miércoles, 27 de enero de 2010

Yo que tú no me afiliaría, forastero


Jorge Semprún, no me cabe ninguna duda, soltó la rama y bajó del árbol antes que muchos de sus compañeros, entre los cuales los hay que, ver para creer, pasan toda su pobre vida encaramados al sicómoro putrefacto del aparato del partido.

Evidentemente, bajar del árbol requiere ser capaz de ejercitar el pensamiento abstracto y la crítica (ésta en todas sus variantes, incluida la de uno mismo y de los suyos), cosas, ambas, vedadas para cualquier miembro de la carrera política.

Haciendo abstracción de que Jorge Semprún perteneció durante intensos años a un partido político concreto, su deliciosa “Autobiografía de Federico Sánchez” debería valerle a cualquiera que ose flirtear con la inmundicia mayor de nuestros tiempos, a saber: la política y los partidos políticos (cualquiera de ellos), para tomar nota y, aunque le cueste mucho, abandonar sus secretas, torticeras e inconfesables aspiraciones de medrar y chupar del bote de la Res Pública al afiliarse a cualquiera de las avinagradas formaciones de nuestra parrilla de partidillos. Tal cual si estuviéramos ante las puertas del Saloon y un adulterado individuo nos apuntase con su pimba pimba, a la voz de: Yo que tú no me afiliaría, forastero… tiruriruriii, ta,-ra,-ta.

También fue eso lo que debió pensar nuestro amigo Jorge cuando, poco a poco, se fue dando cuenta del cachondeo absoluto que es el funcionamiento de un partido de estos. De la lobotomía que practican en sus miembros. De la esclavitud que conllevan, del servilismo que implican y de la farsa en que consisten. El pobre Jorge acabó extenuado de darse de cabezazos contra la ignorancia menos intrépida y contra la falsedad, las inquinas y las deslealtades más descomunales. Y llegado al momento, se debió calzar las botas, cogió el Winchester y les espetó en comandita: de esta os vais a enterar, camaradas.

El tiro le salió en pasta dura y bastante curiosillo. Año 1977. No llovía a gusto de todos, qué le vamos a hacer. Jorge había entrenado, eso está claro. Hasta la fecha no había leído un ajuste de cuentas semejante. Jorge impertérrito, serio, documentado y sin dejar pasar una de las que le hicieron, muchas y variadas. Lo de menos es qué partido y qué dirigentes. Leyendo esto, con la sensación que da Semprún de no estarse inventando nadita, con lo patéticas y decepcionantes que resultan bajo su pluma las mitificadas figuras de los dirigentes de su partido, con tanta mugre por todos lados, la cosa resulta impepinable: pero qué cutrerío, qué panda de mangantes, chico, del primero al último. La concha de su m…

5 comentarios:

nick dijo...

Y digo yo: si el amigo Jorge estaba al cabo de la calle en el 77 respecto a la naturaleza de los partidos políticos y la pasta de que están hechos sus dirigentes, ¿cómo recojones acepta un ministerio unos años más tarde? ¿eh?

venturitiña dijo...

Nick, te cebas con el camarada Semprún. Ten en cuenta que la generalización y extrapolación a cualquier partido la hago yo, no él. El camarada Semprún escribe un relato de lo más detallado en contra de un partido determinado, de unos dirigentes con nombres y apellidos y de unas maneras de actuar concretas. Él no generaliza, todo lo contrario, le ajusta las cuentas sólo a los suyos, llegando a poner como ejemplo de un mejor hacer a otras formaciones (inocente, incauto). Cierto es que no debiera escapársele que conocido uno, conocidos todos… Así con todo hay motivos de descargo a su favor: a) fue ministro de cultura como independiente (tramposo matiz), sin afiliarse al partido gobernante. b) yo tengo algo clarísimo: aceptó ser menistro, sobre todo, por tocarles los güivos a sus antiguos tobaris… rencorosa y pública infidelidad, injuriosa y vengativa, venganza en frío que le debió saber a gloria… Ay, l´amour!!, y c) al final ya no pudo más y en “Federico Sánchez se despide de ustedes” nuestro pobre Jorge, arrepentido, vuelve a caer, ahora parece que definitivamente, de la burra mientras reparte a sus nuevos ex conocidos de partido…

nick dijo...

peor me lo pones, venturitiña, porque: efectivamente, ser ministro como "independiente" no significa nada distinto de ser ministro sin más, incluso es menos disculpable. Y aceptar el cargo por tocar los güevos a nadie me resulta de una frivolidad espantosa. Si nos hemos de fiar de algunos artículos pululantes por la web, Jorgito se dijo a sí mismo que ser ministro de Cultura le reportaría, al menos, dos ventajas: los jefes de la Guardia Civil se cuadrarían ante él, y podría recorrer el museo del Prado los días de cierre. Si unimos que además, no vivía en España por entonces, los motivos de su decisión parecen, así a primera vista, sumamente penosos...

venturitiña dijo...

Y dale molino, Nick. ¿A qué esta irritación ante el camarada Jorgito? Todo en él te crispa… Aquí pasa algo. ¿Qué sabes tú que desconozco yo? Mira que estamos a falar de un hombre de acción, rara avis entre los entes pensantes. De jovenzuelo jugando a policías con la resistencia gabacha. Prisionero y deportado a Buchenwald, se brujulea para sobrevivir al horror y la barbarie. Su espíritu intrépido le lleva después a la clandestinidad en España donde parece un protagonista de las novelas de Green o Fleming. No se olvida de su vertiente literaria ni de las bellas mujeres… Sale a portazo limpio de su etapa asamblearia para cultivarse en un ático de la Rue Rivolí o similar. Y de aquí en coche oficial, con los picoletos cuadrándose ante un rojazo como él, para ver el Prado a solas como un marqués mientras un guapa Madmoiselle le aguanta la cartera ministerial, que luego, con un exabrupto, desprecia (la cartera, claro está, no la femme)… Antológico. Nick, no te ciegues, porque estamos ante un pura sangre...

nick dijo...

ay, venturitiña, me sorprende que no seas consciente de lo contradictorio de tu respuesta. Verás. A mí el Semprún no sólo me la pela bien pelada, sino que lo desconozco casi todo de su biografía, salvando el contenido de tus interesantes posts. Sin embargo soy yo el cegado, y tú, que rebosas documentación y sapiencia sobre el individuo, además de una evidente simpatía por su figura (“espíritu intrépido”, “un pura sangre”...), pretendes ser el objetivo, cuando nomás le ríes la gracia de tomarse una cartera ministerial a chirigota y como revancha personal con sus fantasmas.
Que no digo yo que no la tenga, la gracia. Que no digo yo que no mole como anécdota vital, que molará. Pero qué quieres, sea por deformación profesional o por ese afán beligerante que siempre me adjudicas, esta clase de boutades yo sólo se las perdono y aplaudo a verdaderos espíritus de otro mundo. Ya pueden nombrar a Arrabal ministro de defensa, ya puede el paisa subirse a un tanque y disparar contra la catedral de Santiago, que a mí me parecerá graciosísimo y fenomenal.
Pero al Semprún, psss...

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