jueves, 5 de abril de 2007

5 de Abril

“La muerte de Virgilio” de Hermann Broch. Increíble. Casi setecientas páginas estructuradas en cuatro partes para describir las últimas horas del poeta. Su desesperación y el intento de quemar sus obras. A su lado, un frustrado Augusto, que a toda costa pretende salvar dichas obras de la hoguera. No por generosidad, altruismo o un interés superior. Todo lo contrario, por lo que de aduladoras tienen para con la persona del emperador. Siendo auténticos cantos a la mayor gloria de la Cesárea figura, Augusto, se considera dueño último de los mismos. Virgilio, su prudente y descreído autor, cree que no merecen la eternidad. Que no son dignos de ella, como tampoco lo es el emperador. El libro nos sumerge en las contadas y decisivas horas que van desde el atardecer en el que Virgilio llega en barco a Brindisi, donde Augusto lo espera, hasta la mañana siguiente. Aunque hay tramos de imposible asimilación, el conjunto se entiende, que no es poco. Ánimo.

“Don Julián” o “Reivindicación del conde Don Julián” de Juan Goytisolo. Ladrillo de difícil o imposible entendimiento, pero, que por razones que se escapan a mi capacidad de análisis, deslumbra por su uso del lenguaje y lo intrincado de su desarrollo. No sé lo que pretendía el autor, seguro que muchas cosas. Tampoco sé si las habrá conseguido, pero, ejercicio de virtuosismo técnico, lo es, a lo bestia. Yo no entendí gran cosa, pero se lo recomiendo a cualquiera que sienta su ánimo desbordar, pues comprobará como es aplacado por la vigorosa y virguera pluma del autor.

“Petróleo” de Pier Paolo Pasolini. Vamos, esta es de traca. No me atrevo ni a formular un mínimo comentario. Es una absoluta y marmórea ida de olla del amigo Pasolini. Se publicó después de su muerte y había sido concebida como una obra definitiva, punto y aparte en comparación con el resto de su producción. ¿Qué voy a decir? Cientos de páginas en las que aparecen sueños del autor, la mafia, fascistas y comunistas, las multinacionales, perversiones varias. El lenguaje, asequible. La estructura, incomprensible, en forma de apuntes numerados, algunos en blanco (¿?), otros extensísimos, otros se los salta. Desconexa, extensa e incomprensible.

“Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietszche. Sin comentarios. Para leer esto hay que estar dopado por alguna circunstancia vital, anímica o psicotrópica. Siendo ese el caso, uno tiene la sensación de que está leyendo un mensaje suprahumano, de otro mundo. Este individuo, médium de lo Superior, debió ser punto y aparte. A mi se me hace inalcanzable, pero me creo las cosas que de él dicen los que saben (siempre superlativas). Con otros no me pasa lo mismo. Con este individuo, mis pobres neuronas se empañan con un vaho de credulidad.

Llegados aquí, me es inevitable una alusión a Paul Celan, un autor que junta y macera, como ningún otro, las palabras. Un elegido que con dos versos consigue crear la abstracción pura y dura, incomprensible, carente de sentido, pero con la fuerza delicada de un todo. Persona única, que con sus escasos versos no hizo sólo literatura, sino que pintó, compuso, soñó. Su obra es una ráfaga de colores y texturas, familiar y desconocida a la vez. Una melodía llena de matices y tonalidades. Cualquiera de sus frases, bellas, distintas, robustas y fragantes, es como una canción que no avisa y nos emociona, que nos trae melancolías olvidadas o nos llena de optimismo. Con Celan no hace falta un milagro, ni que la cuesta cambie de plano. Desde la primera frase uno se queda maravillado, enganchado. Siempre que pienso en él, me vienen a la cabeza triángulos y embudos, además de mil cosas más. Es la única manera que se me ocurre para intentar explicarme sin usar las manidas y atacantes comparaciones que acabo de utilizar. Celan es la parte angosta del embudo, o el vértice del triángulo. Desde ahí se dispara y esparce su magia. Desde la insignificancia alcanza la totalidad, desde lo particular, la regla que a todos nos vale. Todo lo contrario que quien desde un ombliguismo enfermizo no es capaz de ver más allá de sus narices. Mientras Celan está en la parte estrecha de nuestro embudo y sus versos se expanden con ansia hasta el infinito, con amplitud y libertad, por encima de manías sectarias, estos otros, muy importantes ellos, sus mundos y sus vivencias, hacen que todo tenga que pasar por su estrechez de miras. Con su cabeza en la parte ancha, creen que lo que a duras penas logran ver por el diminuto ojo del embudo lo es todo. Pobres. Recomiendo a cualquiera que coja el embudo, es muy pedagógico. Utilícenlo a la manera Celan (y tantos otros), es decir, miren con un ojo por la parte angosta. A que se ve bien, hay amplitud, claridad. Muy bien. Ahora denle la vuelta al utensilio y miren por la parte ancha. A que se ve poco. Sin comentarios.

Estoy tan lanzado con Paul Celan, que antes de que alguien le coja manía voy a parar. Aunque no me puedo callar ciertos datos que aún lo hacen más apetecible. Nació en la Bucovina (actual Rumania) en 1920. Su nombre era Paul Antschel. Judío, perdió a sus padres en los campos Nazis. El se salvó pero acabó suicidándose en Paris en 1970. Se tiró al Senna.




Bonita foto de Celan. Basta por hoy. Siento ganas de seguir soltando rollo, pero voy a aprovechar el día en otras cosas.

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