martes, 3 de marzo de 2009

Guerra de sexos: Resentida Kitsch

El otro día os dejé a medias con un doble asunto que me vino a la cabeza tras una impactante entrevista con un alcalde y dos de sus secuaces, reunión que, no lo olvidemos, casi acaba conmigo.

Que estamos invadidos por una detestable Marea/Tsunami/Colada de estiércol normativo es una realidad indiscutible y castradora… Punto.

La otra cuestión que os anunciaba en mi entrada de desahogo la calificaba como “guerra de sexos”. Os preguntaréis, ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? ¿La hipertrofia legislativa que padecen nuestros mass leaders con las relaciones personales? No sé si tienen mucho, poco o nada que ver, pero lo cierto es que quienes agotaron mi paciencia aquel infausto día fueron dos representantas del género femenino. Las luces del alcalde, anticuados faros de carburo, no le daban más que para estarse callado mientras sus dos doberman ladraban sin ton ni son a un paciente Venturín, que dio muestras de un autocontrol hasta la fecha desconocido.

Como podéis ver tratamos un tema espinoso, pero que muy espinoso. Y en vez de quedarme en la mera contemplación de estos extraños procesos prefiero hoy entrar a saco en el asunto, en plan impopular, retrogado…

Mi corta experiencia en el trato profesional con semejantes de toda catadura me ha llevado a detectar la existencia y asistir a la proliferación de una especie concreta de personaje: insoportable, patético, insufrible, de género: femenino, de edad: comprendida entre 25 y 40 años, de actitud: borde, arisca, poco dialogante, brusca, de tendencia: intransigente, ofuscada, sectaria, contumaz, de apariencia: moderna, cuidada, de sexualidad: insatisfecha, poco realizada y menos repetida, de principios: bamboleantes, de fines: retorcidos, enfermizos, de comportamiento: impresentable, desestructurado, paranoide y de pensamiento: inexistente. En resumidas cuentas: unas verdaderas resentidas kitsch, a las que el exceso de información relativa a “ellas”, que abunda en selectas y floridas publicaciones estilo “mujer hoy” y “nosotras podemos”, ha convertido en especimenes realmente tristes.

Dicho producto de la evolución me lo he topado más veces de las deseadas en distintos puestos de la administración. Desde administrativas y oficinistas hasta lo más alto que se os ocurra. Nada más entrar por la puerta uno sabe que no hay nada que hacer con esta individua, que el asunto que veníamos a tratar con ella acaba de pinchar en hueso. Se tenga o no razón, se quiera o no arreglar, sea nuestra disposición la más cordial y constructiva. Cualquier esfuerzo por nuestra parte será infructuoso. Estamos perdiendo el tiempo y malgastando el dinero de nuestros clientes. Estas señoritas viven en su caverna, bien parapetadas, y sólo saben disparar contra nosotros. Estamos ante un ejemplar en el que la simple visión de un representante “rival” del género masculino desata una serie de procesos resentido-atávico-cavernícola-trincheriles de tal intensidad que sólo finalizarán si, ante sus primeras y floridas manifestaciones, decidiéramos cortarnos nuestras pobres pelotitas -¿qué culpa tendrán?- y dárselas como trofeo en lustrosa y satinada bandeja de plata. Así están las cosas, congéneres míos.

Nuestra amiga, Doña Resentida Kitsch, sometida al proceso antes descrito de hiperinformación tiene un cacao mental que no puede con él. Por no hablar del hormonal; la pobre es una batidora feromónica que confunde orgasmos con estornudos, el clímax con un calambre y el apéndice sexual masculino con una lenteja. La han convencido de que le gusta el fútbol, de que puede escalar el Everest por la mañana y noquear a Cassius Clay de un derechazo por la tarde. De que “nosotras parimos, nosotras decidimos” y de que todos los del género “contrario” somos unos terroristas machistas que buscamos su sumisión. De que llevan siglos de esclavitud y de que ha llegado el momento de ajustar cuentas… y aunque parezca una broma, estas tías están convencidas de todo esto, y además van a actuar… bansssai.

En determinados casos, y ello nos puede suceder a cualquiera, tanta información apuntando a lo más profundo y personal puede desnaturalizar al más pintado. No es ninguna broma el asunto este. Cuando, a mayores, toda esa información lo que supone es que se adopte un cambio de comportamientos y actitud tan importante como el que estas féminas pretenden realizar de un día para otro, el desastre está cantado. Dos cuestiones de mucha índole nos topamos a estas alturas: Ya os he dicho en otra ocasión que en todo esto no tengo ni idea de por dónde van los tiros, de qué es natural y qué no, qué propio y qué adquirido, hasta dónde llegan nuestras similitudes y qué es definidor y excluyente en unos y otros. Tampoco me importa. Por otro lado, es innegable que en todo este proceso lo que está sucediendo en muchos peripatéticos casos es la adopción por parte de “ellas” de los roles más chapuceros y chabacanos de “ellos”, no una dignificación y equiparación de desiguales, sino que la adopción de un modelo único, el actual masculino… Pero lo que es impepinable es que siglos de tradición y comportamientos predefinidos y milenios de evolución y roles adoptados, sean estos y aquellos buenos o malos, correctos o incorrectos, perdurables o pasajeros, que aquí no entro, no se pueden pasar por el arco del triunfo en un cuarto de hora, como tristemente consideran nuestras resentidas kitsch. Precisamente porque ello es imposible, estas señoritas son una contradicción andante. Dicotómicas, insatisfechas y paranoicas, están todo el día atrincheradas, en conflicto, a punto de estallar… que las aguante quien pueda.

(Aquí a la izquierda mi pasante, odiosa eh?) Cuando estoy en presencia de una de estas resentidas señoritas, con todo su resentimiento y negatividad ancestrales apuntándome de manera descarada y violenta, pienso siempre en que, o contrato a una pasante de género femenino para que vaya a tratar los asuntos de mis clientes con estas taradas, o estoy aviado, y por ende mis clientes… Pero tampoco arreglaríamos nada con esta improvisada solución, pues Resentida Kitsch hay una cosa a la que detesta tanto como al hombre, y es a la mujer. Si esta mujer, mi nueva pasante, encima es guapa y cordial, y no se siente víctima de confabulaciones machistas desde su más tierna infancia, pues no comparte la paranoica visión de las cosas que caracteriza a la mujer hiperinformada, no tengáis ninguna duda de que sería peor el remedio que la enfermedad, ya que en esas circunstancias el odio que Resentida Kitsch sentiría hacia nuestra modélica y educada pasante sería muy superior al que siente hacia nosotros… qué cacao tienen estas tías.

6 comentarios:

Ángel dijo...

No creo que se te pase por la cabeza despedir a la pasante, Venturita, pero, por si acaso, avísame antes que estoy dispuesto a empeñar el despacho... Un saludo

Anónimo dijo...

Ay amá qué rica...

Suso dijo...

Por fin algo interesante en tu coñazo de páramo, milagro.

Venturita dijo...

Sois unos salidorros kitsch, subo la foto de una cachonda y ya estáis con la coña, enfermos... Suso, Susiño, tate quieto parao. Saludos.

Penelope dijo...

Yo, como de la pasante paso... (no por nada si no porque no es mi tipo, aunque hay que reconocerle ciertas... virtudes...)te diré que me he echado unas risas poniéndole cara a las "resentidas kitsch" y que como bien dices al final, la guerra la tienen montada con todo aquel, del sexo que sea, que se atreva a poner en duda su actitud de libertadoras!! Olé! (qué paciencia hay que tener!!)

Venturita dijo...

no me extranaría que conocieses a las pájaras de las que hablo, las grandes Resentidas Kitsch da Costa da Morte... ya te las ensenaré un día por aquellos lares. Es pa matalas...

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