sábado, 15 de diciembre de 2007

HistoriaS del ocaso

Da para tanto la cuestión ésta que, introduciendo una pequeña variante en el viejo enunciado, he encontrado la disculpa perfecta para volver sobre mis queridos amigos: los políticos y sus desnortados votantes, los analistas políticos y sus cencerriles lectores, todos ellos sustitutos, cuando no reencarnaciones, de trasnochadas y embrutecedoras figuras de otros tiempos.

Tras el empacho que supusieron las dos entregas anteriores del Ocaso, he recuperado el ánimo necesario para hacer frente a tan infeccioso asunto, en relación al cual, os he de reconocer, no doy crédito ante los diarios y espasmódicos brotes de fiebre colectiva producidos en ese rimbombante cultivo macro-biológico de políticos, medios e involucrados varios. Vaya panorama.

Estando próximas unas elecciones generales el espectáculo, ya de por sí surrealista, adquiere tintes grotescos, como de “cine de barrio”. Pero bueno, vasta de rodeos y vayamos entrando en antimateria.

Hace unos meses acababa mi confuso monólogo sobre la broza política que todo lo embadurna con un pequeño resumen, bastante inocente por mi parte, con el que pretendía sintetizar lo que durante horas había escrito. No estando en mi ánimo volver sobre mis pasos para repetirme una y otra vez, me remito a dicho resumen, o, para quien tenga ganas de marearse sin remisión, a las entregas completas sobre el ocaso no anunciado.

A pesar de lo anterior, para que tengáis claro que aquello no fue flor de un día, ni arrebato pasajero, ni licencia de primavera, os quiero aclarar que sigo igual de convencido, sino más, en cuanto a que todo este asunto es una gran tomadura de pelo, en la que en mayor o menor medida participamos todos, vosotros y yo, que nuestras clases dirigentes viven de las rentas del pasado y de la miopía general que han sabido inocular en todos nosotros, miopía voluntariamente aceptada por nosotros, llenos de presunciones y vanidades en las que nos encanta creer para auto-convencernos de la importancia de nuestras opiniones, elevando a los altares un sobadísimo y deformado principio democrático, que en la actualidad no es más que una caricatura y mala copia de lo que debería ser uno de los elementos fundamentales sobre los que cualquier sociedad base su avance. Como ya os dije, gracias, entre otros, al sistema democrático hemos llegado al estado de bienestar, con todo lo que ello ha supuesto en derechos y libertades, personales y colectivos. Pero en estos momentos, y en sociedades como la nuestra, con los avances que en derechos e igualdad se han producido, cuando ya nada tenemos que ver con pasados remotos ni cercanos, es el propio sistema democrático tal y como ahora se practica, puro esperpento demagógico, visceral y populista, el freno para que sigamos avanzando hacia mayores cotas de bienestar.

Hace tiempo, tendría diecisiete o dieciocho años, estaba un día escuchando un programa de radio en el que varios contertulios, supongo que todos grandes especialistas y entendidos, discutían sobre un tema que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que en determinado momento, Tip, los hizo callar a todos, perdidos en insustanciales disquisiciones teóricas, pendientes de la anécdota y olvidados de lo principal, para criticar su jactancia y poca claridad. Tomándoselos de coña les dijo que él no necesitaba ser especialista en meteorología para saber por qué motivo llueve en Galicia: “En Galicia llueve porque tiende a llover” No hace falta perderse en milimétricos análisis de isobaras y presiones atmosféricas para saber eso. A veces es recomendable tomar cierta distancia para acertar con una respuesta, no ofuscarse en grandes principios y ostentosas teorías que no hacen más que liarnos y confundirnos.

Y por lo que a los políticos respecta la cosa está más que clara. Olvidémonos del anecdotario y de los sacralizados grandes principios sociopolíticos, en tantos casos frases hechas carentes de contenido. Los políticos son profesionales de la política, trabajadores de la política. Como cualquier otro trabajador “tienden” a conservar su empleo por encima de una y mil cuestiones menores, entre ellas, rumbos, políticas, programas de partido, decisiones trascendentales. Como en cualquier profesión, es un denominador común para cualquier trabajador perteneciente a cualquier categoría profesional el mantener su puesto. Nada más natural, puro principio de conservación. Lo demás, pequeños errores, grandes trampas, desviaciones inadmisibles, moralidades y relativismos, etc., etc., siempre estaremos dispuestos (y que cada uno piense en si mismo cuando es el implicado), a justificarlos y pasarlos por alto, haciendo propósito de enmienda y mejora o, por el contrario, profundizando en el cambio de rumbo aunque éste sea impresentable. Estaremos dispuestos en el primer caso a escabullirnos bajo nuestra falta de experiencia inicial, o un error lo tiene cualquiera, o de algo hay que vivir, o si no lo hago yo lo hará otro, o en el fondo soy bueno, o no volverá a pasar, o peor lo habría hecho el de enfrente, y así hasta el infinito de la auto complacencia y justificación, con las miras puestas en la tan comprensible y ansiada subsistencia. En el segundo caso ni que decir tiene que hay quien se siente plenamente realizado dedicándose a la cafrada al por mayor. En general, y como norma, es indiscutible que en la cúspide de la pirámide está la conservación del puesto de trabajo, del medio de vida y subsistencia. Esto es una regla inamovible, con excepciones, como toda norma, pero excepciones que no hacen más que confirmar su inquebrantable realidad. Y a dicha tendencia a la conservación de lo ya adquirido se someterán, en términos generales, el resto de decisiones que en la esfera de nuestra profesión o actividad laboral tengamos que adoptar. En resumidas cuentas, nadie trabaja para perder su trabajo o empeorar sus condiciones. Los abandonos y renuncias en este sentido existen, por supuesto, pero son mera bagatela en lo que a nosotros interesa.

Este principio de conservación, primario como pocos, de total vigencia en nuestra sociedad, vigencia totalmente justificada, tiene mayor incidencia, tanto en quien lo ejercita, como en su entorno, dependiendo de las características y atribuciones del puesto de trabajo en concreto. Hay puestos cuya pérdida supone para su titular renunciar a mucho más que otros. Y hay puestos en que por sus atribuciones y competencias todos nos podemos ver afectados por las decisiones tomadas. A lo que voy, poco nos deben preocupar las tribulaciones que en este sentido realicen los ornitólogos que se dedican al análisis del vencejo alicorto en las estepas indoeuropeas, pues la incidencia de sus debilidades o integridad no pasan de ser mera anécdota para cualquiera de nosotros y el devenir social. En el polo opuesto estarían ellos, la elite dirigente, sueldos astronómicos, cochazos oficiales, prebendas, privilegios, erótica del poder, tentaciones a la orden del día, adicción al mando, chovinismo, vanidad, apoltronamiento… vamos, las tentaciones de Santo Antonio en estado puro, diamante sin pulir. Eso, en lo que a ellos respecta, subjetivamente hablando. Pero es que además, por su trabajo, decidir hacia dónde vamos y cómo se estructura nuestra sociedad, todos estamos sometidos a sus decisiones, y de sus maniobras para conservar su sitio (hecho ineludible al que todos, como especie, tendemos) dependen en gran medida el deambular histórico de las sociedades. Hay que joderse. Cada cuatro años a estos privilegiados, acostumbrados al caviar y al coche oficial, les renuevan el chollo, y no debe extrañar a nadie que su principal obsesión sea conservarlo. Es que no hay duda, lo demás es secundario. Pensar lo contrario es tan inocente como malicioso. No discuto que entre todos ellos haya quién ponga el 51 % de su dedicación en el mantenimiento del puesto y con el 49 % restante intente hacer lo mejor para la sociedad en la que manda. También habrá quien dedique un 99 % a conservar el puesto y medrar. Lo que es indudable es que como tendencia, a grandes rasgos, el acento está siempre del lado de mantener el puesto adquirido, y dependerá de cada cual que este mantenimiento sea más o menos compatible con el interés general. Pero, en caso de que el interés general y la conservación de la varita de mando entren en contradicción, solo algún jamado que haya llegado hasta tan arriba por despiste o condescendencia de sus famélicos compañeros de profesión optará por el interés general. Los demás, con encuestas en la mano y blablablá se las ingeniaran para convencernos de que lo que es bueno para el interés general no lo es tanto, y que lo importante es que “los del otro bando”, ya sean los que quieren “dividir y fraccionar el estado” OOHH!!, “los herederos de la dictadura”, AAHH!!, o, “los Stalinistas de kermés” UUHH!!, no les usurpen la butaca de “ciertopelo”, por lo menos no antes de que hayan garantizado las rentas de la próximas generaciones de la familia. Como la mafia, igualito. Ahora bien, mientras que a nosotros nos sueltan esos discursos caducos y que, como bien os expliqué en otras entregas, lo único que pretenden es mantener vivos en el subconsciente colectivo miedos y tics sociopolíticos del pasado, viscerales e irracionales, totalmente desfasados y ficticios en la actualidad, pero condición indispensable para que ellos como colectivo privilegiado se mantengan en la brecha mediante su bochornosa liturgia-performance cuatri-anual, nuestros ases del cinismo, con los bolsillos y la vanidad hasta los topes, después de lanzarnos esas alienantes consignas, de las que como sedientos lactantes mamamos sin cesar, no dudan en quitarse la careta de sus respectivos y artificiales bandos ¿¿QUE??, e irse todos juntos en sus coches oficiales a ver a José Tomás, tomar jamón del bueno y a lo mejor cogerse el Jet para ir a cualquier convención en Islas Mauricio ¿¿COMO??. Tras el primer pase del torero, o el primer bocado de Cinco Jotas, o en su primer chapuzón en el Índico a estos tíos (auténticos “profesionales”, no hay duda, virtuosos de la farsa) les debe entrar la risa boba pensando en lo borreguilmente que la gente se toma en serio sus “tonterías” y su vulgar y bochornosa interpretación. Yo de verdad que no me lo puede creer. Y todo este teatro barriobajero, toda esta tomadura de pelo, a cambio de, y justificado por, nuestra pueril vanidad de creernos indispensables, de que cada cuatro años tenemos capacidad de decisión (falso), que nadie nos puede callar (cierto, pero no nos escuchan, que viene a ser lo mismo), que podemos y debemos opinar en la gran fiesta electoral (eso sí, siempre sin salirnos de la estrecha senda por ellos marcada, justificando así su generalizado latrocinio) y que entendemos de todo, ya sea de macroeconomía, como de derecho internacional y organización territorial. En pocas palabras, que nos cabe el estado en la cabeza, como al otro… (Lo dicho, pueril y vanidoso, hasta demencial. Da igual que se trate de la accesión invertida, o de un pivote flotante de hormigón, del desarrollo sostenible, o de lo que sea, todo lo tenemos en las meninges. Vasta con escuchar cualquier conversación entre dos individuos comprometidos con su partido e involucrados en la realidad política de su entorno para dudar de que en las grandes enciclopedias no se concentre ni el 1 % del conocimiento de estos seres elegidos. Yo desde luego me declaro incapaz de dominar tantas facetas del saber… eso está solo al alcance de los fanáticos de la participación. Ellos saben y opninan de todo.)

Volvamos un momento al instinto básico de conservación y subsistencia. Para los políticos conservar el trono pasa, no por hacerlo bien o mal, hasta ahí podíamos llegar, sino por hacerlo “popularmente”, que se note y que, además de notarse, les parezca bien a cuantos más mejor, con lo que ineludiblemente el nivel medio de cualquier asunto, en estas condiciones, acaba descendiendo, por irrefutable ley empírica. Hablando de tendencias, que es de lo que estamos hablando, pensemos en abstracto por un momento: no creo que pasen de cero los políticos dispuestos a sacrificar su carrera personal, cayendo en el olvido, a cambio de acertar con una decisión buenísima para la sociedad, aunque en principio impopular, hecho éste que ineludiblemente conllevaría su destronamiento y posterior olvido. En caso de conflicto entre ambos, nunca ganará el interés general al interés personal del político (o del partido, entiéndase). Como nunca lo mejor ganará a lo popular, por pura definición y estadística. Esas son, con excepciones como en toda regla, las dos tendencias del sistema tal y como está estructurado en la actualidad. La inadmisible prevalencia del interés particular (de la clase política y sus estructuras de partido) sobre el interés general (de la sociedad sobre la que mandan) y la machacona supremacía de lo popular-populista sobre lo adecuado. El principio de oportunidad, respetable y comedido, convertido en oportunismo, acémila y descabellado. Lo demás son monsergas. Habrá momentos de coincidencia entre ambas situaciones, no hay duda, pero a lo que voy yo es a que las líneas maestras, el punto hacia el que tiende el sistema, está claro. En base a ello, creo que medidas deberían tomarse cuanto antes. Todos saldríamos ganando, salvo, claro está, los profesionales de la farsa y la crispación barriobajera, políticos, medios e involucrados varios, quienes tendrían que ir asumiendo que el chollo del siglo se les está acabando. Allá irán el nepotismo, el populismo, los audis gratis, las empresas de los cuñados, las prebendas y favores debidos… y toda la mierda indeleblemente asociada, desde siempre, a este “abuso de la estadística". A partir de aquí, quien ose dudar del dogma, mi caso por ejemplo, y espero que el de muchos más, tendrá que aguantar simplismos-consignas-chocheces del tipo: que si no votas no tienes derecho a opinar ni a quejarte, o que si dices cosas como las que suelto en el diarioprueba, no es crítica ni denuncia de vicios, guiado por un animo de mejora, sino que es que quiero volver al pasado de injusticias y que soy un dictador en potencia. O que, está bien, el sistema es mejorable, pero qué solución aportas, porque si no, es mejor que te calles… vamos, como si teniendo cáncer y no habiendo cura, es mejor decir que la salud es inmejorable, para qué complicarse, estando desahuciado… el caso es que este cáncer es de los que se pueden curar (tiempo al tiempo, y políticos: auf wiedersehen) aunque la metástasis es colosal.

Voy a hacer un pequeño descanso antes de introducirme en otro apasionante tema: al inicio he hablado de “cencerriles lectores” y os explicaré a quiénes me refiero. Me dirigiré a esos iluminados devoradores de información, pues parten de una premisa falsa y tramposa, que vicia todo el inexistente proceso de información y formación de sus conciencias y criterios. Dicha trampa, ejercitada disimuladamente por una aplastante mayoría, solo será reconocida por unos pocos, quienes sin duda, desde ese día, avanzarán por un nuevo camino. Los demás, presumiendo a diario de lo bien informados que están, de la diversidad y autonomía de sus fuentes, de lo loable de sus principios y de lo independiente de su formación y criterio, no serán más que simples farsantes, auténticos lacayos de unas siglas o una cabecera.

También me detendré en varios llamativos asuntos, todos ellos “HistoriaS de un ocaso no anunciado”. Entretenidísimo. Os emplazo para las próximas entregas, salvo que antes una banda de demócratas me dé el pasaporte…

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...