martes, 23 de enero de 2007

3 de Enero

Desde el día de navidad estoy leyendo “del Cielo y del Infierno” de Emmanuel Swedenborg. Me lo trajo Papá Noel Mutti. Le tenía muchas ganas. Por lo que dicen en la introducción, esta edición de Siruela es la primera que se publica en español. No se ha traducido del original Sueco si no que de la versión inglesa. Swedenborg es uno de esos tíos a los que te vas encontrando en los sitios más sugerentes. Cada vez que me enteraba de algo nuevo sobre él mi curiosidad se acrecentaba. El primer picotazo me llegó con Gerard de Nerval. Luego con Borges, luego con Balzac… cuando veía cómo este individuo era continuamente aludido y admirado por semejantes “fuera de serie”, “must have” me corroía la curiosidad. Aún careciendo de referencias el asunto prometía, pero para que nos vamos a engañar, si mis amigos Jorge Luis y Honorato estaban tan convencidos de sus excelencias, yo ya estaba, de antemano, ganado para la causa. Así de prejuicioso puedo ser. Y a mucha honra. Emmanuel fue un místico la segunda mitad de su vida. La primera, un hombre de ciencia. La segunda, un visionario, un iluminado, un “touchstone” para muchos. Los antes citados, Baudelaire, Válery. En el primer capítulo del libro te encuentras con lo que sigue:

“Me ha sido concedido estar con los ángeles y hablar con ellos cara a cara. También se me ha permitido ver, a lo largo de trece años, lo que hay en el cielo y en el infierno”

“Del cielo y del infierno” es el medio que utiliza nuestro iluminado visionario “para derramar luz donde hay ignorancia y disipar así el escepticismo” Que tío este. A menudo pienso en la cantidad de absolutas genialidades que la humanidad se habría perdido si la existencia de los hospitales psiquiátricos y la posibilidad de que los “locos” fueran tratados en los mismos se hubiese generalizado antes. Es impresionante la cantidad de melancólicos patológicos, depresivos, esquizofrénicos, bipolares, jamaos varios, que pueblan las enciclopedias. Son mayoría entre los que nosotros calificamos de genios. Desde luego, Emmanuel, en los tiempos que corren, estaría incapacitado judicialmente e internado en Conxo o en los Abetos. Pero no en 1758, que es cuando parió el librito. Lo que no tiene de brillante lo tiene de interesante. Y lo que le falta de ejercicio de virtuosismo literario le sobra de testimonio apabullante. En resumen, una delicia. Emmanuel lo vio todo señores, hasta la campañilla del mismísimo Dios, señor de la creación, con el que departió a menudo. Aún no he llegado a la parte que le dedica al infierno, pero debe ser entretenidísima. Ojeando el libro cuando me lo dejó Papa Noel, leí el siguiente epígrafe con el que empieza un capítulo: “El fuego del infierno y el crujir de dientes”, la hostia. Y este otro “Apariencia, situación y numero de los infiernos” Todo esto contado, no por un advenedizo, si no por todo un iniciado. No tiene desperdicio. Como no podía ser de otra manera, su obra fue tildada de herética. Hasta ahí podíamos llegar. Cogiendo impulso en sus escritos y profundizando en sus visiones y vivencias se formó un grupúsculo sectario en el siglo XVIII. Los llamados Swedenborgianos, primos hermanos de los iluminados y de otras sectas al uso. Aún andan por ahí. Me gustaría saber si mi admirado Jorge Luis se mezcló con ellos. ¿Y Honorato? Si fuese así, me apunto. Seguro que son fuente de deleite continuo, y encima ilegal, que placer.

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