viernes, 28 de mayo de 2010

Antecedentes de un crimen II



El monstruo ya había abierto las fauces. Babeaba de rabia. Los cachorros de las vanguardias lo recuerdan con precisión: el idealismo patológico, el terruño anhelado y no constituido como entidad en derecho reconocida, las revoluciones y el radicalismo… no sé quien ya había dicho a finales del S. XVIII que, a falta de buen tiempo, en Alemania las revoluciones se hicieron en la música. Entiéndase por ello que de puertas adentro, sentados ante el piano o ante el folio, pensando e idealizando, radicalizándose o abstrayéndose. Qué peligro. En principio, la algarabía pública sólo al final, cuando la habitación es lo más parecido al infierno y las paredes no hacen más que oprimirnos la cabeza.

Olvidémonos del encanto y la elegancia del decorado, de la superficie y del paisaje. Dentro de la habitación, la obsesión por ir al fondo de las cosas hace estragos. A ello unamos esa proverbial capacidad teutona que tan bien definió el fenómeno EMCioran: “La capacidad de aguante de los alemanes no tiene límites; y ello hasta en la locura: Nietzsche soportó la suya once años, Hölderlin cuarenta.”

Como ya quedó dicho en la primera entrega de estos antecedentes: “al otro lado de la futura línea Maginot, salvado el Rin, también se cocía algo. A diferencia de sus vecinos del oeste, nuestros nuevos protagonistas se las gastaban más épicas que líricas, y más aún, metafísicas, más de fondo que formales, más Dolomíticas que Saboyanas.” Estas paranoias de habitación, fruto del aire enrarecido y del taladro mental, son cosa seria. Baste decir que en Alemán existe una palabra “erkenntnisekel” (literalmente: nausea del conocimiento) intraducible a otros idiomas que define las arcadas y vomitona, el mal cuerpo y concreto desasosiego que produce el exceso de pensamiento.

A diferencia de los gabachos, más tendentes a cambiar la indumentaria de un maniquí que permanece inalterado, crucemos el Rin y nos encontraremos con el propio maniquí desmembrado y destrozado. Poco importan aquí los cambios estéticos en su indumentaria, simple superficialidad mediterránea para ellos. Lo suyo es arrasar con el maniquí, con la convención, con la regla. Obsesionarse y enfermar. Qué tragedia.

Cuarenta años de encierro en una habitación llegaron para que Federico Hölderlin desvistiese a las palabras de su significado e hiciese piruetas musicales con ellas. Muchos menos años de vomitona cerebral le llegaron a Federico Nietzsche para arramplar con convencionalismos y demás batracios. Venga superhombres y anticristos, venga humanos demasiado humanos.



El decadentismo Austrohúngaro, el plomizo ideal de un Reich Pangermánico, las vomitonas de meninges, las cuchilladas al maniquí musical protagonizadas por Arnold Schönberg, Anton Webern y Alban Berg, la falta de luz, un fin de viaje metafísico en el que el hombre se convierte en dios, y no al revés… el estudio de los sueños y el psicoanálisis. La primera guerra mundial y sus trincheras, el expresionismo y lo grotesco… para muchos la perversión más abyecta: cómo iba a resistir semejantes desbarajustes la victima de nuestro alabado magnicidio. Al final, entre el mazo teutón y el cepillo gabacho, le machacaron la cabeza y recogieron sus restos, que debieron quedar apilados en alguna trinchera del Somme.



En todo este fregao, la flema Albión pinta poco. En el crimen participaron, pasaban por ahí y se dejaron llevar por un impulso destructor, no hay duda, tienen las manos algo manchadas de sangre. Pero en la gestación del mismo, en sus antecedentes, más bien no.

sábado, 8 de mayo de 2010

Antecedentes de un crimen I


Consumado el Magnicidio, en el suelo espatarrado e inerte el cuerpo de la víctima, repartidas sus hojas al viento, se apelotonaron, a las pocas semanas, las más absurdas teorías sobre la autoría, no material, asunto éste bien definido a los pocos días del crimen, sino intelectual, mediata, o cómo se quiera designar a quien, no ejecutando físicamente los actos, brutales y alevosos, que dieron como resultado la muerte, sí que se ha encargado de promoverlos, idearlos y organizarlos. El hombre en la sombra.

Y, no sabemos si influenciados por productos de complejidad psico – argumental de última generación o bestsellers de alcance mundial, el caso es que se llega a una conclusión de lo más mestiza y estrafalaria: la concurrencia de tres tramas, tres intereses, tres conexiones, quién sabe si conniventes y concomitantes todas ellas, en la comisión del magno asesinato.

De pedigrí cinéfilo, nuestros avezados sabuesos no dudaron en llamarlas tan estúpidamente como a continuación os indico:

“The french connection 1971”, “Deutschland in Herbst 1977” y “Orlando 1992”.

Pero las estupideces y gansadas, las licencias, se acaban con estos nombres estampados en sus correspondientes archivos/files. A partir de ahí, el trabajo de documentación fue riguroso e inclemente. No así el análisis de la documentación recopilada, que aporta unas conclusiones inconexas, poco fundamentadas y, más bien, pobres.

Pero empecemos por los datos recopilados…

The French Connection 1971: entre un sinfín de nombres, varios de ellos conocidísimos en círculos de iniciados y esotéricos de diversa catadura, se encuentran varios de los más famosos escritores del “fin de siècle” gabacho. Su interés en el magnicidio, más lírico que épico, más formal que de fondo, más Saboyano que Dolomítico, es indudable y, para los sabuesos encargados de la investigación, de tanta importancia como la trama alemana, ambas, gabacha y teutona, de mucho mayor calado que la Albión, cuyos miembros realmente dan la sensación de pasar, sin saber muy bien por qué, por el lugar y el momento en los que los hechos se atropellaban.

Metódicos y rigurosos en la recopilación de datos e información, diestros en su archivo y sistematización, los sabuesos organizaron para facilitar su trabajo una jerarquía (vertical) y un tracto (horizontal). Pretendían condensar y enfatizar los hitos y referencias básicas en la evolución y discurrir de la trama. Como hemos indicado, los sabuesos no destacaban en todo. Análisis y síntesis les quedan grandes. Siendo eso así, su jerarquía resulta impresentable. No así su tracto, horizontal, objetivo, basado en el cronómetro secular: Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, Villiers de L´Isle –Adam, Stéphane Mallarmé, Isidore Lucien Ducasse, Joris Karl Huysmans, Arthur Rimbaud y Marcel Schwob.

Qué banda. Parece obvio que no apretaron ellos el gatillo, que no empuñaron el puñal, es más, seguro que lo suyo era puro teatro, puro amagar con las ficciones. Algunos cómodamente apoltronados en sus chaise longue, perdida la vista más allá de la empañada galería, frufrú en el cristal, con la manga de vicuña andina, eso sí que es calidad; los otros, también cómodamente precipitados en el vanidoso y narcisista lado oscuro, retorcido, cruzando los dedos para tan sólo aparecer en fugaces recopilaciones de los más nuevos, de los malditos, reservadas para manos u oídos cómplices y sabedores. Vaya pedantería.

¿Pero qué más da que no fuera suyo el estacazo que desmembró? Suya es gran parte de la culpa. Sin ellos, sus cachorros de las vanguardias no habrían sabido cómo, cuándo y dónde atizar. Ebrios y exaltados, no habrían sido capaces ni siquiera de levantar el machete, asir la pistola o dosificar el Veronal.

Sabemos que no fueron los únicos. Al otro lado de la futura línea Maginot, salvado el Rin, también se cocía algo. A fuego lento, piano piano. Al pilpil, si estuviéramos en el Bidasoa. A diferencia de sus vecinos del oeste, nuestros nuevos protagonistas se las gastaban más épicas que líricas, y más aún metafísicas, más de fondo que formales, más Dolomíticas que Saboyanas. Siendo contemporizadores diremos que daban el doble de miedo, mínimo.

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