jueves, 7 de febrero de 2008

HistoriaS del ocaso: "Estallones"

Ya os he comentado en alguna ocasión que creo que mis opiniones sobre la antimateria política, adolecen, entre otros muchos inconvenientes, de una evidente tendencia a la exageración, tendencia propia, por otro lado, de quien las escribe. También creo que dicha exageración es más una cuestión formal que de fondo. No afecta tanto a mis ideas, que podrán resultar equivocadas, estrafalarias, infundadas, pueriles, y a veces, hasta acertadas, como a mi manera de expresarlas, ésa sí, poco clara muchas veces y otras, un tanto exagerada. También he comentado que la exageración me parece en muchos casos válida para poner el acento sobre determinado asunto. Como los ornitólogos. Entre ellos, tienen mayor predicación las guías de aves en las que se representan a éstas en magníficos dibujos a todo color, que aquellas otras en las que salen fotografiadas. En el dibujo de cada pájaro se resaltan los signos distintivos de cada especie, género o lo que sea, para así distinguirlo con mayor facilidad de los demás. Digamos que se exageran un poco determinadas características para facilitar así su identificación y conocimiento. Pues eso.

Pero es que creo que a veces me quedo corto cuando hablo de estos persoeiros: políticos y analistas… Estaba tan tranquilo el otro día, haciendo un poco de zapping cuando, Oh Señor!!, me topé con un debate en la TVG. De noche. Para iniciados, pensé… o para iniciar a los no iniciados en el zoquetismo politizante. Me picó la curiosidad y lo dejé un rato. Tres invitados: dos primeras espadas galaicas del comentario y un político estaban presentes, aderezado todo ello por una moderadora. Teníamos por un lado a Roberto Blanco Valdés (Profesor en la facultad de derecho de Santiago y columnista de La Voz de Galicia), Antón Losada (tengo entendido que ex-algo en el actual gobierno) y al celebérrimo Xosé Luis Barreiro Rivas (Ex parlamentario, y también columnista en La Voz). En escasos segundos, no me digáis cómo, se las arreglaron para hacer un simplista y atragantado recorrido por el conjunto de lugares comunes que caracterizan esto de la antimateria. Aquello apestaba a “surro”… y la voz de sus amos resultaba una presencia omnímoda. Es que no me lo podía creer… el paroxismo llegó cuando, tras llevar aproximadamente dos minutos viendo el debate (por llamarlo de alguna manera), Antón Losada YA había mencionado… NO, me voy a controlar y por puro sentido de la estética no os voy a escribir lo que dijo, pero tener claro que era una mega – frase – alusión – chochez en plan parvulitos con la que casi estornudo la cena. Encima, el aludido geniecillo, acompañó tal luminaria con una expresión facial indescriptible, propia de quien no ha pensado individualmente ni un solo segundo de su triste vida y a quien su mentor, tan ignorante o más que él, ha convencido de que tal chorrada es un razonamiento brillante y que debe estar orgulloso del mismo pues, tan pronto lo recite, una halo de sorpresa, jubilo y veneración se extenderá entre sus oyentes. Vaya tropa. Esta gente, la pobre, aún no salió de la caverna. Y si por un despiste lo hicieron fue para meterse en una trinchera o en un presbiterio. Lo único que saben hacer es repetir como corderitos los mantras, salves y oraciones que sus líderes espirituales, digo políticos, les han enseñado, y disparar a cualquiera que se salga un milímetro del discurso preestablecido que repiten de carrerilla, con los ojos en blanco y, más de uno, casi levitando, poseído por el éxtasis. Son un canto al seguidismo, a la falta de criterio, a la criminalización del que no esté de acuerdo con su dogma, a la vulgaridad… Siempre igual. Qué aburrimiento. Ya no esperé otra intervención. Cambié por mantener un poco de higiene mental y como un poseso busqué un programa de prensa rosa en dónde escuchar algo con un mínimo de sentido.

…Me siento solo. Snif, snif… nadar contra corriente, he de reconocerlo, es agotador. Cuando veo las caras de interés y de adocenado servilismo con que tantos de mis congéneres leen sus periódicos o escuchan algún debate sobre la antimateria, en otras palabras: cuando van a clases de catecismo, he llegado a intuir, agitándose en mis entrañas, la tentación del dejarse llevar por la corriente. De perder el mando sobre mis rumbos de opinión y pasar a viajar, cómodamente instalado, con esfuerzo mental cero, rebosante de autocomplacencia e inmovilismo de espíritu, en alguno de los inmensos cardúmenes de descerebrados, idiotas y lacayos de la voz de su amo que surcan nuestros atestados mares. Pero no, cada uno es como es, y, ante tal visión, saco fuerzas de donde sea y agito, como una avioneta, brazos y pies, alcanzando velocidades de vértigo con las que sigo mi itinerario, a costa, eso sí, de cierto desgaste centrífugo.

En la borrachera de mis monólogos sobre el Ocaso, alguna de las chorradas que suelto me parece tan de cajón, pero tanto, tanto, que no me explico como sigo nadando yo solito. Cómo es posible que ni en periódicos, o teles, o Internet, o donde sea… no me tope con algún que otro compañero. Es que le invitaría una cena… Porque os aseguro que aunque vaya por libre en esto, sigo echando un vistazo a la prensa y escucho a los opinadores. Y dios bendito, siempre la misma mierda. Revolcones y revolcones de estupidez y demagogia. Qué tíos. Siempre se critica que ciertas pelis, en concreto las “americanadas” que todos hemos visto y ninguno reconocemos haberlo hecho, son predecibles, vulgares y tramposas. Pero lo de los políticos y medios de masas supera con mucho a lo del cine. Nuestros políticos son como Stallones o Van Dammes, Chuck Norrises o Steven Seagals, y VOSOTROS sois unos auténticos mentecatos, que les reís sus penosas piruetas de machacas, os tomáis en serio sus simplistas argumentos, los convertís en el centro de vuestras opiniones y motivaciones sociales, vais religiosamente al cine a ver siempre la misma mierda de peli, y si algún pobre hombre dice que le gusta Ingmar Bergman, lo acusáis y señaláis, llenos de la seguridad que sentís en medio de vuestros semejantes, alienados y estúpidos compañeros-camaradas… Como podéis comprobar, a mi ya reconocida tendencia a la exageración, a base de nadar en solitario, con lo que de frustrante puede llegar a tener tal actividad, se empieza a unir cierto rabioso radicalismo… esto promete. Porque para estas cosas soy más de reflexión que de acción, que, si no, me veía blandiendo espadas justiciantes, dispuesto a extirpar sin anestesia de ningún tipo los males que nos acechan… De aquí al pasamontañas hay un paso. Veremos cómo administro las distancias.

Pero abandonemos por un momento la bilis y volvamos a la senda de los argumentos. Cualquiera de estos geniecillos del comentario y análisis político, como cualquiera de sus totémicos líderes, esgrimen compulsivamente sus cuatro mantras de siempre. De varios ya hemos hablado. Y es bien triste que, siendo escasos cuatro o cinco alienantes y demagógicos salmos, ni siquiera los entiendan, o, por lo menos, los utilicen con cierta gracia o brillantez. Pero ni eso. Vulgaridad a espuertas. La ensalada que tienen montada en su áridas cabecitas, con principios y fines, medios y propósitos, es descomunal. Antológica. La religiosa sumisión que, ante determinadas palabras o frases hechas, siente esta tropa, es, como mínimo, feudal, medieval, aunque yo soy más partidario de localizarla temporalmente entre el paso del cuadrúpedo al bípedo, justo cuando nuestras extremidades superiores empezaron a soltar las ramas. Para la caverna aún faltaban milenios, lo mismo que para el pensamiento abstracto. Ya os he hablado de su sin igual confusión entre democracia y estado de derecho. Auténtica filigrana de la ignorancia. Pero hoy quiero seguir profundizando en su catecismo. Otra de esas salmódicas palabrejas que escupen a favor de si mismos y en contra de sus rivales es la “coherencia” o, en su caso, su falta, esto es: la “incoherencia”. Y lo sorprendente de esto es que, en este caso, como en el de la democracia, tampoco saben lo que quiere decir.

Pocas cosas me hacen sentir más vergüenza ajena que toparme con alguien que me diga, como frecuentemente hacen nuestros cabecillas: “Ante todo, soy un demócrata”. Mi madre, qué medo, es que no puedo evitar ruborizarme. Ni sabe de qué está hablando. Si a continuación adereza este bochornoso salmo inicial con otra de las cuatro perlas que se han aprendido de memoria, por ejemplo, la que os anunciaba arriba: “y si hay algo que no tolero es la falta de coherencia”, yo, ante la seguridad de tener delante de mis narices a un estúpido redomado, escapo corriendo, y que lo aguante su madre.

Fiel a mis tics de aficionadillo, recurriré ahora a la exageración para aclararles a nuestros líderes que la coherencia, bella palabra con la que gustan adornarse, no es más que otro hueco trapito con el que no nos dicen nada. Estos tipejos que, para calificarse y justificarse, recurren a su irreductible “coherencia”, podrían acabar su frase, en aras a la claridad, con algún comparativo que nos ayudaría a todos, y en especial a ellos, a darnos cuenta de su supina ignorancia, de su inferioridad mental. Porque si nos queremos hacer entender sería mejor así: En vez de decir, soy guapo, o rápido o buen escritor, podemos decir: soy tan guapo como Paul Newman, soy tan rápido como Carl Lewis, soy tan buen escritor como J.L. Borges. Mucho mejor. Y eso de decir soy coherente, es vacío, tramposo y asquerosamente simplista, si lo comparamos con el comparativo equivalente a los anteriores. Tendríamos así, soy tan coherente como Adolfo Hitler. Aaachisss, te has vuelto loco hermano? Este nefasto personaje es a la coherencia, lo que Newman, Lewis o Borges son a la belleza, la velocidad o la literatura.

Por definición, término relativo dónde los haya, la manida coherencia lo será siempre en relación a algo. Mucho más objetivados, aunque siempre dentro de unos evidentes límites, están la belleza o la velocidad. Pero en el caso de la coherencia no hay ni para discutir. Coherente (con sus ideas, apetencias, vicios o virtudes, manías, motivaciones sociopolíticas, defectos, etc., etc.) puede ser hasta el mayor asesino de masas o violador, como, de hecho, lo son. Como faltos de coherencia fueron casi el cien por cien de las personas que hicieron avanzar históricamente a la sociedad. Y lo seguirán siendo. En este asunto, el ejemplo de Hitler es palmario. Convencido y adepto a las teorías pseudo - biológicas que interpretaban y estudiaban el desarrollo de sociedades y culturas como organismo vivos, en su enferma mente estaba fuertemente arraigado el tremebundo y escalofriante principio de la superioridad natural de determinada “raza”, que, como tal, debía imponerse a las demás, por pura ley natural. Poco conocido es el hecho de que, aunque desde un principio estaba seguro de la superioridad de los denominados arios, admitía que los eslavos le podían arrebatar el cetro biológico, por lo que el enfrentamiento por la supremacía racial se daría con ellos. Coherentemente, lanzo a sus fagocitos y leucocitos a batirse con todo tipo de virus. Mientras tanto a los más débiles o desamparados (judios, gitanos, inadaptados, dementes, etc.) los iban eliminando asépticamente, pues con ellos no iba el tema, no contaban. Y llegó el día en que los eslavos, haciendo reales las sospechas de este jamao, le demostraron que eran más fuertes y resistentes que los arios. En resumidas cuentas, para él, eran superiores, lo estaban demostrando. Ni siquiera ahí soltó las bridas de la coherencia sobre la que cabalgaba sin control, sino que, siendo una cuestión de supremacía, y habiendo demostrado la raza eslava su superioridad, el combate debía finalizar con la desaparición del débil, fin desde un principio perseguido de manera voraz y famélica. Pero ahora los débiles eran los arios. De esta manera, alargó de manera suicida una guerra desde hacía tiempo perdida, siendo ahora la principal victima de su mente enferma sus propias huestes, claramente inferiores a sus rivales y exprimidas ahora hasta la cervical por la coherencia de su guía. A ver quién coño discute la coherencia de este individuo.

Cuando alguno de nuestros guías, llenándose la boca hasta babear, empieza con eso del “soy ante todo demócrata y mi vida pública es un canto a la coherencia”, me gustaría hacerle dos preguntas y luego pedirle un favor a unos amigos:

Las preguntas, tan simples y tramposas como mi interlocutor, las puede imaginar cualquiera: ¿Te refieres a que eres tan demócrata como lo son en esos países donde “democráticamente” lapidan a las mujeres por mantener algún toqueteo con un hombre casado? Aquí nuestro amigo empezaría con sus mantras, miraría al cielo y nos diría que el blanco es negro… Pero perdona, tenía una segunda pregunta para que me iluminases: ¿Te consideras, más o menos coherente que Adolf? Llegados a este punto, a mí me llevarían preso, no pasa nada, y nuestro líder, sin entender de qué le hablan, estaría convencido de que delante tenía a un loco, repetiría para sus adentros, mecánicamente, las cuatro chocheces sobre las que gira su desnatada vida intelectual y hasta sentiría pena y condescendencia al comprobar lo mal que está la gente. Algo tenemos que hacer, pensaría. Hay que darles un futuro a estos chicos…

Es el momento del favor y de los amigos. Debemos despejarle la mente al representante del “establishment” y nada mejor que contar para ello con la colaboración de mis buddies, Evander (Holyfield) y Mike (Tison). Imaginaros ese “croché” directo al mentón del persoeiro, la perpleja mirada de no entender nada. Tras dar un paso atrás, desequilibrado, un salvaje uno – dos a los riles. Primeras lágrimas, farfulleos, desamparo… Ya veríais como se hacía la claridad en su mentecita. Pero bueno, basta de ensoñaciones, que me distraen, y a seguir nadando contra corriente, solo, … Uy, ¿no seré yo también un coherente?... ave maría purísima, lo que me faltaba.

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