martes, 5 de junio de 2007

6 de Junio

Estos días estoy leyendo un libro que, por no sé qué asociación de ideas, me hizo recordar un incidente que este verano vivimos M. y yo. El nombre del libro se las trae: “En las cimas de la desesperación”. Teniendo en cuenta que su autor, E. M. Cioran, tenía 21 años cuando lo escribió, lo apocalíptico y tremebundo del título parece más una exageración de juventud que el fiel reflejo de una realidad personal, la del autor, que es lo que con tan altisonante enunciado se pretende describir. Mantiene Cioran que ese, la cima de la desesperación, era el punto en el que se encontraba cuando como desahogo vital redactó su obra, redacción gracias a la cual evitó adoptar medidas más drásticas y que cualquiera puede imaginar. Aunque me parece exagerado, ya lo he dicho, tengo que reconocer que el amigo Cioran tenía cierta facilidad para pasarlo mal. Aparte de inteligente, sensible, aplicado, blablabblá, era por aquel entonces un espíritu ingenuo y atlético que se debió cagar por la pata abajo cuando, según cuenta él, el insomnio llegó a su vida. Y con el insomnio, las fugas mentales, las obsesiones abstractas y las pajas mentales al por mayor. Debía estar algo mal de los nervios, supongo. Siendo ese su estado, creo que si a él le hubiera pasado lo que a nosotros el verano pasado, habría dado rienda suelta a ese espíritu primigenio que todos llevamos dentro y que a veces, de manera contraproducente, nos obcecamos en obviar y ningunear.

Pero vayamos por partes. El verano pasado andábamos por Europa adelante. En una ciudad (da igual cuál), representativa eso sí, de civismo y educación ciudadana, M. y yo buscábamos un sitio para aparcar el coche. Estábamos en una avenida. Pero, que avenida, teníais que verla, estos centroeuropeos: ordenada, limpia, luminosa, amplia, arbolada, etc. En medio de ese vergel paradisíaco, casi con miedo a desentonar con nuestra ramplona matrícula, íbamos, todo lo diligentemente que un meridional puede, a la búsqueda de estacionamiento. Pendientes de todo: de señalizar, de los límites de velocidad, de ceder el paso y hasta de sonreír a las señoras que frente a nosotros cruzaban cuando el semáforo se ponía en rojo, lapso de tiempo durante el cual y siguiendo el uso local, apagábamos el motor (queda claro que el dicho “dónde fueras, haz lo que vieras” es respetado con celo por quien suscribe). Fue en medio de esta vorágine de civismo, cuando vimos cómo un vehiculo estacionado señalizaba pues su intención era incorporarse a la circulación. Estando frente a nosotros y sin ningún competidor a la vista, me deleité imaginando la elegancia y sobriedad de la maniobra que para aparcar, paso a paso, íbamos a realizar. Parecíamos uno más de ellos. Sin la matrícula delatora nadie habría notado la diferencia. Pero que sorpresas te da la vida. Voy a ahorrar los pormenores relativos a la anunciada maniobra pero tener claro que en todo momento me comporté de manera ejemplar e intachable. Ahora me arrepiento. El caso es que un oriundo, el muy joputa, saltándose todo lo que uno se puede saltar, poniendo en peligro a más de un peatón y acumulando en cinco segundos infracciones del código de circulación como para perder su carné de por vida, nos cogió, delante de nuestras narices, el puto sitio. Uyyyy, uyyy, uyyy… que hostia. Venturín tranquilízate, M. cállate. Nos quedamos flipados, con la maniobra a medio acabar y con el tío ese quitando ya las llaves del contacto y actuando en todo momento como si a su lado, dentro del coche con el que casi se había empotrado, no hubiese dos personas, es decir M. y yo, si no dos orangutanes o primate similar. De verdad que teníais que haberlo visto. Joder. No me acuerdo qué le dijimos, cualquier cosa, pero en su posterior mirada, desprecio y condescendencia se mezclaban y sobaban de manera nauseabunda con un aire de superioridad y un tufillo hijodepapá con cochazo nuevo que era para matarlo. Realmente sentí ganas de bajarme y montar el pollo. Luego ya me arrepentiría, seguro, sentado en comisaría o tumbado en la camilla del hospital. Pero no, por dios, seamos cívicos, qué es eso de sulfurarse, un resto del pasado más embrutecedor. Por favor, hemos evolucionado, no somos bestias ni animales… Como no podía ser de otra manera, nos portamos como dios manda y con resuelta indiferencia, sólo aparente, seguimos adelante tras el momentáneo desahogo fonético. Debo reconocer también, que durante un buen rato me quedé caliente, y M. también. Estas cosas molestan. No hay duda.

Volvamos ahora junto a E. M. Cioran. ¿Qué habría hecho este insigne pensador si, a la edad de 21 años y cuando según sus propias palabras se encontraba “en las cimas de la desesperación”, se hubiese visto involucrado en nuestro incidente automovilístico? Pues lo que a todos en esa situación nos habría pedido el cuerpo. Cioran habría bajado lentamente del coche, con gracia y soltura, sin cruzar la más leve mirada con el blanco de sus descarriados instintos. Acto seguido, tras decirle a M. que no se preocupase, habría abierto el maletero y, tras introducir en él su agarrotado brazo, habríamos visto emerger, como falo talmúdico, el imponente bate de béisbol que para casos semejantes su frondosa experiencia le había recomendado llevar consigo. En este delicioso instante, para saborearlo en toda su magnitud, centremos nuestra atención en el jopapá del deportivo, el campeón del aparcamiento trucho. Acaba de ver a E.M. y su rostro es un poema. Ya no hay indolencia ni superioridad en su mirada. Ya no se dedica a quitar las llaves del buga, a la vez que habla por el móvil trillonésima generación con la churri, al mismo tiempo que repasa con la mirada a cualquier fémina en cien metros a la redonda y en su mente la desviste y sodomiza. No señor, ahora sólo es capaz de hacer una sola cosa a la vez. Se está cagando por la patinbaixo. Ha visto a Cioran, y, aunque jopapá no es muy listo, ha sabido leer en su cara que estaba en las cimas de la desesperación. También ha sabido interpretar sus gestos y tiene muy claro que Cioran ha cambiado de opinión. Hace dos minutos, de tan desesperado que estaba, dudaba entre escribir un libro o suicidarse. Ahora sin embargo, ha decidido canalizar toda esa desesperación a través de nuestro impertinente conductor. El libro quedará para otra ocasión, lo mismo que el suicidio. Ahora lo que le pide su iracundo cuerpo es esa vuelta a los orígenes, al seno materno, a los primeros juegos, a la inocencia infantil.

Los detalles de la descomunal performance que un desesperadísimo E. M. Cioran llevó a cabo, ese día, en esa avenida, mientras buscaba sitio para aparcar, han pasado a los anales de la historia del siglo XX. Fue apocalíptica. Borjamari apenas pudo salir del cochazo antes de empezar el espectáculo en el que por meritos propios era protagonista estelar, y como os podéis imaginar, llevó por todos lados.

Hasta aquí los hechos. Tremendos, no me discutiréis. Pero empecemos con las valoraciones: M. y yo actuamos de una manera y Cioran de otra. ¿Quién se comportó bien y quien mal? ¿Quién acertó y quién se equivocó? ¿Nosotros o E. M. Cioran? A primera vista me diréis que nosotros acertamos. Que Cioran se cogió la justicia por la mano y que eso del ojo por ojo y la Ley del Talión está muy superado y que así no se va a ninguna parte. Esta sería la respuesta “correcta” con la que sin duda quedaríamos bien en una reunión. Pero me temo que el asunto no es tan simple. Elevemos a la enésima potencia el suceso y pensemos que borjamari hace su cafradita mil veces en un año a la misma persona. A medida que su artimaña automovilística va cosechando éxito tras éxito, nuestro jopapá será cada día más chulo e impertinente. Se sentirá más y más orgulloso de lo macho que es al volante. Su víctima, obligado a achantar por ese ensalzamiento colectivo del civismo y de la no violencia, entrará en una barrena existencial ante el vituperio y machaque continuo de Borja. Empezará por mearse en los pantalones con tan solo pensar en buscar sitio para aparcar. Luego vendrá la tartamudez y justo después el tratamiento psiquiátrico: está en las cimas de la desesperación y, o se pone a escribir un libro o se pega un tiro. Pobre hombre. Seguro que ahora, más de uno estará pensando en que habrá que hacer algo, que esto es intolerable. Pues no, la otra mejilla. Qué es eso de la violencia, estaréis de coña. Todo esto, dicho así tiene hasta su gracia. Pero no solo gracia es lo que hay tras nuestra historia. En un increíble libro, un descomunal escritor (voy a mantener la incógnita, aclarando tan solo que es español) nos recomienda que nunca olvidemos que somos hijos de la barbarie y nietos del salvajismo. Cuando los lugares comunes imperantes nos hacen sentir que sólo los animales más simples pueden sentir determinado tipo de impulsos, oír aseveraciones como la que acabo de citar me reconforta. Porque os lo aseguro, aquel tipejo se merecía unas buenas hostias y un rayazo en el coche. Voy a traer otro lugar común: “La naturaleza es sabia” y veamos lo que sale. Estamos de acuerdo en que frente a reacciones que se catalogan como primigenias o instintivas (fruto de nuestra naturaleza más elemental) hay otras más sociales o cívicas y que son estas últimas las que debemos seguir en honor a nuestro calificativo de ser racional. Pero entones ¿es sabia o no la naturaleza? Porque nuestra naturaleza, con todo su ímpetu, nos pedía arreglarle la cara y el coche a borjamari.

Si hago caso de la naturaleza, nada mas hacerme la jugadita el amigo Borja, yo hago como Cioran: me bajo del coche y le doy un toque de atención, más o menos violento dependiendo de la mayor o menor disposición al aprendizaje de que hiciese gala el otro. ¿Qué gano de esta manera? En primer lugar yo me desahogo, con lo que ello tiene de beneficioso para el espíritu. Descargo tensión y evito que ni el más mínimo atisbo de ansiedad anide en mi organismo. Borja aprende a la primera y no volverá a hacer sus gracias al volante, pues el recuerdo de la performance y de los días de baja le hacen perder las ganas de florituras. Tampoco encontraremos en su mirada esa pedantería existencial y su vomitivo aire de superioridad. En el fondo corregirá su comportamiento y los demás no tendremos que jodernos. Si por el contrario hacemos caso del lugar común que identifica con infrahumaniode a quien siente un impulso violento (tan natural) y que nos obliga a ser todo comprensión y flema, pasará que las cosas irán por otros derroteros. Yo me quedaré caliente, pues el joputa se cachondeó lo que quiso de nosotros. Encima con ese aire de superior, despreciativo, como si no fuésemos personas. Él, como le ríen la gracia, venga a joder a la gente con el coche, y la gente venga a quemarse con el chico. Sin correctivo Borja no se baja de la moto, se cree el amo. Si le hubiese dado la primera vez, problema solucionado. Si su actitud se repite más y más, venga, barra libre (y seguro que lo hará, él es lo hostia al volante) la impepinable tendencia es:
a) que él se radicalice, pues su comportamiento solo le depara éxitos. Es el amo. Nadie le discute y todo se la trae floja, y
b) que quien lo padece se vaya desesperando más y más. Día a día notará como tarda más en conciliar el sueño. Durante horas de vigilia se imaginará las crueldades que haría con Borja si se atreviese a pasar del civismo imperante, decidiéndose a actuar de manera más impulsiva. Después vendrán las pastillas y el derrotismo… seamos exagerados, llegará un momento en que solo de pensar en salir a la calle le darán espasmos.
Así las cosas, la respuesta a la pregunta de quién tiene razón, si nosotros o Cioran, parece más abierta que antes. Todo esto es una exageración, lo sé, pero a veces son indispensables para ver con un poco de claridad. Y creo que de tanto manir los temas uno pierde la perspectiva. Ahora que está tan de moda, hasta la repugnancia, eso de la comprensión y la empatía, y aunque me parecen fenomenal, creo que, ni tanto ni tan poco. No debemos olvidarnos de lo terapéuticas que pueden resultar ciertas “salvajadas”. Y no solo para quien las realiza, que descarga su tensión, sino también para el sujeto pasivo de las mismas. Así las cosas, voto por una selectiva vuelta a la naturaleza, que es sabia, porque más sabe el diablo por viejo que por diablo. Si no lo hacemos, Borjamari, como no hay dos sin tres, seguirá con sus gracias al volante. Y aunque nunca es tarde si la dicha es buena, en vez de esperar a que Borja se aburra de joder a los demás, si el jopapá no quiere caldo, yo prefiero darle tres tazas. Pa que aprenda

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