miércoles, 26 de marzo de 2008

El Páramo en imágenes

Alguna vez os he hablado de mi marcado favoritismo por los espacios amplios y despejados en cuanto a paisajes. Que éstos sean interiores o exteriores, dualidad tan manoseada por escritores de toda índole, me importa poco. Lo básico es lo segundo, que sean amplios, despejados, monótonos. Ya os he comentado que tengo la sospecha de que dicha preferencia debe responder a algún factor, o conjunto de factores, que, en manos de cualquier estudioso de la mente con tendencia a la clasificación altisonante de sus pacientes, conllevaría mi inclusión, así como la de tantos y tantos pacíficos aficionados a la tranquilidad, la lectura, la naturaleza o el mar, dentro de alguno de los “perfiles” psicológicos con que estos desmedidos especialistas gustan de etiquetar a sus congéneres, paso previo a recetarles millones de preparados medicinales. Particularmente soy de la opinión de que esa tendencia por parte de profesionales varios al etiquetado rimbombante de cualquiera de nosotros, es de por sí, y fuera de toda duda, una patología mucho más grave y virulenta que la que ellos endilgan a la mayoría de sus pacientes. En manos de cualquiera de estos etiquetadores patológicos, si al anecdótico ejemplo del paisaje unimos otras pinceladas que fácilmente podéis deducir aquellos que seguís el páramo, la cosa está más que clara… y poco debe faltar para que, siguiendo las instrucciones del etiquetador de turno, y tras estacionar la ambulancia en la puerta de mi casa, dos sanitarios vengan a recogerme provistos de la oportuna camisa de fuerza. Eso sí, no tengáis la menor duda de que si el mismo patólogo se entera de que vosotros soy capaces de ojear periódicamente el páramo, mandaría acto seguido a los de la ambulancia a por vosotros… voyeristas, inadaptados, cotillas, ociosos…

Para facilitar la labor de estos estudiosos de la mente, en un mea culpa visual, os voy a mostrar unas preciosas “imágenes ideales” todas ellas tomadas aquí, en el Páramo. Como veréis, gente no hay por ningún lado (antisocial, troglodita, dirá el estudioso de la mente), priman la amplitud y monotonía que tanto me gustan (melancólico, linfático, dice ahora). Cuando pueda me fugo a uno de estos sitios (fantasioso, idealista, ocioso, inmaduro, pusilánime, inútil, inadaptado, cagapoquito…)





















































Antes de formular su estrambótico diagnóstico, el patólogo valoró especialmente las fotos de: mi casa: lejana, solitaria, mi coche: abandonado en medio de la nada, y mi cámara de fotos: olvidada cuando en la lejanía vi aparecer una persona y escapé apuradamente víctima de un ataque de pánico.

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