Mis compañeros, con alarmante gesto de preocupación, me insisten en que esté atento: atención Venturín vamos a echar unos petardos y justo después entras tú con la guitarra y el Under my Thumb de los Rolling. Durante un segundo pienso: pero de que se van, ni que fuese tan despistado, me han repetido cien veces lo de los petardos y mi entrada. Al siguiente segundo estoy totalmente ensimismado y abstraído, supongo que contemplando un vaso de tubo. Después, los petardos ni los oigo y me interrumpe Néstor, el cantante, gritando entre el olor a pólvora y reclamando mi atención. Los petardos dónde van y el grupo y el público esperando mi intro. Cualquier persona “normal”, en esa situación (primeros conciertos y bastante gente) estaría a tope de nervios y excitación, alerta. Todo atención. Y yo en el páramo, viajando y ausente. No se lo podían creer. Me vacilaban siempre con eso, pero yo normalmente estaba distraído, así que ni caso.

Cuando volvíamos del Xistral y Ribadeo paramos en Mondoñedo, cuna de mi admirado Alvaro Cunqueiro. Era ya de noche y la plaza de la Catedral estaba espectacular. Tomamos un café con la típica tarta. Cosa rara en un domingo, la oficina de información estaba abierta y cogimos unos trípticos. Al mirarlos nos llamó la atención un plano en el que se anunciaba el “Museo Merlín”. Lo asociamos al libro de Cunqueiro y decidimos ir a probar suerte. Estaba cerrado y por sorprendente que parezca tenía un escaparate, como una tienda cualquiera. En él, pegado, un cartel donde se explicaba que toda la colección estaba en venta. Detrás del cartelito un sinfín de objetos religiosos, libros, estampitas. Rarísimo. Mientras curioseábamos se abrió la puerta. Dudamos un momento y entramos. Que sitio. Increíble. Y que individuo. Acojonante. Conocimos al Mago Merlín, en persona. También a Don Manolo Montero Rego, librero de cámara de Don Alvaro Cunqueiro. Así fue como se nos presento el dual personaje. El museo en realidad es una librería en la que se han ido acumulando además de libros, algunos buenos y otros sin ningún valor, todo tipo de objetos. Muchos de ellos relacionados con la iglesia, la religión, el diablo y demás. Recuerdos de viaje y un sinfín de curiosidades. Manolo Montero nos habló de su amistad con el Mindoniense universal, de la insistencia por parte de las televisiones en entrevistarlo para destapar algún que otro secreto Cunqueiriano que asegura conocer. Nos habló de todo. Pero lo mejor era Merlín. Se empeñaba en que no lo tratáramos de usted. Que no tenía edad, es más, asegura que para él no hay ni pasado, ni presente, ni futuro. Que puede mandar plagas y hacer cosas malas si se le provoca mucho, pero que por lo general es un mago bueno, que ha ayudado a muchísima gente. Lo pasamos muy bien. No era un charlatán ni nada de eso. Destilaba un algo atrayente. El Psiqui seguro que lo llama esquizofrenia, pero ahí en el museo, rodeados por los cachivaches y hablando con el Mago Merlín en persona, todo resultaba lógico y coherente. Le caímos bien. Nos regaló alguna cosita y nos escribió y firmó una dedicatoria en un póster horrible. A M. le dijo que tenía ojos de churrusqueira, que no sé lo que es. A mí, que tenía que coger fuerzas para satisfacerla. Había varias cosas relacionadas con Cunqueiro. Nada más entrar, una foto de este con Merlín, realmente bonita. Le insinué algo sobre ella pero no entró al trapo, que para eso es un mago. Tenía también el altar en que se casó Don Alvaro. Entero, apoyado en una pared de la librería. Me olvidé de comentarle que estuve en su tumba, en la foret de Brocelandie en Bretaña, con M. Por lo que veo eso de la tumba de Merlín es un montaje de algún espabilado para sacar un dinero vendiendo recuerdos, porque el Mago está vivo y coleando por Mondoñedo adelante. Nos fuimos con ganas de más, pero se hacía tarde. Le pedimos que hiciese un truco para que apareciéramos en Carballo directamente, pero en ese momento volvía a ser Manolo Montero Rego. Mucho Mago de dios. Por cierto, asegura ponerle todos los días una vela a dios y otra al diablo.

Como colofón a un día tan mágico, voy a largar algún que otro dato. Por supuesto, todo científicamente probado y a nuestra disposición si lo queremos consultar en la bibliografía especializada. Según Cunquiero, todas y cada una de las moscas que hay en Europa proceden de tres lugares: Toledo, Montpellier y el Xistral. Desde estas luciferinas localizaciones, Leonardo, que oficia directamente a las órdenes de Belcebú, manda, por enjambres de nueve mil novecientas noventa y nueve moscas, remesas a todo el viejo continente. Asimismo, en Salamanca cuentan que en el S.XVI se descubrió que Domingo de Montemor era un diablo porque al entrar en su posada se le halló encerrado en la habitación comiendo de un gran plato rebosante de negras moscas del Xistral. Según Don Alvaro, parece ser que los demonios hacen en el plato con granos de sal la señal: Mat – Aleph – Nuk. Ante esta llamada las moscas caen sobre el plato como poseídas, sin que después sepan cómo salir. De la misma manera se supo que Islaq de Arles era también de ascendencia satánica.

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