martes, 21 de diciembre de 2010

Lind y Grass

Tras leer Paisaje de cemento me quedé con la sensación de que Jakov Lind se las podía gastar pero que muy bestias, a poco que le diera por ahí. En medio de su paisaje de hormigón aparecen unas cuantas salvajadas que dejan a uno acongojadito… pues las desgracias estilo gore, estando bien presentadas, revuelven un poco tripas y conciencias. O nos da la risa con ellas, o nos atragantan y desacougan.

En Contando mis pasos, relato autobiográfico de las andanzas de Jakov (nacido en 1927) hasta finales de los años 40, el amigo Lind se corta aún menos. Y ya no ficcionando, sino que vertiendo opiniones (hasta hirientes y estrafalarias según quien las lea) y vivencias sobre el asunto Shoah. Odiado a espuertas por sus compañeros yiddish de penurias, las que suelta esta víctima de los escuadrones de ojos azules parecen, por momentos, chistes intolerantes cargados por el diablo. Reconociendo, otra vez, mi casi absoluta incapacidad para detectar cuando un autor está en plan parodia/irónico/doble sentido y demás artilugios, pretendiendo que cuando leemos A entendamos B, lo que os puedo asegurar es que el intestinal relato de las vivencias y peripecias de Lind, en especial el periodo comprendido entre la anexión de Austria al Reich y su llegada como polizón a Palestina el 25 de Julio de 1945, arrasa a uno. Enganchado sin pestañear a las hojas por unas horas. Luego ya se digerirá el supositorio, ya nos escandalizaremos o no… ya decidiremos si donde nos dijo A, quiso decir B, o tal vez AAA. En cualquier caso, siendo el asunto el que es, con fuego entre las manos andaba JakovL. Y el libro, flamígero.

Nada que ver el absorbente y abrasivo Contando mis pasos con el por momentos soporífero Diario de un caracol de Günter Grass. En él se entremezclan el relato de una campaña electoral vivida en primera persona por Grass a comienzos de los años 70 (aburridísimo asunto biográfico) con el alucinante relato de la vida de Hermann Ott, profesor judio en la ciudad libre de Danzig/Gdansk durante los años críticos de Centroeuropa y la 2ª GM. En su haber Ott presentaba una curiosísima afición a larvas, babosas y caracoles, y la publicación de una libro cuyo título: “Sobre el caracol como mediador entre la Melancolía y la Utopía” nos da más de una pista sobre lo peculiar y difuso del personaje. Lo de Hermann no tiene desperdicio. Durante 224 semanas, pasándole por encima razzias, tanques y bombas, permanece escondido en el sótano de la vivienda de un vendedor de bicicletas que, al comienzo de la guerra, duda si entregarlo y que acaba dependiendo de él al final…

sábado, 4 de diciembre de 2010

Hamburgo/Gomorra 1943


El ciclón Sebald y su bufido sobre la guerra aérea han tenido varias consecuencias. No sólo que más de uno haya dicho o pensado: ya era hora, sino que, tras “Sobre la historia natural de la destrucción”, se han alineado otras consideraciones que, siguiendo su ejemplo y abandonando el tan habitual estilo bochornoso-simplista que nos encontramos al tratar estas cuestiones, nos hablan sobre eso de asar a la población civil bajo toneladas de bombas y a cientos de grados, de una manera no tan “naive” sino que algo más elaborada, o, si se quiere, seria.

En la bofetada de Sebald, que básicamente consiste en un sucinto y sobrio recorrido por el achicharramiento colectivo padecido en Alemania durante la 2ª GM, con especial interés por cómo se reflejó dicha irrealidad en la obra de escritores varios, emerge como referente nuestro amigo Nossack y su “El hundimiento, Hamburgo 1943”. En el momento de la publicación en España del libro de Sebald (2003) el libro de Hans Erich Nossack no estaba traducido al castellano, por lo que no creo que yo haya sido el único en quedarme con las ganas de echarle un vistazo. Ahora sí lo está (Ediciones La uÑa RoTa, 2010). Nossack, que presenció a cierta distancia y en todo su fáustico apogeo la “Operación Gomorra”, que sacudió el páncreas y las vértebras de hasta el último habitante de Hamburgo, nos lo cuenta en su libro. Los tres días que duró la función se encontraba con su mujer en una cabaña en el campo, pasando unos días de descanso, a muy poca distancia de la ciudad. El 21 de Julio los despertó la estridencia de luz y sonido que se interpretó en Hamburgo. La pareja quedó paralizada. “Tengo la sensación de que jamás podría volver a abrir la boca si no me ocupara antes de esto”. Hans Erich se pone manos a la obra. Tres meses. Su punto de vista, desapegado, sobrio, nada victimista y hasta frío, absolutamente contranatura si tenemos en cuenta la de amigos, familiares, conocidos o vecinos de Nossack que debieron morir durante esos tres días, es el que tanto admira Sebald, cansado del más habitual y natural estilo patriotero mitificador simplista, y de la casi absoluta autocensura alemana a la hora de hablar en concreto de dichas penurias, autocensura que supuso el silenciamiento de las mil miserias padecidas por tantos. Salvo contadas excepciones, señaladas como recalcitrantes, que se decidieron a hablar del asunto, parecía que no les había caído una bomba encima. A pesar de todo ello, valores y meritos de Hans Erich que no me atrevo a discutirle a WGSebald, del libro me esperaba más. Teniendo en cuenta lo que debió ser aquello, creo que Nossack se queda un poco corto en su repaso escénico.

Si queréis podéis acompañar a un escuadrón de la RAF en un raid de esos, desde el cuartel hasta la tormenta de fuego. Las imágenes, con su frialdad aséptica en 16mm. y su distanciamiento de la inflamada realidad, son, por momentos, preciosas e hipnóticas. Quedarse anonadado con ellas resulta un poco desasosegante, incómodo, impresentable, ¿inmoral? si pensamos en la carnicería montada a ras de suelo. ¿Qué pasa con estas cosas? Por no hablar de a ver quién es el guapo que no se ha quedado pegado a la pantalla ante un hongo atómico...

jueves, 2 de diciembre de 2010

¿Enloquecen los pingüinos?


¿O se desorientan? ¿Confunden el mar con las montañas?... parece una chifladura más el preocuparse por la salud mental de los pingüinos, máxime si hablamos, no de los desquiciados animalillos encerrados en zoológicos del mundo entero, sino de los que viven a cuerpo de rey en la Antártida, paraíso aún no perdido para ellos.

Independientemente de lo que nos pueda parecer dicha “rareza” en forma de pregunta, cuando el encargado de plantearla es nuestro admirado WernerH a través de uno de sus documentales, el resultado pasa de ser la chorrada/frivolidad que podría parecer a más de uno, y se convierte en algo mucho más interesante. Ver en la inmensidad antártica, captada con ese sexto sentido de WHerzog que dota de una indefinible enjundia a tantas de sus imágenes, cómo un individuo/pingüino rompe con el gregarismo e instinto natural de su especie y, en vez de encaminarse al nutritivo océano que tiene a su derecha, se dirige, dando un giro de 180 grados, hacia unas lejanas montañas en las que sin duda morirá de hambre, es cualquier cosa menos una tontería. ¿Se creerá nuestro protagonista un héroe desafiando molinos? ¿Estará llevando a cabo su particular emboscadura? ¿Habrá pensado: hasta aquí hemos llegado, tras soportar mil iniquidades de sus congéneres? ¿Estará loco de remate?...

Si queréis acompañar al acongojante pingüino, su lacrimal peregrinaje y oír las "rarezas" que se plantean WernerH y el científico que lo acompaña, saltad al minuto 3:00 del video: “Doctor Ainley, ¿existe locura entre los pingüinos?...”



Por cierto, si os han molestado los subtítulos a la hora de abismaros en tan sedantes paisajes, aquí los tenéis al natural: http://www.youtube.com/watch?v=0qVWKpAH7OI

La manera, a veces tan personal, de mostrar y plantear Herzog las cosas, puede parecer, a estas alturas del S. XXI, casi una obviedad. Hace 45 años la cosa resultaba mucho más rarita, de ahí cierto mérito del personaje. Aunque aún ahora sus pelis y documentales pueden dormir a más de uno, hace años supongo que habría quien las prescribía para conciliar el sueño. La cabra tira al monte, y, desde siempre, este teutón atroz tiró a la vaguedad e incertidumbre contemplativa, ya fuera sonora o visual. Maneras y formas algo más extendidas a fecha de hoy. Los comienzos de “Corazón de cristal” y “Aguirre”, las archiimitadas y danzantes imágenes del saltador Walter Steiner en pleno vuelo, el periplo con Kinski o con Popol Vuh, el Amazonas, el cerro Torre, el continente antártico… sobre todo ello habrá que volver. También en su “Encuentros en el fin del mundo”, aparte de con pingüinos enloquecidos y paisanaje variopinto, Werner nos deleita con momentos de apabullamiento visual extremo en un par de inmersiones bajo la capa de hielo antártico. En uno de estos chapuzones bajo cero nos topamos con un paisaje imposible de imaginar o comprender, algo tan irreal que cuesta creer que no sea un artilugio de decorado gigante, en vez de un fondo marino impoluto y plagado de conchas bajo la traslúcida capa de hielo.


sábado, 27 de noviembre de 2010

El protosuicida


Si el fenómeno Paul Antschel resulta patético y asfixiante en cuanto penumbra andante, entumecida y contagiosa, qué decir de Hans Maier, alias Jean Améry y protosuicida universal. Cuando uno empieza con esto del fatalismo yiddish centroeuropeo es difícil desentenderse. Las que pasó esta gente en manos de los escuadrones de ojos azules. Durante el verano pasado cayó en mis manos “Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria” del citado Améry. Canto panegírico/elegiaco del suicidio como solución/alternativa elaborado por quien después de franquear trágicos mojones vitales, de esos que se ven en películas y documentales, acaba diciendo hasta aquí he llegado y poniendo fin a sus días. Cuidado con eso. Después de leerlo me agencié una interesantísima biografía del persoeiro: “Jean Améry. Revuelta en la resignación” de Irene Heidelberger. Es alucinante cómo el mismo coctel de peripecias traumáticas, vividas por ejemplo por Jorge Semprún, Primo Levi, Jean Améry o, en menor medida, Paul Celan/Antschel, produce tan diversos, y hasta contrapuestos, efectos en sus distintos padecientes. Desde quien sale pidiendo tres tazas, que esto no fue nada, hasta quien deambula durante el resto de sus días como un muerto en vida. Llegado el momento, estas distintas maneras de encajar y digerir semejantes atrocidades pueden hasta hacerlos chocar.

Tal fue el amargo caso de Levi y Améry, enfrentados tipográficamente por sus respectivos y célebres “Si esto es un hombre” con capítulo incluido para Améry, y “Más allá de la culpa y la expiación”. Pero también de viva voz. Améry: “… no conozco al Levi posterior a Auschwitz, que sin duda será muy distinto a aquel que conocí en el barracón de Monowitz. Sólo hemos intercambiado cartas en una ocasión. Por otra parte el azar ha querido que yo recibiera de una procedencia muy distinta un escrito en el que él se expresaba con total incomprensión sobre mi libro Más allá de la culpa y la expiación y se mostraba dispuesto a ahogarlo todo en una cháchara ontológica. A diferencia de Levi yo no perdono y no siento ninguna comprensión hacia unos señores que pertenecían en el IG-Auschwitz al personal de dirección. Ya basta” Glub, está mosqueado. Ojo con lo que sigue: “la mayor predisposición de Levi a la reconciliación debe fundarse probablemente en el hecho de que es italiano, por lo que la prisión y todo lo que ello conlleva no afectó a todas las capas de su persona, mientras que en mi caso, el trasfondo cultural es alemán. Por decirlo de manera algo grosera y popular: una posada en la que no queremos entrar deja de interesarnos si nos prohíben la entrada; pero cuando se trata de nuestra taberna de toda la vida y el posadero nos echa, no nos distanciamos de la misma forma.” Primo Levi, al que Améry reprocha su disposición a la reconciliación: “Desde hace cuarenta años intento comprender a los alemanes. Comprender cómo pudo llegarse hasta ese punto es uno de los objetivos de mi vida… Perdonar no es una de las palabras que yo acostumbre a usar… Quien comete un crimen ha de pagar, o al menos ha de mostrar un auténtico arrepentimiento. Pero no con palabras. Arrepentirse con palabras no basta. Yo quiero perdonar a aquel que haya demostrado con hechos que se ha convertido en una persona distinta. Y sin tardanza.” Deja un poco de mal cuerpo esto de las controversias entre víctimas de la barbarie. Aunque llega con leer la trilogía de Primo Levi para ver que en la inhumana lucha por la subsistencia en los Lager, la batalla se libra no con el inalcanzable SS, sino con nuestro vecino de hacinamiento, hermano de sangre, también víctima y, por desgracia, rival en la competición por morir el último. Tremendo. A pesar de que su relación se agrió a base de menudencias como las de arriba, tanto Jean Améry (1978) como Primo Levi (1987) coincidieron en el Do de pecho final, pues ambos recurren, tantos años después, al suicidio. O eso parece, porque en el caso de Levi el asunto es opinable y confuso a fecha de hoy.

De vuelta al libro, hay quien con pocas palabras resume lo que otros nos intentan explicar, a veces sin conseguirlo, a lo largo de tratados kilométricos. En “Levantar la mano…” se recurre a una andanada de Heine, hasta facilona, pero clarita del todo: "El sueño es bueno, mejor es la muerte; sin embargo aún mejor sería no haber nacido". Jean Amery, cuyo cacao vivencial se extiende hasta la grafía de su nombre, que pasa sucesivamente por Hans/Hanns/Jean Mayer/Maier/Améry, salió del periplo Auschwitz muy tocado de cuerpo y, más aún, de espíritu. Se podría decir que totalmente perdido, víctima de los nazis y culpable por sobrevivir, subsistiendo como buenamente pudo hasta que se decidió por un suicidio que parece reconfortarlo en última instancia.

Hablando y hablando Primo Levi del perdón y la comprensión, resulta inevitable volver con Heinrich Heine, descreído y nadador contra corriente que tanto chocó con el idealismo y tremendismo teutones, y con alguna de sus micro andanadas que sintetizan en milímetros kilómetros de argumentos de otros: “Tengo la disposición más apacible que se pueda imaginar. Mis deseos son: una modesta choza, un techo de paja; pero buena cama, buena mesa, manteca y leche bien frescas, unas flores ante la ventana, algunos árboles hermosos ante la puerta, y si el buen Dios quiere hacerme completamente feliz, me concederá la alegría de ver colgados de estos árboles a unos seis o siete de mis enemigos. Con el corazón enternecido les perdonaré antes de su muerte todas las iniquidades que me hicieron sufrir en vida. Es cierto: se debe perdonar a los enemigos, pero no antes de su ejecución”. Tampoco se libra del embudo Heine su patria: “Cuando pienso en Alemania, si es de noche, pierdo el sueño”. Heinrich, en plan pesimista, acaba falleciendo en 1856 en Paris, asustado ante lo que creía que se venía encima: pangermanismo, idealismo vanidoso y populismo soez. Ojo clínico.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Jakov Lind/Oriol Maspons

Hay que ver qué impacto toparse con este Vienés atroz. Las pintas que se gastaba Jakov son de esas que me tienen tres minutos ante el espejo imaginándome en sus carnes. Con la pelambrera bien electrizada y el mostacho campante. Qué maravilla, dando miedo por la calle, atizando prejuicios y asustando a despistados. Austríaco, nacido en 1927, y de familia judía, fue incapaz de abstraerse al destino fatal compartido por tantos. Outra vaca no millo. Su visión escrita del obcecante asunto no es la habitual. Macabra, feroz y burlona/humorística, en vez de los más habituales tonos salmón o pastel. Hace poco me topé con su “Paisaje de cemento”. Y cómo pesa. Cuerpo a tierra. Nada de violines, por momentos guitarras distorsionadas a válvulas, a un paso del acople…

El primer trallazo es la impagable edición. De entre las muchas virguerías que en Seix Barral se sacaron de la manga durante años, una de las mejores fue la decisión de adornar con fotografías de Oriol Maspons las cubiertas de varios títulos de su “Biblioteca breve”. Entre ese grupo de privilegiados está este paisaje de Lind. Las portadas que a Seix Barral les brindó el mentado Maspons son para entrar por la puerta grande en el parnaso. Cuando, a mayores, el título agraciado era el vencedor del premio “Biblioteca breve”, las preciosas fotos de Oriol lucían una faja azul en la parte inferior que no hay más que verlas. De matrícula. Un diez y fetiche total.

A lo largo de las tres partes en que se divide "Paisaje de cemento" Jakov da muestras tanto de su tono de humor negro como de su machete famélico y bien afilado. El tonillo irónico humorístico no tiene mucha gracia. Cosa bastante frecuente entre quienes se dedican a ello. La habrá tenido en su momento, que tampoco lo creo, pero a mí me chirrió de mala manera. A pesar de ello, algo pero que muy feo se intuye en el ambiente, y resulta inevitable continuar con la lectura. Mucha humorada sin xeito, sí, pero aquí va a pasar algo… Y ese algo llega, impregnado de un espectacular e inesperado espíritu gore. Carallo. Estas cosas de buenos samaritanos, cívicos y generosos, que acaban en manos de verdaderos desalmados, destripados en canal. La segunda parte viene siendo un verdadero paisaje, pero no de cemento, sino de atrocidades. Vaya un crimen, vaya la mala suerte que tuvo una familia que vivía bastante al norte, vaya un rato que nos hace pasar el Jakov. Espeluznante. Hay muertos, y hay sangre en abundancia. A Jakov Lind le voy a seguir la pista porque le creo muy capaz de haber escrito más de un libro de los de verdad, ojo con él.
…pero volvamos sobre nuestros pasos y disfrutemos de Maspons y Barral, porque la cosa es mucho, vaya nivel:


















































































martes, 16 de noviembre de 2010

Desubicados, exiliados y apátridas


Para distribuir o colocar algo por orden alfabético hay que conocer dicho orden. Así de sencillo. De no saberlo, mejor es ordenar en base a otros criterios. Si quisiéramos ordenar escritores por nacionalidades, tendríamos que conocer las mismas. Para facilitar el asunto, podríamos clasificar más genéricamente la citada mercancía como “hispánica” y “extranjera”. Aunque con ganas de marear lo anterior resulta matizable, tal es el criterio que han decidido seguir en un FlamaNte mACro establecimiento que a veces visito en Coruña… Pues no veáis el jaleo intercontinental que tienen montado. Y, viendo que sus indescriptibles dependientes, en vez de atendiendo una tienda en Coruña, parecen estar desfilando en la pasarela más chic de Paris, empiezo a comprender a qué se debe tal bochinche.

No se me ocurriría soltar semejante estupidez sobre la desorientación geográfica de estos tíos si no fuese porque varios de los dependientes de dicho macro-establecimiento (muy bien surtido, por cierto), me tienen alucinado. Personajillos autobombo que semejan ser víctimas de una virulenta alergia a la buena disposición o amabilidad. Portadores todos de un enfado crónico que sólo amaga con desaparecer si a ellos se dirige alguna estrella de relumbrón, pero no cualquiera de nosotros, simples y vulgares clientes ante los que sólo sienten desagrado. El primer día que me pasé por allí, abstraído aún de la estulticia de estos emperifollados seres, lo primero que me llamó la atención ante las vastas estanterías, llenas hasta los topes de mercancía, fue no encontrar ni rastro de varios conocidísimos primeros espadas. Cosa rara, pensé. Posteriormente, y a medida que fui volviendo por la tienda, dichas ausencias fueron a más. Que en aquella vastedad tuviesen semejantes “olvidos” parecía raro. Acabé descubriendo los discretos indicadores de literatura hispánica y extranjera que presiden las innumerables estanterías. Y no es que los emperifollados seres se hubiesen olvidado de tal y cual autor. No, lo que pasaba es que los habían exiliado. Mezcla de chiste y bochorno la cosa… Parado en medio de aquella jungla, y picado por la curiosidad, le di un buen repaso a su particular mapamundi. Había varios desubicados, exiliados y hasta algún que otro apátrida. De muchos me acuerdo: Claudio Magris, Elias Canetti, Alberto Moravia y Albert Camus lucían lozanía en los anaqueles de literatura hispánica. Por el contrario, en extranjera se oculta toda la sarta de “pibes” que os estáis imaginando, y cuyos cosmopolitas cruces y mestizajes familiares deben tener al encargado fashion, que se mira al espejo todo el día y sueña con las pasarelas de Paris, fuera de sí. Todos expulsados de Argentina, Uruguay, etc., y convertidos en extranjeros por su infalible criterio

Tampoco os vayáis a creer que el asunto se solucionó. Ha habido pequeñas correcciones geográficas, pero pocas. Y la cosa va para tres años. Por la zona de música ni curioseo mucho ni estoy muy puesto, pero la que deben tener montada entre “nacional” e “internacional” es de traca.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Esferas I (burbujas)


Hace unos días acabé, aún no sé cómo, Esferas I (burbujas), de Peter Sloterdijk. Tras haber leído unas críticas del personaje, que ni su abuela habría aventurado, me agencié el primero de los tres ladrillos de seiscientas páginas o más que forman sus Esferas (I a III, burbujas, globos y espuma), según muchos, obra deslumbrante, personal y distinta. Yo no me atrevo a decir nada, salvo que la cosa es de lo más radical y extrema. Una verdadera exageración, diferente de lo habitual.

Lo que hay que tener en la cabeza para largarse semejante discurso no me lo puedo imaginar. Hay gente que está en otra dimensión, así de fácil. Este individuo es uno de ellos. Creo que Ken Wilber es otro. Resulta imposible explicar lo que cuenta PS. De las seiscientas páginas de Esferas I, un tercio me resultó absolutamente pedantesco, otro tercio interesante a más no poder, y el otro tercio incalificable. A Peter le sale, sin que pueda controlarlo, un estilo de esos onírico-confuso-denso-metafísico que puede resultar desde pedante e insoportable hasta lírico y deslumbrante, según coja a uno. Por momentos a mí me pareció todo a la vez. Un asunto más bien sado/maso. Da la sensación de tener una cabeza desbocada, mil pasos por delante de él. Y él, detrás, recogiendo, por escrito y como buenamente puede, lo que esa cabeza despendolada le va dictando. Algo así como tomar apuntes de una turbina, si podéis haceros a la idea.

Con este Peter, como también pasa con MZambrano, creo que lo que de ellos se dice erra el tiro. Presentándolos como grandes pensadores la cosa no cuaja. Uno abre un libro y simplemente no entiende de qué hablan. La claridad brilla por su ausencia. Nos topamos con una mezcolanza intuitiva, atractiva, radical, imaginativa y más bien confusa. Tomando como base lo poco que de ellos he leído, a estos dos, y a otros que nos encontramos en las mayoritariamente anodinas estanterías de pensamiento/filosofía, me parece que se les sobrevalora como “pensadores” y se les infravalora de manera descarada como “escritores”. Es más, todo el batiburrillo metafísico alemán tengo la sensación de que está mejor “escrito”, aunque a veces no lo está mucho, que “pensado”. Son como unas terribles ofuscaciones de autor. En cuanto a claridad, a diez bajo cero. Sin embargo, cercanas al punto de ebullición en otras cuestiones, obras de indiscutibles visionarios e iluminados…

Creo que Esferas I (burbujas), y lo digo con la boca pequeña, trata sobre la intimidad ¿?... De las tres vertientes del libro (pedante - divulgativa/interesante - incalificable), cuando Sloterdijk se pone a contar/explicar/divulgar cosas, digamos que de esta dimensión, no tiene desperdicio. Es una pasada lo que cuenta en Esferas I del parto y del rostro humanos, de la idea que tenemos ahora de ellos y de cómo fue cambiando esta idea desde que bajamos del árbol, de lo visible y de lo oculto, de sus rituales y de sus distintas representaciones (el libro está plagado de láminas, imágenes, fotos, etc.). Se nos pasan las hojas sin enterarnos. Eso sí, podemos estar embobados con una tanda de estas, que enseguida se suelta con la nomenclatura repelente del ser-ahí, el no-objeto, la unicidad-dual y demás insoportable verborrea gastrofilosofal, y nos venimos abajo. Luego nos recuperamos con un tramo de los lírico - incomprensibles, que suelen estar bien, en la ininteligible línea de lo que sigue: “Lo negro en el ojo ha de ampliarse si se quiere que la vista siga en lo oscuro. Si lo oscuro se hace tan profundo como en la noche elegida, sería de ayuda que la pupila pudiera volverse tan grande como el ojo mismo. Quizá un ojo esférico así estaría preparado para aquello que queda ahora entre nosotros: para el viaje a través de una monocromía negra. Si el sujeto en lo oscuro se hubiera convertido todo él en pupila, el órgano del tacto todo él en cuerpos sonoros, la macicez compacta del globo negro podría despegarse en paisajes imaginados. De improviso comenzaría a insinuarse un mundo ante el mundo.” Así ad infinitum. ¿Entendéis algo? Estáis avisados…Lo dicho, para gustos colores, pero esta gente tiene mucho más de poeta que de pensador. Están más cerca, casi se tocan con los místicos o con Hölderlin, Trakl y Celan...

viernes, 5 de noviembre de 2010

La guarida del Ogro


Esto que se dice de que un perro, su rostro y dejes, son el fiel reflejo de los de su amo, hay quien lo hace extensible a las moradas, no de los perros, sino a las de los amos. Desconociendo cuánto pueda haber de cierto en ello, lo que parece indiscutible es que desencaminado no va el asunto. Ya sea porque mediante la casa/residencia/guarida, o la ausencia de la misma, por regla general su busca algo, ya sea estar cómodo o no estarlo, ya sea protegernos del exterior o buscar que sea punto de encuentro, ya sean mil importancias o nimiedades, ya sea todo o nada… al final, a través de ella y de sus características, canalizamos y representamos anhelos, taras, dejadeces o complejos, o intentamos disimularlos, o todo lo contrario… con lo que algo dirán de nosotros. Un cierto, dime dónde/cómo vives y te diré cómo (a lo mejor) eres, aunque tú no lo sepas.

Aunque ya nos hemos ocupado de ella, deslumbrante resulta la casa idealizada que Carlos Castilla del Pino se sacó de la manga cuando era un chaval, croquis infernal que, si lo llega a hacer en los tiempos que corren, habría supuesto el inicio de un interminable viacrucis de intervenciones psico-logopedas ante el estrés-pánico que sus sigloveintiunoañeros padres habrían sentido contemplando semejante gracia de la criatura. Pobre Carlitos en esa situación.

Lo que muchas veces habita en esas guaridas es la esquizofrenia más descarada. Otras, la pura normalidad, si es que una y otra son definibles o identificables en un entorno. Lo mejor de todo es la idea preconcebida que uno se forma y su posterior falta de acierto. Otras veces la identificación y el acierto sí que son plenos. El caso es que sorprendentemente, o confirmando lo que era de esperar, nos encontramos a Cioran en su cuchitril destartalado, a WFaulkner en la opulencia de su mansión, a PNeruda en el despilfarro obsesivo de sus colecciones y vistas al mar, a Heidegger en un chamizo minimalista en medio del bosque. A TBernhard escondido en medio de la Alta Austria entre cuatro paredes y casi sin techo. A Céline en su desvencijada Maison de Meudon tras haberse aquilatado en Sigmaringen o en prisión. A Yukio Mishima en su europeizante palacete nipón, a Virginia Woolf en su habitación, etc.


De todas ellas, una es la más perfecta materialización del Páramo a través de vigas, ventanas, puertas y pinchones: la inigualable cabaña de guarda forestal de Kerouac, en el parque nacional de North Cascades. Para allí me iba hoy mismo. A falta de mar esas nubes en las que el chapuzón resulta inevitable. Deleitaros con ella:




lunes, 1 de noviembre de 2010

El mito RB y el Reich



El otro día dieron en La dos un documental dedicado al chileno del que ya os hablaba en el post “Imaginería equis” de 22/Marzo/2010, entrega aderezada con el estridente Houellebecq y alguna que otra ninfa de Manara o Andrew Blake.

A fecha de hoy, el chileno es un mito. Básicamente ese el mensaje elemental del programa, cosa totalmente independiente de si es o no buen escritor, de lo que, por otro lado y tras leer “Los detectives salvajes”, a mí no me cabe ninguna duda, por no decir que lo de los “real-visceralistas” y su correlativo “real-visceralismo” es gloria pura y dura. Sólo por eso, amén RB. Eso sí, esa espectacular novela, de lo que le conozco, me parece de largo lo mejor; otras cosas me resultaron más bien decepcionantes, entre ellas muchos de sus alabados relatos… Pero volvamos a La dos. El principal motivo que me llevó a ver el documental era la esperanza de que dieran alguna clave o pista sobre qué le pasaba a este chileno con el Führer y sus huestes. No hubo tal pista o clave, qué pena.

Podrá ser casualidad o no, mensaje cifrado o provocación, treta comercial o yo qué sé, pero el que un chileno, hogar de adopción de tantos y tantos angelitos tedescos, se suelte con su sorprendente “La literatura nazi en América”, pueble sus relatos y libros de varios “Herren” y “Frauen”, y se explaye post mortem con la novela póstuma “Tercer reich” a mí me deja con un intríngulis mental. Yo creo que RB es otro de esos espíritus que “saben algo”, como Nossack, pero algo serio de verdad. Y no nos lo quieren contar por las buenas, menos ahora que ya no están… Qué le vamos a hacer, si no quiso largar en plan te diré lo que sé, pues sus razones tendría

El caso es que me quedo con la sensación de que RB estaba también obcecado/obsesionado con el redundante asunto. Seguro que conoció a algún receloso y esquivo personaje de ojos azules. Posiblemente vivía en alguna casa de madera de la Baviera chilena, frente al océano. Apuesto a que era encantador en el trato cercano, de educación florida y con un lado, menos visible de buenas a primeras, la mar de oscuro.
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