lunes, 12 de septiembre de 2011

El Descenso (y 2ª parte)



-Llevamos más de quinientos años, sí, quinientos, que se dice pronto…

-Quinientos años no es nada. A quién quieres engañar con esa cuenta. Y a quién le puede interesar. Hablas de cinco siglos como si fueran el aire que respiramos, el alimento que ingerimos, como si fueran un aroma que nos repele, o una opinión que nos exalta. Pero, qué son quinientos años. Tampoco son nada un millón de escalones. Menos aún que la cifra que descansa en el gran monumento. Y ante ella no nos inclinamos. Tampoco debierais hacerlo ante los siglos. A no ser que queráis cambiar de…

-Te vuelves a equivocar. Las dos veces que hemos hablado lo has hecho. La primera vez te perdoné, y no disparé. Tenía el rifle conmigo. Hoy será distinto… Y, además, qué tendrá que ver lo que me estás diciendo con los escalones. Vuelves a caer, te restriegas en el mismo atolladero. No eres capaz de ver más allá, da igual que seas un millón de personas, o que fueras tan sólo una. O ninguna. En tu caso da igual. No entiendes nada. Incapaz. Y tampoco pareces ver nada, ni recuerdas…

-Tú lo has dicho, soy un millón de personas. Me podré equivocar, sí, qué tiene de malo. Podré no acertar, por supuesto. Pero cuando no acierto, lo hago como un millón de personas. Y de la misma manera desciendo todas esas escaleras… Tú, sin embargo, eres ninguna persona. Pobre. Cómo no te van a importar quinientos años. Más que el aire que respiras, más que el alimento que engulles. Quinientos años en los que buscar una justificación, una fecundación, un rastro de vida con el que negar tu abrumadora inexistencia. Toma mil años si quieres, o cien mil, da igual, no encontrarás nada. Qué vas a encontrar, si yo lo soy todo. Nada queda para ti. Para ninguno de vosotros. Así lo habéis querido. Somos un millón, y todos somos yo. Y cuando yo respiro, respiran todos. Cuando yo desciendo, descienden todos. Aunque los veas postrados ante el monumento. O aunque tú estés ahora aquí. Aunque estéis cortando el césped o lustrando vuestros dichosos rifles de mira telescópica. Vosotros sois ese fatídico millón menos uno. Un fatídico millón menos uno que sólo existe cuando está en mí, que lo completo y fertilizo. Sólo conmigo deja de ser ese aciago menos uno y se convierte en pleno, exacto, redondo millón. Pero sin mí, un funesto millón menos uno que, cuando intenta apuntarme con los rifles de mira telescópica, es como si apuntase a un espejo en el que sólo se ve a sí mismo. Que es como no ver nada. Porque esa es vuestra inacabada realidad, vuestra patética e inconclusa sustancia. Inexistencia, ahí la tienes, la palabra que lleváis a cuestas, la que os define mejor que ninguna otra. Vuestro apellido, y, en más de un caso, vuestra tribu, el resumen de lo que sois, vuestro corolario…

Habría que aclarar que han pasado quinientos años. Que en la calle Todos viven un millón menos uno habitantes. Que en la calle Tú sigue viviendo un sólo vecino, que completa, fecunda y fertiliza el truncado millón menos uno de la calle vecina. Que el inquilino de la calle Todos, de nombre Zenta, que habla por segunda vez con el único habitante de la calle Tú, habla solo, frente al espejo. A nadie tiene delante. Carece de interlocutor. Que la primera vez que lo hizo, me refiero a hablar con el único habitante de la calle Tú, era la primera vez en quinientos años que alguien cruzaba una mirada, o una palabra, con dicho vecino, único residente de la calle Tú. Aunque, al igual que en la segunda ocasión, esa primera vez Zenta también estaba solo y mirándose al espejo. Como ahora. Y como la próxima vez, si la hubiera. Y no sabemos por qué, aquella primera vez, cuando, por fin, lo tuvo delante, tras esperar quinientos años, este hijo de los hijos del estudioso que creía que el descenso equivalía a nuestra salvación decidió no pegarle un tiro en la frente con el rifle de mira telescópica que portaba, y, así, hacer blanco, por fin, entre los ojos del único habitante de la calle Tú…

Una explicación para lo anterior, para el inexplicable no apretar el gatillo protagonizado por Zenta, podría ser la posibilidad de que, nuevamente, se hubieran mezclado en su cabeza las extrañas ideas sobre el concepto de masa incompleta que, desde su confusa infancia, lo habían torturado y habían provocado el fracaso de todos sus intentos por disponer, en sus relaciones con los demás, desde sus padres hasta sus amigos o conocidos, de un marco fijo en el que moverse. Un encuadre, una referencia, una perspectiva que le permitiese valorar acontecimientos e interacciones personales, aciertos y decepciones. Zenta se quería ver dentro de dicho marco, o fuera, o atravesado por el mismo, eso daba igual. Lo básico era tener la referencia, el criterio preexistente, y, en base a él, valorar y actuar. Pero no era capaz de conseguirlo. Pasados los años, durante su adolescencia, había conversado durante horas y horas con sus mejores amigos sobre su fracaso y frustración a la hora de encuadrarse. La ausencia del marco fijo en el que moverse había llevado a Zenta a mezclarlo todo, a resbalar, a escurrirse, a difuminarse. A menudo valoraba en qué medida semejante desbarajuste era consecuencia directa de un terrible e inequívoco sentimiento, pulsación o sensación que lo oprimía desde que tenía uso de razón: el de pertenecer a la masa incompleta. Su involuntaria adscripción a lo Incompleto. Así lo calificaba él. Le llegaron unos pocos años más para, fruto de su desconcierto, desorientado ante la vida que llevaba, y totalmente poseído por esa incalificable, demoledora y angustiosa pulsación de pertenencia a lo incompleto, vislumbrar el final del acertijo, a saber: su propia Inexistencia. El día que compartió su descubrimiento con su mejor amigo, su pertenencia indiscutible a la masa incompleta, así como su también inexorable inexistencia, Zenta, ante la abrupta reacción de su compañero, echó en falta, más que nunca hasta esa fecha, el marco fijo en el que moverse. Sin embargo, aquella tarde, a pesar de carecer de referencias, del marco fijo que a cualquiera resulta indispensable para evitar la propia destrucción, así como la de quienes nos rodean, Zenta, milagrosamente, consiguió no extralimitarse con su amigo.

Y es que la cosa no debía resultarle nada sencilla. Para una persona como él, miembro de la masa incompleta de un millón menos uno, convencido, además, de su inexistencia, y torturado en sus relaciones afectivas y sociales por la desasosegante falta de un marco fijo en el que moverse, la vida era cuestión ardua, plagada de iniquidades, ofensas y desvelos.

Si echamos la vista atrás, nos lo encontraremos a los veinticinco años, a los cuarenta, a los catorce, o cuando sea, difuminado entre insomnios cada vez más rotundos y voraces. Soportando el unísono martirizante de sus palpitaciones ametrallándolo sin piedad bajo la almohada. Repasando con insana redundancia sus desastrosas relaciones personales. Da igual que nos centremos en su familia, que desde los quince años lo dio por imposible, en sus amigos, o en sus compañeros de trabajo. Ya no digamos si de quien hablamos es de su única pareja, que le duró tres meses, y cuyo sangriento final a cualquier persona poseedora de marco fijo en el que moverse parecerá el paradigma de la bestialidad y de la crueldad.

Ese día, por un beso inocentemente esquivado, seguido de una sinceridad pronunciada en mala hora, por un confiar en que todos somos iguales y cómo se va a tomar tan a la tremenda mí novio que yo le diga que no es insustituible, ella escuchó, por primera y última vez, el plasplás de sus bofetadas. Después, acalorada y algo magullada, decidida a darle portazo a semejante energúmeno asocial, cuando ya de espaldas a él se prestaba a salir del piso, escuchó, atónita, un incalificable brumbrumbrum, que, al darse alarmada la vuelta, identificó como exhalación de la impresionante motosierra que el inmaduro asocial de Zenta blandía con un vigor que nunca pensó lo pudiera caracterizar. Ahí dio comienzo el canto del cisne, interpretado en total evasión de entorno y realidad, como presa de un sueño asesino, el te vas a enterar, pedazozorra, para ti será un juego, pero, para mí, lo eres todo, sí, perra, haberlo pensado antes, tú para mí que eres insustituible, ya veo que yo para ti no, etc., etc. Dicho discurso, pese a carecer Zenta de un marco fijo en el que moverse en sus relaciones afectivas, coincidía, en su mayor parte, con el discurso tipo del macho reproductor catatónico asilvestrado, del tipo elocuente, que ve nublado su entendimiento de manera fatal, ofendido por alguna trivialidad o pequeñez que interrumpe el normal discurrir de los acontecimientos tendentes a la reproducción que, con tanto ahínco, ímpetu e ilusión, ejecutaba. Pero no debió ser más que una casualidad. Zenta no era especialmente locuaz, además era un inmaduro sexual que no habría sido capaz de practicar el coito con una hembra por la que sintiese algo, ya fuera amor, pasión o asco. Por último, y sobre todo, Zenta carecía del indispensable marco fijo en el que moverse en sus relaciones afectivas o sexuales. En otras palabras, el mundo, la vida, el amor o las mujeres eran, para Zenta, una tábula rasa en la que cincelar sus desvaríos. Tras el ensordecedor brumbrumbrum y el subsiguiente asombro femenil, vinieron el llanto, el pánico, la súplica y el acurrucarse indefensa contra la pared cerrando los ojos y protegiendo la cara con sus brazos, el hipo, el vientre descontrolado y un cierto mal olor, el sudor y el apretarse más y más contra la misma pared. Y volvieron el por favor y la súplica, y el comienzo de una oración, y el tartamudeo… Pronto, los acelerones de la maquina se mezclaron con una especie de flashflashflash que hicieron los brazos de la víctima justo cuando la sierra se hundió en ellos, para luego partirlos y desmembrarlos. En ese instante, el espectáculo del borboteo de la sangre era tan absorbente que no se oía más el depravado y maquinal brumbrumbrum, tampoco el cruento alarido de la sufriente, aunque sí el enfermizo silbido del cisne cantor. Demencial e incomprensible.

A pesar de lo anterior, Zenta es una víctima, un desarrapado emocional. Un ser padeciente y estigmatizado. Sus padres renegaron y reniegan de él, como lo hacen amigos, vecinos y conocidos. En cuanto al pavoroso crimen, cometido a los veinticinco años, Zenta tan sólo tuvo que rendir cuentas con la sociedad mediante un internamiento en centro penitenciario que se alargó, entre la prisión provisional y la posterior condena por un homicidio claramente atenuado, durante siete años. La discusión jurídica en su caso se centró, precisamente, en esa atenuación del homicidio, atenuación que, según el criterio de su defensor, debía concretarse en la figura de la eximente. No le dieron la razón. Qué más da… Para él, cinco siglos no son nada, así que haceros a la idea de que Zenta, de la pírrica condena, y en términos de tiempo transcurrido, ni se enteró.

Para otra cosa, sin embargo, si le valió, hablando, de nuevo, en términos de tiempo transcurrido, el periodo de internamiento. Tuvo todo el tiempo del mundo para padecer cruentos insomnios y desvelos. El concepto de masa incompleta lo carcomía y exprimía vivo. Pero no sólo eso. No sabía dónde, pero estaba seguro de que había leído los últimos datos del padrón de habitantes de la Calle Todos. Un fatídico 999.999 personas. Divididlo entre un millón y veréis qué os da. Sí, el resultado era el único habitante tras la frontera. Aquel de quien se decía que había descendido por la caja de hormigón que se perdía en la oscuridad en un trance directo con su propia conciencia. Nunca tuvo tan clara su inexistencia. La de los dos, la suya propia y la del solitario vecino de la Calle Tú. Fue, pues, en la cárcel, a partir del cuarto año de privación de libertad, cuando Zenta empezó a pensar con más claridad, diríamos que de manera casi infalible, en la posibilidad de que, siendo él un hijo de los hijos del estudioso que creía que el descenso supone nuestra salvación, su crimen inconmensurable y caprichoso, tan lleno de sangre, tan aparatoso y cruel, tan demencial, demostraba la no existencia del totémico único habitante de la Calle Tú. Entre el crimen carnal, entre su propia inexistencia y la milagrosa operación aritmética, Zenta no tenía duda alguna. Desde ese momento, su vida se dotó de un marco fijo en el que moverse: el totémico habitante único de la calle Tú, y el encontrarse, por fin, con él, ambos inexistentes.

Ahora, a raíz del surgimiento de un marco fijo en el que moverse, su pensamiento, de manera totalmente compulsiva, se aferró a esa nueva idea. Que mezclada con sus anteriores obsesiones daba un mejunje que nada bueno hacía presagiar. Entre el dogma adoraticio del vecino de la calle Tú, los resbaladizos conceptos de masa incompleta e inexistencia que lo acompañaban desde sus primeros días, unido ello al ansía por encontrarse con su igual, ambos seres inexistentes, Zenta abandonó, para siempre, el escaso respeto que mantenía por sí mismo.

Y decidió esperar a que llegara el encuentro. Y pasaron varios años. Y siguió esperando. Y siguieron pasando los años. Y se miró repetidamente en el espejo. Y se desentendió del rifle criminal del que se habla desde hace cinco siglos en el dogma adoraticio. Y se desentendió, también, del irrealizable tiro, justo entre los ojos. Y valoró la posibilidad de que se hubiera equivocado a la hora de concebir el marco fijo en el que moverse, marco que, en realidad, lo que había provocado era su absoluta parálisis. Y se cansó.

Tenía que actuar, lo había decidido presa de su obsesión. No volvería a hablar con el único vecino de la calle Tú mirándose en el espejo de su casa. Habían pasado dieciocho años desde su salida de prisión. Dieciocho años, pues, desde que su vida había adquirido un marco fijo en el que moverse. Dieciocho largos años durante los cuales, Zenta, aferrado su pensamiento a la obsesión por unirse a su compañero de inexistencia, había esperado dicho encuentro como único fin o sentido de su vida. Pero se había acabado, había dicho basta, y había vuelto a empuñar su rifle automático de mira telescópica. Antes de salir de casa, rifle en ristre, rompió el espejo en el que se miraba cuando hablaba con él. Se sintió, al igual que se había sentido con veinticinco años, como un cisne antes de entonar su canto. El marco fijo en el que moverse se desvaneció de repente. Mejor así, para qué lo quería. Caminó hasta el límite de la calle Todos. Hasta el lugar donde están situadas las torres de vigilancia. Subió a una de ellas. Podía ver con total claridad la Calle Frontera. También parte de la Calle Tú. Cargó el fusil y apuntó. Disparó tres veces y tres veces hizo blanco entre los ojos del único habitante de la Calle Tú. Éste se desplomó de medio lado, muerto en el acto. No se oía nada, sólo el borboteo de una sangre que, rápidamente, formó un desagradable charco alrededor de la víctima. Se acordó de cuando le negaron inocentemente un beso de colegial. Pensó para sí: tú lo has querido, y, dando media vuelta, bajó de la torre vigía y volvió a su casa, ahora sin el rifle.

Coincidiendo con el preciso instante en que Zenta apretaba, por fin, el gatillo, justo en ese momento, los líderes de los hijos de los hijos del estudioso que opinaba que el descenso era nuestra salvación, reunidos con los líderes de los hijos de los hijos del estudioso que opinaba que el descenso era nuestra condena, hacían un importante anuncio conjunto. Habían llegado a un acuerdo que revestiría la forma de nuevo dogma, a saber: Que el único vecino de la calle Tú, ignorando ellos que esa misma persona yacía ahora en medio de un charco de sangre en el suelo, la misma persona que acababa de asesinar Zenta, no existía. ¿Cómo? Ni había existido jamás. ¿Qué? Era una entelequia. No puede ser. Hemos dicho, dijeron. Aclarado, pues, que no se trataba de persona alguna, los líderes de ambos grupos sí reconocieron que la entelequia tenía forma de monolito y que era oscuro. Para mantener su carácter de grupo/tribu, básico si pensamos en términos de subsistencia, también habían acordado el sentido y alcance de sus diferencias. Para unos, el monolito yacería enterrado bajo la franja blanca del medio, a la misma profundidad que alcanza el último peldaño de la escalera de hormigón. Para otros, el monolito, que era de piedra pómez, yacería suspendido sobre sus cabezas, inalcanzable para la vista de cualquier ser vivo, justo encima de la franja blanca del medio.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El Descenso (1ª parte)



Las franjas blancas: Tres calles. Ése es el número de las que había en la ciudad. Distribuidas de manera perfecta, representaban las franjas blancas de un paso de peatones. Su longitud recordaba a la de las pistas de aterrizaje de las tristemente célebres islas del Pacífico. Mediados los cuarenta en aquellos días de metrallazos.

De distribución y longitud, pues, previsibles, los nombres de las calles lo eran aún más. Las situadas en ambos extremos de la estructura llevaban por nombre “Aquí vivimos todos” y “Allí vives tú”. Coloquialmente a la primera se la conocía como calle Todos y a la otra como calle . La que quedaba en medio de las anteriores se denominaba “Frontera, no cruzar”. Su autoritario nombre sólo era legible situados en la calle Aquí vives tú. Desde las dos calles vecinas no se podía leer el cartel indicativo.

Todos los vecinos, a excepción de uno, vivían en “Aquí vivimos todos”. En la calle Frontera, que realmente era un baldío, no había ninguna construcción y nadie la habitaba. Era una franja de terreno, de cincuenta metros de ancho y de la misma longitud que las demás, en la que tan sólo se habían instalado unas farolas, regularmente asentadas cada ciento cincuenta metros. Su luz era parda, sospechosa y esquiva. Lo único que alumbraban era el césped que, desde hacía años, invadía toda la calle, con algunas manchas de tierra, y otras de cemento, aquí y allí. Un conjunto más bien desolado. Un espectáculo caduco, triste, que transmitía un vivir abandonado, sin salidas, perezoso. Cada cierto tiempo, algunos de los vecinos que residían en la calle Todos, cortaban el césped. Les llevaba más de una semana, tiempo durante el cual nunca coincidieron, y hablamos de simple contacto visual, con el único vecino de la calle Tú. En esta calle, de las numerosas viviendas que se habían levantado hacía cincuenta años, tan sólo quedaba, a estas alturas, una casa: la de su solitario poblador. Vivienda que estaba rodeada por un enorme descampado, ninguna farola y varios bancos. También por los restos de algunas de las antiguas casas que hacía años habían proliferado a lo largo de toda la calle y cuyas ruinas daban ahora un aspecto a la misma aún más desolado que el de la calle frontera.

Las franjas oscuras: Siendo las franjas blancas tan previsibles como lo que hasta ahora sabemos de la ciudad, las franjas oscuras (de la estructura en forma de paso de cebra) lo eran en la misma medida. Las oscuras eran sólo dos franjas. De igual anchura y longitud que las blancas. Y sólo dos porque los extremos exteriores de las calles Todos y Tú lindaban con lo desconocido. Por el contrario, las dos franjas oscuras que dividían y separaban las tres franjas blancas que juntas formaban el símbolo, símbolo que otros calificaban de ciudad, y sólo algunos de estructura, pero, en cualquiera de los tres casos, siempre con forma de paso de peatones, eran conocidas por todos los habitantes de la calle más habitada. Y, a pesar de ser por todos conocidas, estas dos franjas eran motivo de continuas disputas y rencillas entre los residentes de la ciudad/símbolo/estructura con forma de paso de cebra. Motivo de disputa conceptual, teórica, argumental. Cuestión nada práctica y absolutamente contraproducente. Que convertía la convivencia en una situación ruda, marcial y poco clara. Para algunos esta situación era de retaguardia asfixiada, para otros de aireada vanguardia, para otros de deserción inminente. También había quien lo entendía como un enroque estratégico, además de otras milicianas variantes que también se daban, siempre según las inclinaciones y preferencias de los interesados. Al final, situaciones, todas ellas, que podríamos resumir como de desconfianza generalizada. Eso sí, sólo en lo teórico o argumental.

Llegamos ahora al meollo de la cuestión: Aunque es cierto que las franjas oscuras eran conocidas por todos los habitantes de la calle Aquí vivimos todos, no lo es menos que el conocimiento que de ellas tenía cada uno de ellos dependía de su propia sabiduría o ignorancia. De sus conocimientos, o de la falta de estos. Porque uno puede conocer las cariátides de oídas o ser un profundo entendido en ellas. Ambos conocedores, sí, pero quién duda de que el primero tendrá un conocimiento más fragmentario, y hasta equivocado, en comparación con el del segundo. Con las franjas oscuras pasaba lo mismo. Conocidas, al menos de oídas, refractariamente, por todos, para algunos eran objeto de estudio pormenorizado, mientras que había quien sólo sabía que estaban ahí, sin tener una idea muy clara de qué eran en realidad, o cuál era su cometido.

Pues bien, de los habitantes de la calle Todos, dos eran los que podemos clasificar como mayores entendidos en la cuestión. De ellos nos podemos fiar a la hora de describir las dichosas franjas oscuras. Aunque con ciertas limitaciones que tendremos que completar. Por el contrario, siendo idéntica su descripción de las mismas, era radicalmente distinta la interpretación o explicación que de ellas daban estos dos personajes.

Así las cosas, ambos tenían claro que las franjas oscuras, situadas entre las claras, eran grandes pozos con forma rectangular. Grandes huecos, trincheras, precipicios de insondable profundidad, tumbas infinitas que descendían hasta la oscuridad. De paredes perfectamente lisas, de hormigón, de ángulos rectos igual de perfectos, de tacto frio, inabarcables y ásperas. Y que conectaban con la conciencia de cada uno. Difícil de entender, y más aún de explicar, el caso es que no había duda. Esos sarcófagos eran el trance hacia la conciencia, el vaso comunicante, un milagro cambiante y caprichoso que nos habla del bien y del mal, del cómo y del porqué, del sí y del no, pero nunca del tal vez.

Coincidiendo la disposición de la estructura con forma de paso de cebra con la orientación norte – sur, ambos vecinos estaban de acuerdo en que por el extremo norte de los dos pozos rectangulares iniciaba su descenso, a lo largo/profundo de los mismos, una escalera. También de hormigón. El ancho de los peldaños de la escalera coincidía con el de las franjas oscuras, por lo que quedaban encajonados en su interior. Sin margen, siquiera, para que entre ellos y las paredes longitudinales del cajón entrara el aire. Eran un todo, un juego tridimensional. Empezando la escalera en el extremo norte, el último escalón alcanzaba, a su vez, el límite sur del rectángulo. Se apoyaba, llegado a ese punto, en el extremo inferior de la extensísima pared sur de la caja rectangular. Pared que bajaba a cuchillo desde arriba, y que recordaba inspirados proyectos para el vaciado interior de ciertas montañas isleñas. Un portento de la ingeniería creadora. La profundidad del dispositivo, aunque desconocida para nuestros expertos, sabemos ahora que era mil veces el largo de las franjas. Tampoco sabían que la oscuridad era total apenas iniciado el Descenso por la escalera. Que a la espalda del viajero sólo lo acompañaba el recuerdo de que arriba había día y noche. Aunque es cierto que poco importa el recuerdo de la claridad, o del día, cuando de lo que se trata es del Descenso por rampa de hormigón hacia nuestras conciencias.

Hasta aquí, y no es poco, llegaban las coincidencias entre ambos compañeros. Entre sus respectivos conocimientos. Las diferencias empezaban con el Descenso. Descenso que, hemos de indicarlo, ninguno de los vecinos de la calle Todos había realizado. Quien sí lo había realizado era el único habitante de la calle Tú, aislado tras la frontera y con quien no cruzaban palabra alguna. Tampoco mantenían contacto visual. De haberlo hecho le habrían pegado un tiro en la frente con sus rifles automáticos de mira telescópica.

Pues bien, ambos entendidos, ávidos lectores, empedernidos estudiosos de la nada, enfermizos coleccionistas de criterios, rocambolescos aspirantes a engrosar la lista de la trena filosófica de más insobornable mancebía, discutían y discutían, como ya se ha adelantado, sobre el significado del descenso. Sobre el significado del Descenso como categoría genérica, frente al significado del ascenso como categoría genérica. Y también sobre el significado del Descenso, concreto y específico, por la caja de hormigón que se perdía en la oscuridad en un trance directo con la conciencia de cada uno. No se me ocurre mejor disputa que esta. Dónde me tengo que apuntar, quiero participar, quiero especular, abandonar coherencias y criterios asépticos… aunque mejor sería poder hablar con el único habitante de la calle Tú, persona elegida que hace unos años bajó la escalera, peldaño tras peldaño, encajonado en un trance que lo empapaba de su propia conciencia. Quién me diera poderle dirigir la palabra, ahora que ha vuelto del más desafiante periplo, ahora que está de nuevo arriba, ahora que lo quieren matar todos los demás, todos los que no han bajado por la escalera. Por desgracia, con él no es posible hablar, nada se sabe de su experiencia, nada nos quiere contar de ella.

Siguiendo con el asunto, en vez de adelantaros de manera resumida el punto de vista de cada uno de nuestros dos estudiados amigos, lo que haré es resumir el de uno cualquiera. Siendo diametralmente opuestas sus opiniones, no os resultará complicado aventurar la del rival. Dicho lo cual, os diré que para uno de ellos el Descenso como categoría es siempre peyorativo, humillante. El Descenso es siempre sufrimiento. Y el sufrimiento no trae nunca la posterior catarsis, la posterior renovación, el posterior resurgir de que hablan religiones, visionarios y demás argumentadores y argumentaciones. Eso es una milonga de arrastrados y lacayos. Que el ave fénix no existió ni existirá jamás. Que el sufrimiento denigra y la abundancia es salutífera. Pero sobre todo que el sufrimiento denigra, duele, ensucia, incapacita, disminuye, marginaliza, precariza, machaca, hunde, mata, ensordece, entumece, ciega, pudre, extermina, condena, humilla. El sufrimiento es eso y no otra cosa, equivalente, para nuestro estudioso, a decir que el día es noche.

Imaginaros, pues, lo que entiende, en cuanto al Descenso y al sufrimiento, el otro estudioso… Para que no penséis que elijo a uno frente al otro por cuestión de simpatía, os diré que para el otro el Descenso como categoría es siempre enriquecedor, agradable. El Descenso es siempre gozo. Y el sufrimiento, entendido como descenso de los sentidos, es gozo y enriquece, y trae, además, una posterior catarsis, una renovación, el resurgir de que habla el hombre desde que es hombre. Con independencia de razas, de creencias y de épocas. En ello, en tal realidad, se apoya lo más íntimo de su existencia, descrita de manera proverbial en la figura del ave fénix. Que el sufrimiento dignifica y la abundancia corroe. Pero sobre todo que el sufrimiento dignifica, acaricia, limpia, regenera, enriquece, enaltece, mejora, embellece, eleva, sana, crea, desentumece, madura, ilumina, refuerza, indulta, glorifica. El sufrimiento es eso y no otra cosa, equivalente, para nuestro estudioso, a decir que el día es noche.

Tales son sus opiniones. Y saben que el único habitante de la calle Tú descendió. Por eso lo quieren matar de un tiro en la frente con sus rifles automáticos de mira telescópica. En el atentado coinciden amistosamente. Como en la descripción de las franjas oscuras.

En cuanto al descenso, concreto y específico, por la caja de hormigón que se perdía en la oscuridad en un trance directo con la conciencia de cada uno, seré más conciso. El primero de nuestros estudiosos piensa que cada peldaño que descendemos en trance con (y hacia) nuestra conciencia es nuestra condena. Como os podéis imaginar, el otro piensa que dicho descenso, encajonados en la franja oscura, es nuestra salvación.

Tales son sus opiniones. Y saben que el único habitante de la calle Tú descendió por la caja de hormigón que se perdía en la oscuridad en un trance directo con su propia conciencia. Por eso lo quieren matar de un tiro en la frente con sus rifles automáticos de mira telescópica. En el atentado coinciden amistosamente. Como en la descripción de las franjas oscuras. Por desgracia para ellos, con el único habitante del otro lado no han cruzado una palabra. Tampoco una mirada. Tampoco lo han visto.

Pero este estado de cosas no es eterno. Aunque ellos no lo saben, faltan quinientos años para que los hijos de sus hijos renuncien al atentado, al crimen. Renuncia que llevarán a cabo de distintas maneras. Los hijos de los hijos de uno de los estudiosos, del que cree que el descenso por la escalera es nuestra condena, cambiarán de percepción pasados esos cinco siglos. Tras esperar todo ese tiempo sin haber visto al único habitante de la calle Tú, sin haberle podido pegar el tiro en la frente, acabarán creyendo que nunca existió tal vecino. Acabarán asegurando que se trataba de un monolito oscuro que yacía, y yace, enterrado bajo la franja blanca del medio, a la misma profundidad que alcanza el último peldaño de la escalera de hormigón.


Por su parte, los hijos de los hijos del otro estudioso, del que aseguraba que el sufrimiento y el descenso son nuestra salvación, cambiarán, también, de percepción. Lo harán pasados cinco siglos. Y también renunciarán al atentado, convencidos ahora de que nunca existió tal vecino. De que realmente se trataba de un monolito oscuro de piedra pómez, perfectamente pulido, magistralmente labrado, que yacía, y yace, suspendido sobre sus cabezas, inalcanzable para la vista de cualquier ser vivo, justo encima de la franja blanca del medio.

sábado, 30 de julio de 2011

miércoles, 20 de julio de 2011

The Buenos Aires affair



Manuel ¿Puij? ¿Puch? no falla. Todo lo contrario, me acabo de leer The Buenos Aires affair y es, de las cinco que he leído, la que más me ha gustado de sus personalísimas novelas, que ya me tenían totalmente entregado. Y es que es una maravilla. Es un postre fresco y sorprendente. Y sabiendo que es fresco y sorprendente, cada vez que saboreo otro de sus preparados de sobremesa me parecen aún más frescos y sorprendentes. A lo mejor a otros les resultan ligeros, afectados, yo qué sé, pero a mí, no. El caso es que en esta nueva entrega las sorpresas y el frescor chapotean hasta empaparnos. Y sin enterarnos nos tragamos la última cucharadita de la delicia. The Buenos Aires affair es del año 1973. Anterior a su irrupción por estos europeos lares. Con esta virguería ya publicada en Argentina, por aquí, editoriales y amanuenses, se dedicaron a mentarle la hombría a Manuel, a criticarle la escritura de lo mal que, según ellos, lo hacía, y a dedicarle el rosario de improperios de que ya hablamos.

Paciencia Manuel, que tú vales de verdad. Y además de valer, que valen otros, contigo la providencia se marcará uno de esos tantos justiciantes que le dejan cara de menos mal! a esos que te quieren y valoran. Trallazo por toda la escuadra, descomunal y refrescante apertura de ventanas, venga un poco de flan, natillas, fresas con sirope, sentados en la terraza mirando el mar un azulísimo día de primavera a media tarde brisa terral y juegos de piel con visillos y restos de sal del baño de hace un rato yo no me muevo que aquí se está como en el paraíso. Que es lo mismo que nombrarte a ti, Manuel, lumbrera.

Quien te debía tener algo de inquina, o no te entendía de la misma manera en que yo lo hago, será que yo te leo en la terraza mirando el hola y adiós del oleaje y él lo hace dentro de un bunker de formica, es el sórdido personaje al que encargaron los comentarios de contraportada tus editores. ¿Le has echado un vistazo a lo que de tu libro cuenta este individuo? ¿No será que se ha tragado, sin querer, un monumental tratado de metafísica tedesca en braille o esperanto? Leyendo dichos comentarios ¿quién puede pensar en un postre fresco y sorprendente? Parece que están hablando de un atracón de aceite de ricino y criadillas crudas, con náuseas, acidez de estómago, retortijones patinbaixin y demás síntomas que suelen acompañar la lectura de tratados de metafísica tedesca sin ingerir, previamente, protectores estomacales tipo omeprazol.

lunes, 18 de julio de 2011

Su brazo en forma de presagio



10:45 a.m.: ¿Cuánto nos importan las cosas? Mucho, algo menos, sólo un poco, casi nada… por último, hay a quien no le importan nada. ¿Y de qué depende que nos importen más, o menos, o nada?... Hay un escaso grupo de personas que recurre al peso. Al peso de las cosas. Les importa más un coche que un bolígrafo, o que un diamante, o que un sobre de azafrán. También les importa más un kilo de pan que cien gramos de embutido. Les importa más su padre, que pasa de noventa kilazos, que su prima política, esa que no llega a cincuenta y cinco. En cuanto a qué es más importante, si el universo o un agujero negro, no saben qué decir. Si les preguntamos qué importancia le dan en sus vidas a los sentimientos, nos contestan que ninguna. Pasados por la báscula, aunque ésta sea de precisión, y da igual que valoremos el amor o el odio, la desazón o la envidia, el resultado para ellos está claro. Medición igual a cero. Y es que no pesan nada. Verídico. Lo único ante lo que parecen, no dudar, sino amedrentarse, es la melancolía… ¿Cuánto pesa? ¿Más, o menos, que un agujero negro? ¿Y si la comparamos con el universo? ¿De qué está hecha la melancolía? De las cuatro preguntas que se hacen, la cuarta, por lo menos para ellos, tiene respuesta. Está hecha de plomo. También saben de qué está hecho el tiempo. Y es que el tiempo, según ellos, no está hecho de lo que pasa, qué estupidez, el tiempo es lo que no pasa. Así ha sido argumentado y sentenciado. Y por eso pesa tanto la melancolía. Para quien se olvida de lo que le pasa o sucede en la vida, y su tiempo es sólo lo que no pasa en la misma, lo virtual, lo anhelado, lo soñado pero no realizado, la melancolía no es un sentimiento más, es un palacio. Su morador, desde el interior, recomienda a los demás que prueben: el amor, menos que una pluma; el odio, menos que un suspiro; el miedo, menos que una brisa; pero la melancolía, tanto como el plomo. Y sacando por la ventana su brazo en forma de presagio, nos da la báscula. Y nos pide, aunque no tengamos un palacio, que busquemos en nosotros mismos. De fuera hacia dentro. Sabéis lo que es. Y nos recomienda, una vez hemos cogido su balanza, que pesemos cinco noches de plomo, que es lo mismo que hablar de añoranza y desvelo. Y que luego pesemos un año de amor correspondido. O cinco horas de te mato. O un minuto de no sé la respuesta. Y que los comparemos. Habrá quien no se crea nada. También habrá quien le dé la razón y se embelese ante el palacio de los presagios. Este último no volverá a verse portador de sonrisas. Y quitará todos los espejos de su vida, porque ya no se ve en ellos, para qué los quiere, tampoco los escaparates en los que se buscaba reflejado, tampoco los portales en que jugaba a Narciso. Ahora sabe que el cristal, el espejo, es una forma más del plomo. La peor y más pesada. Por eso mismo, la menos identificable. Y la sonrisa, otra. Y por eso mismo, la más peligrosa.

11:16 a.m.: Los otros, sabiendo que los sentimientos no pesan, y que la melancolía no es plomo, y que el tiempo es lo que les pasa o sucede, pero no lo que no les pasa, y lo demás de lo demás que se os ocurra… decía que los otros lo obvian todo y se dejan afectar, infiltrar, anegar e invadir por esos sentimientos. ¿Invadir de qué? De detritos y despojos. ¿Qué pesa más, el fango o el plomo? ¿El lodo o la basura? Esas preguntas son muy fáciles. Y sabiendo que no pesan los sentimientos, lo soslayan sin saber el motivo. Y se empeñan en que nos importen, a algunos, más que ninguna otra cosa. Los nuestros y los de los otros. Es una vanidad más. Una vanidad viciosa a más no poder. Un egoísmo atacante, que tiene un pase cuando redunda en uno mismo (y ello aunque nos quieran convencer de lo contrario), y que es aberrante cuando se desliza e inmiscuye en los demás (caso del samaritanismo, tan desproporcionada e injustificadamente elogiado). Egoísmo atacante que en el primer caso se tilda de pecado occipital, y, en el segundo, de virtud por anatomasia. La vanidad del sensible, la del educado, la del civilizado y correcto, la del generoso y altruista, la vanidad del condescendiente, del superior. Del que se ve como ejemplar y noble, la del virtuoso acaparador de rectos sentimientos. Portador de plomo a espuertas, que el muy engreído confunde con generosidad y abnegación, y como tal exige ser considerado, y escucha henchido cuando le hablan de lo bondadoso que es, y se mira al espejo, que, de inmediato, ensucia de lodo y embadurna. Y va por la calle, y se busca reflejado en escaparates y portales, en los rostros embelesados de quienes se cruzan con él, en los comentarios elogiosos de quienes le tratan, en el aprecio de quienes creen conocerlo.

11:37 a.m.: Pues bien, si la melancolía es plomo, si hay gente que valora las cosas por su peso, si hay palacios por cuyas ventanas unos brazos desconocidos nos acercan y entregan balanzas, si esos brazos, asidores de balanzas, tienen forma de presagio, si todo esto es como nos cuentan, y no tenemos motivos para dudar de ello, pues bien, entonces ¿cuánto de más pesa la vanidad? Eso es lo que yo quiero saber. Y no cualquier vanidad, que eso sería muy poco riguroso, sino la vanidad del generoso, la del correcto y educado, la del bueno. Esa es la vanidad que yo quiero saber lo que pesa de más. Para eso están las balanzas, para eso hay quien valora las cosas por su peso, para eso hay quien dice que los sentimientos no pesan, y hay, también, quien se lo discute. Mucho discutir que no lleva a ningún lado. Menos, aún, cuando anonadados vemos extenderse por la ventana del palacio su brazo en forma de lo que ahora ya es inevitable. El augurio ahora sí que se materializó. Nos entumeció, nos espesó y nos quemó. Visto el brazo, descubierto el presagio, arrodillados ante el palacio, indagamos el peso de más de la vanidad…

viernes, 17 de junio de 2011

XXI S. sotertomaM



day – May. ¿quizá, exhibo Me? ¿protagonismo ello con Busco? .hago que esto viene qué a, pasa me qué, pensando yo estaba coño qué En. hundo me, day – may, apestado, gafe, trágico, maldito número un es 1148. derecho hay no que es, tiempo mucho por naringes mis de delante libro un ver quiero No. sé qué yo y, aliados y, O. del y E. del bloques los y, espías varios y, Lang Fritz y, (duda sin, obsesionado estoy) Braun von Werner y, (¿obsesionado estaré?) salía también Peenemunde. lectura flamígera la acabada de después hora de cuartos tres acuerdo me que poco lo de es cohete Del. vida una toda en conseguiré lo no, Comprenderlo. leerlo llevado ha me mes un de Más. gravedad de iris Arco excesivo y elbisnerpmocni el, TPynchon alienígena el por esponsorizado decoro el contra crimen el, intensidad elevadísima de terrorismo el, escrito atentado el acabar para semanas dos de, persona tercera en, sí, sí, hablaba mí de infeliz muy El. …hundo me, day – may, day – May.



miércoles, 15 de junio de 2011

La Luz de los Kirguises


¿Vectores?
No
¿La luz de los Kirguises?
Tampoco
¿Un desembarco en las Torres del Oeste, nº de expediente AX256C?
Pero de qué me está hablando… -Traga saliva, tiene miedo. El otro es de cuidado. Lleva uno de esos trajes de bauxita. Y una tarjeta de acreditación enganchada de la pechera. Pertenece al grupúsculo que detenta el poder socio-mediático-administrativo-nacioanal. Tiene tenazas, escalpelos, martillos, esmeriles, radiales Bosch y taladros. Colgada de la pared, una motosierra Stihl. Más lo que debe haber en esos baúles, todo ferrramenta… Y una cara de joputa que para qué os voy a contar. Ojos castaños y poco pelo. Cociente intelectual bajo mínimos. Es funcionario y, previamente, se ha afiliado a una formación de las llamadas políticas. A un partido, ar, un sindicato, ar, una asociación de asociados, ar. No respira con normalidad y está pendiente de mil cosas. Entre ellas de la aspiradora con que recogerá los restos de su infortunado entrevistado. Entrevistado que podríamos ser cualquiera de nosotros con tal de ser no afiliados. Pendiente también de los botoncitos y pantallitas display del aparato que le proporciona la mezcla de oxígeno que necesita para no asfixiarse debido a sus problemas respiratorios consecuencia de la mierda que de él mismo supura sin cesar y que lo ahoga…

Te lo voy a preguntar otra vez. ¿Vectores?
No
¿La luz de los Kirguises?
Tampoco
Bueno, bueno, bueno… NO te asustes, pero voy a dejar las amistosas preguntas y me voy a centrar en las aberraciones. Si no quieres hablar ni de vectores ni de la Luz de los Kirguises, allá tú, estás en tu derecho, pero tendré que pasar a la siguiente página del manual de instrucciones (el denominado libro blanco). Un momento. Ya está, veamos. Dice aquí: seleccione extrema gravedad o radical extrema gravedad nº de expediente CV00034TS.

Espera, ten piedad, tengo mujer e hijos, no sé de qué me hablas, no tengo nada que ver con nada que te pueda interesar, soy un pobre hombre, soy un deshecho social, soy un fracasado, soy virgen, mis hijos son de otros hombres, de otros con los que mi mujer se entiende, y le llegan quince minutos para entenderse con ellos, lo haría incluso con mi peor enemigo, si lo tuviera, le gusta humillarme, y entenderse con todos, le pone hacerlo, mis padres me pegaron toda la vida, mis vecinos me escupen aún hoy, y se entienden con mi mujer, y con mis hijas…

Para, coño, que das asco, rata, cagado, desperdicio, escoria, te voy a enseñar yo lo que es dolor… Perdona, aún no. Aquí pone (en el libro blanco) que antes de las aberraciones te vuelva a formular las preguntas

¿Vectores?
Sí, de acuerdo, fui yo.
¿La luz de los Kirguises?
También, tienes razón, yo lo hice. Descubrimos cuál era la longitud de onda de las emisoras nanopolitizadas. Tropocientos kilohertzios por metro cúbico de palpaciones y contigüidades. La información estaba encriptada en los polímeros más habituales, los que utilizáis para alienar a la gente. On/off. Conseguimos esos datos a través de cualquiera de ellos, de cualquiera de vosotros-estorninos. Sois tan estúpidos, todos vosotros, idiotas, engreídos, mediocres. Al elegido, os pudo haber tocado a cualquiera, pena que no fueras tú, pelotudo, le pusimos una becaria cachondona, tenías que verla, y, con tal de que se dejara meter mano, le soltó de carrerilla todas las claves, los datos, el mejunje, todito con tal de sobarla un poco. Luego sobarla no le llegaba, ella sabía hacer las cosas, y el pobre salido necesitaba más. Ahí sí que fue el acabose, mequetrefes, aficionados, lo que nos pasó ese estúpido fue increíble, infame, cómo vendéis a vuestra gente, qué pandilla de la gran mierda que sois. Me preguntas por los vectores, pero es que vuestro hombre consejero delegado teniente de alcalde secretario general y demás titulaciones que expectoraba a cada orgasmo que tenía con la becaria, qué merito el de ella, nos lo contó todo, no sólo lo de los vectores. Nos lo pasó toditito, os vendió a todos, os traicionó. Los vectores, las longitudes de onda de las emisoras, las claves del tungsteno, la Luz de los Kirguises, el libro verde y el azul y el multicolor, el recorrido de los metrosideros y bambúes, el libro blanco de las políticas para converger en términos de afianzamiento del proceso de implementación de todas esas estupideces que ponéis por escrito y luego venga con que poner en valor y recuperar y fomentar y difundir y demás batracios abstracto administrativo nacioanales con que os lleváis toda la puta pasta por el puto morro y hoteles de cinco estrellas y cochazos y las zorronas que os ríen las gracias mientras os desnudan sin que mováis vuestro esclerótico dedito reproductor medio amputado del pedazo de O. que te voy a dar, panoli… Pero ya es tarde, IMBECIL, busca eso en tu puto manual de la gran bazofia, sí, pasa la página, no me vengas a mí con chorradas de motosierras Stihl y con gran radical hiperextrema gravedad, que me da la risa, hombre, que yo no siento, que soy un profesional, que me meo por encima de vosotros, que se os ha acabado el chollo, despediros de vuestra milongona, que cuando acabe contigo vas a ser un agujero negro andante, busca eso en tu manual, a ver si lo encuentras que me da la risa. Mira que chupasteis del bote, desgraciados, pero eso se acabó, meu, es hora de despedirse, ora por nosotros, estamos en tu funeral, en el de todos vosotros, soy tu ángel negro, lo sientes, eh?, parásito, sabandija, te cuesta respirar, eh? Te voy a explicar, resulta que te estás asfixiando, cariñito, mira que supuras mierda, habrase visto, te estas ahogando en tu propia mierda de tanto que chupasteis de los demás, tú y todos los tuyos, ladrones. Con vuestros presupuestos y subvenciones y dinámicas e implementaciones y proyectos sectoriales y trienales y desarrollo sostenible y todo lo demás con el único fin de robar, chorar, afanar de la cosa pública, elegantemente, comisionadamente, macanudamente, mediante persona interpuesta, qué latrocinio el vuestro. Llama ahora a tus amiguitos de formación, cómo, no te cogen el teléfono, cómo es posible, vosotros tan leales a la porquería que tanto os gusta, y tú ya tan podrido de muerte, maloliente, cheirento, y tus compinches no te cogen la llamada, cómo, qué me dices, que encima te tuercen la cara y no te conocen, que te niegan el saludo, que tus hijos se han quedado sin sus amigos, que se acabaron el tenis y el golf y la clase business y los regalos de empresa y la visaoro, que estáis apestados tu mujercita, tú y tus hijitos, ¿cómo es posible? Pero no te preocupes, que ellos, los que ahora no te saludan, qué majos, irán detrás de ti, todos juntitos al tacho, al depósito, como en una iguala de las de antes. Y sí, busca en tu puto manual, en cualquiera de vuestros libros blancos o multicolores, confírmalo, busca las esquelitas tutiplén, y no hagas ruído que estamos en el funeral, tierra quemada, a traición, qué bacanal, justicia celestial, material, formal, divina, temporal, secular. Y dime tú, qué carajo importa ahora la Luz de los Kirguises, acémila.

lunes, 4 de abril de 2011

Extinción. Un desmoronamiento


Con semejante título: Extinción. Un desmoronamiento, ahí es nada, quien piense que el librito es de Thomas Bernhard acierta. Herr Thomas, predecible y repetitivo, es realmente espectacular. Hay que ver lo de este austriaco atroz. Fuera de serie. Entremos en su cabeza: Mirad cómo escribo, os gusta, eh?; atended a lo que digo, caramba qué cosas, eh? Y mira que soy repetitivo, y arisco, y no sé lo que es un punto y aparte, y cómo exagero, y se me escapan ideas deformes, y siempre lo mismo, y me meto con todos, bueno, con todos no, siempre con los mismos, pero es que se lo merecen, estaré obsesionado, posiblemente, pos fale, qué queréis que os diga. Pues eso.

Las maneras y manías del trallazo Bernhard me tienen hipnotizado. Y este ejemplar, su último exabrupto, su última inconveniencia, su última incontinencia, de librito, nada, que el sujeto se nos descolgó con un cachalote de 482 páginas, cosa rara en él, un muro, una tapia ruda, sin un sólo diálogo, o punto y aparte, o filigrana, o similar figura que suavizase el réquiem flamígero, el arrase de convenciones con que nuestro amigo se despacha cada vez que coge la pluma. Aclararos que esta vez la pluma la cogió con las dos manos, como de costumbre, pero con mayor fuerza aún, si cabe. Como otros hacen con la azada, el sacho, y venga a escarbar hasta la médula. Y siempre son los mismos los que pandan cuando nuestro fenómeno se pone a ello. Su país, qué manía, qué desarreglo, y sus conservadores y progres, todos la misma mugre, y sus dirigentes, y la educación, y la religión allí imperante, no lo soporta más Herr Thomas. Pero esta vez, sobre todo, la trompada, el disloque o dislate, según se vea, se lo llevan papá, mamá y sus hermanos, qué desfase, ay la family, qué estropicio, Thomas, qué te hicimos, hijo? Cálmate. No puedes.

Ante el cachalote 482, glorioso, qué pérdida la tuya, Herr, se me vinieron a las meninges los experimentos pedagógicos a los que se somete a alumnos, en tiernas edades, y con no sé qué finalidades.

Se dice por muchos, en contra de lo que dicen aún muchos más, y en alusión al manido tema de adquirir o no el hábito de la lectura desde la infancia, que, a un chaval de doce años, mejor que darle a leer El Quijote, para que, posiblemente, le coja ojeriza al susodicho novelón, y tirria a cualquier género literario, sería mejor ponerle en las manos literatura infantil, comics, etc. Si de lo que se trata es de alentar y hacer atractivo dicho hábito (conveniencia ésta más que discutible vista la cutresociedad utilitario-materialista en que pacemos, y la frustración que dicho hábito puede acarrear a más de uno, potencial desertor de la dirección única imperante, trompazo vital casi asegurado, o no) parece mejor encaminada la segunda opción. Ni que decir que a la lectura, entre otras muchas opciones, uno se puede acercar para pasar el rato, para aprender, para dogmatizar, para justificarse, para mejorar o para empeorar, para redundar y recalcitrar, para enriquecerse o para empobrecerse, para todo o para nada. Cabe en ella tanta mierda como mierda tengamos en la cabeza, y tantas buenas o malas intenciones como las que a nosotros nos puedan guiar. La idealización habitual de que mediante ella mejoraremos, creceremos, descabalgaremos algo de nuestro imperante egocentrismo, relativizaremos dogmas y convenciones, adquiriremos cierto espíritu crítico, y demás blablabla, me da la sensación de que como regla no pasa por ser muy fiable. Debería valer para crecer o mejorar, pero no sé, no sé…

El asunto de marras, la conveniencia del trillado hábito, proyectado de la manera exagerada o caricaturesca que tanto nos gusta sobre el futuro cercano del chaval elegido, y ello lleno de connotaciones y matices, oscilaría, en cuanto a sus extremos, entre quien a los veinte años, sin haber abierto un libro en su vida, rezuma plenitud, vitalidad y felicidad por los cuatro costados, y aquel otro que, encerrado en miles de páginas a lo largo de años, es un ignorante integral, o un dogmático arcaizante, o un iluminado que cae en la cuenta, con toda razón, de que las cosas y asuntos, tal y como se los presenta en nuestra sociedad, son una gran tomadura de pelo, y decide pasar a la acción a través de uno cualquiera de los medios a su alcance, desde el discurso hasta la bomba… Entre ambos extremos, bonitas caricaturas, habrá de todo, sin duda, pero…

Pero es que lo del Quijote a los doce años, que siempre me pareció una verdadera animalada, me acuerdo cuando lo cogí en las manos, 8º de EGB, qué coñazo, qué tochazo, qué manera de desilusionar y de asustar al personal, decía que lo del ladrillazo a tempranas edades, en principio anatema total, podría tener sus matices. Esto es como cuando con nueve años uno se topa de repente en la tele con el superguitarrista de turno, o con otro menos bueno pero más fashion/teatral, haciendo sus malabarismos inexplicables, prendiéndole fuego a todo lo que encuentra a su paso, y electrocutando a todo quisque on stage. Unos ni fu ni fa, otros asustados de por vida, pero alguno se quedará extasiado, sin saber porqué. Y éste les pedirá una de esas herramientas eléctricas a los Reyes. Y luego van y se la traen. Y luego la enchufa, uff, y luego los botoncitos al diez, reuff, y luego todo lo demás…

Con Extinción. Un desmoronamiento yo me saltaría la normita ésta. Toma, chaval, léete esto. Tú tranquilo, que no entiendes nada, no pasa nada, ya entenderás. Más de uno verá la luz, me refiero a los doceañeros. A lo mejor hasta le prende fuego a lo que encuentra a su paso por el pasillo de casa. O electrocuta a los padres, que sólo pensaran en contratar al abogado que les meterá el pleito a los herederos de Herr Thomas por seguir reeditando semejante librito lleno de ideas deformes sobre la familia. Lo del incendio o la electrocución es broma, tranquilos, pero el chaval, sanísimo del todo, a los quince años, de acampada todo el verano, lejos, lejos de casa, por lo menos llámanos, llorará la mamá, y a los dieciocho, veinte años como mucho, viviendo por su cuenta. Los progenitores en litigio, esperando fecha para la vista.

sábado, 12 de marzo de 2011

Mamotretos Siglo XXI (Submundo)


Otro que se salió por la tangente, que hipó, que dijo aquí estamos mis maneras y yo. Submundo de Don DeLillo es tremenda cosa escrita. Mejor que otros libros de él que dejan a uno como si nada. Submundo acojona. Y ello a pesar de unas quince últimas páginas que no sé qué le pasó al gachó, vaya un desastre que a poco más me jode las novecientas anteriores. Más de un escritor de aquellos lares le dijo basta al monocorde argumento, marca de la casa, que impera entre el Atlántico y el Pacífico, vengan sus divorcios, New York, sus trabajos y sus erecciones. También sus juergas. O el consumo experimental de algunas sustancias de nombre complejo, o el fracaso, o… Todos hermanados a lo largo de decenios, y, de por medio, muchos libros apoteósicos. Mil vueltas al asunto. Por aquí se hace básicamente lo mismo, darle vueltas y más vueltas a lo mismo. Somos obsesivos e insistentes. Lo que cambia es el tema, a veces.

Hay quienes, muy beligerantes en sus opiniones, no soportando el uniforme argumental que arriba mencionamos, tampoco soportan a los que escapan por sus tangencias. Ni a los que se sitúan mucho más lejos, próximos al espacio exterior. Uno piensa entonces que es algo personal y prejuicioso, debido posiblemente a la excesiva importancia otorgada a lugares de nacimiento o nacionalidad de los autores. Que no valiéndoles ni Vonnegut ni Capote, ni Cheever ni Bellow ni Salinger, ni DFW ni Pynchon, ni Faulkner ni Hammet, ni Carver ni Burroughs ni Fante, los que queráis, ni Auster ni Ford ni Shepard ni Williams ni Wolfe, bajemos al delirio de masas ni Uris ni Ludlum ni Crichton ni King y llegando hasta el ultratumba, ni Poe ni Melville ni Hawthorne ni Carracuca, que no valiéndoles ninguno, y siendo a la vez ávidos lectores, nos hallamos ante personajes dignos de estudio. O bien analfabetos letrados o bien hijos perfectos de la guerra fría. Aaamigo. Sea el caso que sea, ambos perfiles son potenciales pobladores del Submundo de Don. Sobre todo el segundo, de apellido Megatones y primo hermano de H Bomb. Cuando DeLillo se pone a contar esas cosas que cuenta de las pruebas nucleares en los desiertos del midwest en los años 40 y 50, yo me como las hojas como si fuera un cortadora de césped. Y no me atraganto. Qué cosas.

Haz un monográfico Don, qué pasó con todo aquello, cuenta y no pares. Te lo agradeceremos de por vida. Manda asunto este. Cuántas atrocidades en nombre de la ciencia y del progreso, o era la seguridad nacional. Venid aquí chavales, queréis ayudar a vuestro país. Sabía que Uncle Sam podía contar con vosotros, no os va a pasar nada, es inocuo, vamos a estallar mil millones de megakilotones en Sonora o Mojave, ya sabéis, progreso, ciencia, seguridad nacional, y vosotros os vais a quedar quitecitos a cierta distancia prudencial de la traca radioactiva brutal, de los mil millones de megakilotones detonados en nombre de no sé cuántas chorradas y, aunque yo me meto en un bunker a cien metros bajo tierra a trescientos kilómetros del lugar, os aseguro que el experimento es inocuo, podéis estaros tranquilos, llamad a vuestras madres o novias, no pasa nada, que os preparen vuestra cena favorita, y eso sí, luego se confirmará que os vais a achicharrar internamente por vuestro país, yo no sabía nada, os lo juro, toma barbacoa, que vuestro intestino se convertirá en un donut podrido, para qué lo queréis si tampoco podéis tragar, y que seréis radiografías andantes, que aunque cerréis vuestros párpados veréis a través de ellos, de toda la radiación X que os vamos a meter por el puto cu… patriotas, héroes, el país tiene una deuda con vosotros, fuego, fire, feuer. Don DeLillo se pone a hablar de estas cosas, te deja helado, excepcional, trescientas páginas parecen un estribillo de canción pegadiza, el mamotreto se quedó corto. Ójala se nos descuelgue con un monogrÁfico sobre los megatones a prueba en los desiertos americanos. Para muestra esta impresionante película en HD de un simple perdigón de 15 kilotones, tan insignificante que se dispara desde un ortopédico cañoncito.

http://www.youtube.com/watch?v=QsB83fAtNQE&nofeather=True

Por distintos motivos que el exceso obsesivo de DFWallace, habitante primigenio del espacio exterior, DeLillo, siendo un escritor mucho más convencional, si es que ello existe o se puede entender o tiene algún sentido, también se sale por las tangencias del monocorde. Y con buenos resultados, aunque en órbitas más cercanas. Hay quien no soporta a ninguno de los dos. A otros les encantan. En lo que se emparejaron es en la machada, en la obscenidad métrica del despilfarro de papel. En sus ediciones españolas, los impresionantes Do de pecho de ambos, a saber: La broma infinita y Submundo, atesoran 1208 y 902 páginas, respectivamente. Qué literatura más poco sostenible. Menos aún si hacemos una elemental regla de tres. Como ya os comenté cuando digería el desmadre de La broma infinita, ya no es que sean todas esas más de mil páginas, es que la letra es enana. No tan exagerado, pero el caso de Submundo es el mismo. Pues bien, comparando y extrapolando número de líneas de cada página y número de palabras por línea tendríamos un escalofriante resultado aritmético, capaz por sí solo de hacer que las acciones de cualquier compañía de celulosas alcanzaran el cielo y devastaran toda Aquitania, allá van Las landas, au revoire, qué bonitas eran ya no se ve ningún pino. Atengámonos a lo científico. Editándose con el promedio de palabras por página de cualquier libro estándar de aproximadamente 250 páginas, da igual que sea de Siruela, Anagrama o Alfaguara, Submundo tendría 1222 páginas. Animal, qué dispendio. La broma infinita 2114. Venga a comprar acciones de Ence o Metsaliitto, que nos retiramos. Y olvidaros del Amazonas.

Estos inmensos mamotretos, aunque escritos ambos en los años 90, dan un salto en el tiempo hasta el S. XXI. Se arriesgan a especular, a fantasear y dirigir sin pretenderlo, sin hacer de pitonisos o augures marcan rumbos para quien quiera probarlos o seguirlos o dar media vuelta nada más encontrarlos, se mueven en una falta de concreción enfermizamente puntillista, ese encontrar el todo al escarbar en la nada, ojo con ellos. Ya sé que todo esto ni se entiende ni tiene sentido, yo, por lo menos, no me entiendo, pero ahí está el asunto, la gracia y el meollo.
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