martes, 20 de enero de 2009

Puños en alto...

(A la gente de Barral, si de mi dependiese, les daría un premio. Durante los sesentas y setentas editaron algunos de los libros más bonitos que uno se pueda echar a la cara.)

No sé en dónde, aunque sin duda podría ser en cualquier medio de incomunicación, hace unos días un acalorado tertuliano volvía sobre anacrónicos mantras estilo “las dos Españ…” Al momento cambié, con cierta tristeza por no tener a mi disposición a alguno de esos voluntarios que, con el cinturón bien ceñido y a la espera de una palabra de Al-Zarkagüi (o como coño se escriba) hacen buummm, para enviarlos al plató de turno…

Y me vinieron a la cabeza varios de estos libros que ahora os enseño, todos ellos de Barral menos el de Semprún. En ellos tenemos representadas trincheras intelectuales ibéricas de todo tipo. Alberti, Semprún y Entralgo. También en la misma línea y cruzando mares y océanos hasta Isla Negra, el archiconocido “Confieso que he vivido”. Y estando ya en Sudamérica y siendo también de Barral va también el vituperado Witold Gombrowicz, escritor desigual del que “Opereta” es lo mejor que le he leído. Con esta parrilla de salida, os digo que entre los tres del puño en alto, a la hora de leer sus memorias, el que mejor pinta me tenía era Semprún. Y no sólo porque fue un intrépido inconsciente y porque pasó por Buchenwald (hay cosas y COSAS, eso está claro. Y como experiencia vital una cosa es filosofar cómodamente sentado en casita, mirando absorto el horizonte y otra muy distinta es pasarse una temporada en el infierno como hizo Jorgito), sino que también por su manera de ser, menos sumisa que otros. Como de lo que estamos hablando no es tanto de su producción literaria (en la que Neruda y Alberti están en otra galaxia, eso dicen los que saben) sino de sus memorias, que, mejor o peor escritas, generan otro tipo de interés, yo empecé por Semprún sin dudarlo. Y “Aquel domingo” me encantó. Este tío me gusta. Aunque haya sido “Menistro”, que es bien triste. Empecé por él porque, tara o prejuicio, no lo discuto, me interesa más quien es capaz de seguir su propio criterio y decir no a un bloque, esté o no de acuerdo yo con el bloque, y aunque el resultado de tal elección sea un error tras otro. Que se dude y que se huya del seguidismo y melifluo pelotilleo imperante en cada momento es una actitud que, en casi todo en la vida, pero sin duda a la hora de leer unas memorias, sean de quien sean, resulta más interesante que el estilo y actitud más dogmática de los archiconvencidos, y ello con independencia de que tengan o no la razón. Por no hablar del aburrido y chabacano criterio de quien después de pasar unas vacaciones pagadas por los dirigentes de cualquiera de los dos bloques político-ideológicos enfrentados, se bajaba del avión cantando las alabanzas de su anfitrión… (actitud esta de la que hay algunos ejemplos bochornosos). En relación a esto último me hace gracia nuestro amigo Jorge porque a él lo invitaron a las primeras de cambio. Allá se fue a Crimea con gastos pagos. Un chico un poco altivo y demasiado inteligente fue lo que les pareció a los déspotas del aparato y del pensamiento único, ¿no pretenderá nuestro Jorge tener criterio propio?… pero qué hoja de servicios el Tobaris: guerra civil, 2ª GM, campos de concentración, valeroso y eficaz. Hubo pues una segunda invitación, pero de ahí no pasó, tal y como nos cuenta él: “en el espacioso salón del antiguo castillo de los reyes de Bohemia en el que se me excluyó del Buró político del *** (su partido político), *** (conocido dirigente nacional de su partido) me soltó a la cara la misma frase: <¡más vale equivocarse con el partido que tener razón fuera de él!> Estuve a punto de partirme de risa”. Yo cuando lo leí sí que lo hice.

Cruzando la calle, Pedro Laín Entralgo intenta su Descargo de conciencia, como nuestro amigo Robert Macnamara en el documental de Errol Morris. Leído ahora se queda muy corto… aunque no sé lo que pudo parecer hace años, cuando las cosas eran distintas, hasta sería un atrevido, no digo que no. Pero independientemente de ello, por su libro desfilan Ridruejo, Torrente Ballester, el ausente José Antonio, Ortega, errores clamorosos, un idealismo inicial trocado por las circunstancias personales y sociales en una creciente y anestésica comodidad. También hay cierta oposición, íntima, de puertas adentro, más teórica que práctica pero muy poco eficaz, hasta diría que algo cínica. Con asombro leí un episodio que tiene lugar en el Castillo de Ameixenda, en la Ría de Corcubión, dónde Laín, Xavier Zubiri, Torrente y otros pasaron algún que otro retiro de esos que dan envidia: buenos amigos, tiempo para el paseo y la naturaleza, el mar, un bo xantar, hablar de todo y de nada, y de paso arreglar el mundo… Si fuese una profesión remunerada, me apuntaba en el INEM hoy mismo… Y sin duda contaría con varios de vosotros, ociosos…


No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...