lunes, 21 de noviembre de 2011

Hrabal/Yo serví al rey de Inglaterra


Las recomendaciones tienen, como mínimo, un problema: las expectativas que crean en nosotros, las cuales, a su vez, también pueden tener un problema, o no, me diréis, que no es otro que la posibilidad de que sean falsas. Nos encontramos, pues, con que nos han recomendado algo, que nos ha creado unas expectativas y que éstas pueden ser falsas. Ahora bien, las falsas expectativas son juguetonas a más no poder. Porque yo me puedo crear la expectativa de que tal libro estará bien, y luego resultar que el libro esté mal, o, también, puede pasar que el libro esté mucho mejor de lo que yo esperaba, con lo que tampoco habrían acertado las… de ahí que lo de las falsas expectativas sea como un camino tan enrevesado o sencillo, estúpido o válido, como nosotros queramos que sea. En este camino me acabo de topar con Yo serví al rey de Inglaterra.

Hace años que me habían recomendado este libro de Bohumil Hrabal. En concreto preclaro M., fuente a la que recurro en busca de recomendaciones y sus accesorias expectativas en mí. Y hace años que, queriendo leerlo, nunca lo había visto en las librerías ni se me había dado por comprarlo online. Pero el otro día me topé con una edición de Galaxia Gutenberg. Bonita, bonita. Y me lo serví. Como una botella del dichoso brebaje ése de Viuda Clicquot, que antes de probarlo ya nos ha entrado por los ojos e involuntariamente saboreamos mentalmente sin tener pijotera idea del tema. Encima excitados. Bueno, cogí la botella y empecé a leerla. Lleno de expectativas. Y uno se dice que caray con el brebaje, qué pinta que tiene, y venga a agitar la botella aún cerrada en sus primeros capítulos, y dale un poco más, meu, que ya debería ir descorchando... y qué pasa aquí, que este producto se dice que es de lo mejor pero no da descorchado, le falta fuerza, o serán las expectativas que me tienen agarrotado, que uno se las hace y luego pueden no ser lo que uno tenía pensado… o será el Bohumil que no acaba de soltar el tapón del cuello de la botella, tapón que lo tiene medio atragantado… Pero luego va y explota el brebaje, y lo hace como pocas veces he visto explotar una botella de champán con varios capítulos en checo.

Y así, al final, la cosa fue de traca, porque contando con que el libro sería bueno y contando con que me gustaría, contando, incluso, con que me gustaría mucho, el caso fue que me gustó aún más. Y cuidado, que esta ciencia no es exacta, porque a mí me ha pasado que a lo mejor voy y digo, lleno de buenas intenciones, léete esto que te va a encantar, y van y me dan una patada en todas las pelotas, matiz éste que me deja, no sé no sé cómo me deja. Dolorido, será… y es que este tema del pésimo efecto que a veces resulta de las mejores intenciones es una cosa que me interesa mucho… Vale, lo que quieras, pero el libro, impresionante, de escándalo… Aunque caray qué susto al comienzo, durante ese par de capítulos en los que la cosa empieza bien, sí, sin duda, pero tampoco acaba de descorchar, se queda como atorada, se nos queda el libro como con un tufillo servil/picaresco que nos chafa la orgía que teníamos prevista. Porque mis expectativas y yo contábamos con una bacanal llena de piernas kilométricas y esos perfiles curvilíneos sinónimos de resbalones libidinosos... Y vuelvo al susto, que fue tremendo, que por un momento hasta pensé que el artilugio escrito se me desinflaba en las manos, allá va la orgía lectora… Pero eso es sólo una jugarreta de Bohumil, intrépido y seguro de sí mismo. Y seguro de que luego, con el pasar de las páginas, nos recompensará, pues lo que se nos viene encima nos va a dejar acongojados

Y entonces, con la máxima puntuación en la mano y el libro en la cabeza, hay que repartir los favoritismos, que la máxima puntuación se me hace demasiado homogénea, y nosotros queremos dar la lata, que estamos embalados. Y dejadme seguir un rato, que os digo que los dos primeros capítulos, de los cinco en que está dividido el libro, quedarán como ese magnífico entremés que, con un puntito de insípido, hace aún mejor la delicia macanuda que viene a continuación. Porque los restantes tres capítulos del libro de Hrabal, son antológicos de verdad. El último, hay que ver qué pasada, lo coge a uno dejándolo todo, señalando un punto cualquiera en un mapa cualquiera y preparándose para la partida con destino en ese punto cualquiera del mapa que tampoco nos importa si es el de los grandes lagos, el de los montes de la luna, o el que sea, con tal de que las densidades de población sean negativas, si es que esto es posible, que de no serlo nos llega con que sean iguales a cero

viernes, 11 de noviembre de 2011

Las vírgenes suicidas/Mr. Chance



Dicen que suele estar mejor la novela que la película, pero ¿a quien se le pasa por la cabeza leer el libro de Mario Puzo una vez visto El padrino? Y como esta perogrullada, unas cuantas. Y en plan visionario, que del libro de Puzo lo único que he leído es el lomo en alguna librería. Tampoco leí La naranja mecánica, y hay que ver qué peliculón abrasivo. Seguimos. De dos pelis que me gustaron a rabiar, me leí en esta última temporada los correspondientes libros. Para ver qué pasaba. Estaban a buen precio. Y resulta que no hay punto de comparación. Se supone que cuando sus respectivos directores, o productores, o lo que sea, leyeron los libros, estos les debieron gustar. O, por lo menos, les vieron posibilidades. Vamos, que mal no debieran estar… Pero el caso es que las pelis les salieron tanto mejor que los libros que es que no merece la pena leerlos. Porque te quedas planchado. Esto en el caso de que las películas de marras te hayan gustado. Que es el mío. No gustándote las películas, a lo mejor el libro lo borda.

Jeffrey Eugenides, bonito nombre cuasi genial, escribió Vírgenes suicidas. Luego la Coppola junior rodó su memorable primera peli. Con toda aquella banda sonora de Air, con aquellas otras canciones pastel-melódico-melocotón memorables: Rundgren, Bee Gees, Carole King, etc., con aquellas hermanas Lisbon tan guapas, con sus compañeros vecinos que podíamos ser nosotros a comienzos de los ochentas… con todas aquellas imágenes bonitísimas… y entonces probad a leer el libro que os va a dar la risa. Porque sí, una pandilla de amargados le habrán criticado a Sofía Coppola su pastiche popero de película, encima que si hija de Papalipsis now, pero es que la película está pero que muy bien. Tú me dirás qué problema la música y las imágenes bonitísimas y el espíritu naive, y todo aquello que le escupieron y le criticaron, si la realidad es que la peli está que te cagas. Qué más da que los amargados dijeran que aquello era un video musical de hora y media. Cuál es el problema. O eso de que si facilona y tramposa. No me fastidies, hombre. Tres tazas, venga un cachito con magníficas canciones pastel-melódico-melocotón:



Uno cero para los filmes. El dos cero se lo endilga Bienvenido Mr. Chance de Hal Ashby a Desde el jardín, novela de Jerzy Kosisnki. La película, con un Peter Sellers que los críticos de masas tildarían de crepuscular, y flemático, y metido en su personaje y hasta genial, no tiene desperdicio. Muy recomendable, ya no digamos en vísperas de fenómenos participativos de masas como los que se avecinan. Del libro no recuerdo gran cosa, salvo que me dieron ganas de volver a ver la película. Cosa que, al final, tampoco hice.











miércoles, 9 de noviembre de 2011

1280 almas/Club de lucha



Me leí 1280 almas. Lo hice porque antes había leído Club de lucha. Y carajo, no sé por cuál empezar a romper los jarrones de la tienda de porcelanas. Porque hace un buen rato que tengo el bate de baseball pegado a las manos. Y eso me hace sentir como un helicóptero a punto de despegar, y sin saber qué hacer a los mandos. Y, aparte el bate en las manos, tengo la batidora en la cabeza.

Club de lucha parece que sí, pero NO!. 1280 almas parece que no, pero . Un sí pequeñito, discreto, no os vayáis a pensar, que la cosa no es para revolucionarse, ni para salir corriendo en calzoncillos, que mejor pisar el freno que no da para más. Pero, a fin de cuentas, para mi gusto es un sí. Porque empieza muy malamente, pero va cogiendo vidilla y acaba, pues mejormente que empezó. Además era 1964 cuando al gachó se le dio por escribirlo. Y a mí se me da por tenérselo en cuenta para bien, en plan caprichito, que si la hubiese escrito ayer se iba a enterar. Además el autor no se llama Chuck Palahniuk, que se llama Jim Thompson.

El que se llama Chuck Palahniuk es el que escribió Club de lucha. Con ese pedazo nombre y apellido uno cree estar ante Eugenio, digo ante un genio. Luego llegan esos golpes en el bajo vientre dirigidos por los críticos de masas que, traducidos, quieren decir que si no nos gusta Palahniuk es que estamos desfasados, desclasados, y que, ojo al parche, no tenemos putidea de lo que es bueno. Y, entre el nombre del genio y los mensajes traducidos de los críticos, uno se dice, bueno, qué tarde me voy a pasar con este tío que sabe dar duro, que sabe indigestar, que sabe golpear de verdad, y que no para cuando ve la sangre en el rostro ajeno, al revés, se vuelve más bestia. Caramba, nos vamos a enterar de lo que es dar duro. Y para el empacho de realidad, aparte el Thrombocid y la gasa, uno se coge la más de la más de sus bofetadas, a saber, Club de lucha. Y uno se prepara para la tunda universal. Y empieza que parece que sí, pero uno sigue sólo un poquito y ya se da cuenta de que la verdad es que va a ser que NO! Chuckie, Chuckie… No, no, no. Libro más bien flojito, facilote y ¿simplón? Hay gente a la que no se lo pareció. Todo lo contrario. A ellos les parece memorable. Eso es porque no les han dado una O… bien dada en su P… vida. Porque para gustos colores, vale, pero es que lo que dicen de Chuck en las contraportadas, gustos al margen, es una exageración…

Y bueno, me quedé a medias y entonces, tirando del mismo ovillo, uno llega a Jim Thompson, ubicado allá, en los años 60. Y uno se dice que toca el mismo menú, el Thrombocid, la gasa y cogerse la novela más de lo más del Jim. Que parece ser que es 1280 almas. Y joder, empiezas todo ilusionado, y resulta que parece que tampoco. Al final la pomada ni la vas a utilizar. Pero sigues y la cosa va cambiando a poquitos. Y a poquitos uno se siente capaz de firmar un si! Pero es que es un sí mucho más pequeño que otros SI! que pronunciaron otras personas en alusión al mismo artefacto escrito… A ver, que hay por ahí algunos personajes tan cultos, pero tanto, tanto, que cualquier cosa que les huela a serie B la elevan a los altares. Y no les discutas. Ya sean las pelis de la Hammer, las de marcianos de los 50, el Lo Fi, o, inclusive, las novelas del mismísimo Jim Thompson. Y coño, la entronización de lo ¿limitado? tiene su punto cuando lo limitado o precario o barato o cutre está bien… como todo en esta vida. Pero es que hay veces que lo limitado es una puñetera mierda. Que no es el caso de 1280 almas, aunque pudiera parecerlo…

sábado, 5 de noviembre de 2011

Von Kleist nos habla de la Ingravidez



El otro día, en plan perezoso, se me dio por releer dos libritos señalados. De ellos, Sobre el teatro de marionetas, no me había dicho gran cosa cuando lo leí. Hace no mucho tiempo, un par de años a lo sumo. El otro, Ex captivitate salus, toma repulsión de título, toma inconveniencia de autor, sí me había gustado. De hecho, esta última, es la tercera vez que lo leo. Apenas cien paginitas. Porque sí, me gusta, pero con este libro me pasa que al poco tiempo de leerlo me entran ciertas dudas. Dudas que, por lo general, con otros libros y autores no me suelen venir. Y me pregunto si realmente me habrá gustado el librito escrito por el inconveniente personaje en tiempos de su encarcelamiento, allí por los años 1946 y siguientes. Y de ahí la relectura, no por querer volver a flipar con algo que me encanta. No, una relectura porque dudo de mí mismo… Y vuelvo a coger la edición fetiche de la editorial Porto, de Santiago de Compostela, y la traducción de su hija Ánima, y es que de este libro no me desprendo ni por un potosí, que me hace dudar y así está mejor…

El caso es que en uno de los ¿relatos? del librito, el titulado: Dos tumbas en Berlín, bonito, bonito, el escritor inconveniente, en aquel momento en prisión, se nos suelta con unas luminosas páginas sobre Enrique Von Kleist. De ahí que haya vuelto a coger Sobre el teatro de marionetas… Y cuidado. El micro experimento de 12 páginas, que no tiene más, está entreverado hasta el insomnio por un mensaje barbitúrico, visionario e inconmensurable. Publicado en 1810, Heinrich Von Kleist, apabullante protosuicida, hay que ver qué performance asesina la suya, ahí es nada, deposita ante nuestras narices un agujero perenne. O una esfera infinita cuya circunferencia se halla en todas partes y su centro en ninguna...

A ver, un artilugio de esos que nos encantan, que valen para todo y para nada. Mensaje especulativo y casi abstracto. Etéreo y genial que diría un fan del autor, o tramposo y pretencioso que diría un rival. Mensaje definido por dos palabras entrecomilladas, entre otras pocas, por el propio Enrique en su librito. Ojo con ellas, porque en 1810, meses antes de consumar sus mortíferas tendencias suicidas, Heinrich, ya ligerito de vida futura, digamos que etéreo y gaseoso también él, entrecomillaba estas dos palabrejas: afectación e ingrávidos. La primera para denostarla, bien hecho, sí señor. La segunda para elogiarla y ensalzarla. Von Kleist en 1810 vivía en la mente de esos que luego nos dieron impresionantes esferas infinitas, agujeros perennes: desde El arcoíris de gravedad hasta los minutos finales de Odisea en el espacio. Desde Eruption a Todesfuge… Volviendo a las marionetas, nos decía hace 201 años Von Kleist, y suya es la cursiva:

“¿Y qué ventaja ofrecería tal muñeco frente al bailarín vivo?
¿Ventaja? En primer lugar una ventaja negativa, dilectísimo amigo, a saber, que nunca mostraría afectación. Pues la afectación aparece, como sabe usted, cuando el alma (vix motrix) se localiza en algún otro punto que el centro de gravedad del movimiento. Pero siendo así que el titiritero, en nuestro caso, mediante el hilo o el alambre, no tendría absolutamente ningún otro punto a su disposición sino ése, entonces los restantes miembros serían lo que deben ser, puros péndulos muertos, y obedecerían meramente a la ley de la gravedad; un atributo envidiable, que buscaríamos en vano en la mayoría de nuestros bailarines…

…A mayor abundamiento, dijo, estos muñecos tienen la ventaja de ser ingrávidos. Nada saben de la inercia de la materia que es, entre todas las propiedades, la más perjudicial para la danza; pues la fuerza que los levanta por los aires es mayor que la que los encadena a tierra. ¿Qué no daría nuestra buena G… por pesar un buen par de arrobas menos, o, por que una fuerza de semejante magnitud viniese en su auxilio en los entrechats y piruetas? Los muñecos necesitan el suelo sólo para rozarlo, como los elfos, y para relanzar el ímpetu de los miembros por medio del obstáculo momentáneo; nosotros los necesitamos para descansar sobre él, y para recobrarnos de los esfuerzos de la danza; momento éste que obviamente no pertenece a la danza, y con el que no se puede hacer nada mejor que eliminarlo, si es posible.”

El agujero perenne éste, yo hace años que se lo aplico a los guitarristas. Hay qué ver que tíos más insoportables… ¿Se dan en cualquier otro instrumentista/intérprete tan altas dosis de afectación como en los guitarristas? Noooo. Un día de estos me voy a dedicar a hablar estrafalariamente sobre guitarristas bailarines llenos de afectación y sobre guitarristas marionetas llenos de ingravidez. Los primeros, habitualmente considerados como los buenos de verdad, llenos de virtudes musicales y demás elegías pseudo cultas, son unos afectados de la gran mierda. Insoportables. Los segundos, habitualmente desprestigiados como guitarritas coñazo de los que, con la justa, se aguantan tres canciones, son realmente eso: guitarristas de los que se aguantan tres canciones. Estoy de acuerdo. Pero tremendas tres. Tres que querremos escuchar siempre y para siempre. Y eso sí: ingrávidos, hemos de aclarar ahora. Se diferencian de los primeros en que de estos no se aguanta ni la primera canción, porque es afectada, teatral, hiperactuada y hasta juiciosa. Si ellos y su música fueran mujer, nunca les haríamos el amor. Por falta de vigor en nosotros, claro está. Porque nos hunden. Ni chicha ni limoná. La música de estos tíos guitarristas bailarines llenos de afectación es una música infollable. Y su culo, mantecoso. Por el contrario, esas a las que se ningunea diciendo que ni tres canciones, y de acuerdo, tres canciones, pero para siempre inmejorables, lo que tienen es un polvazo que no pueden con él… Pasemos del agujero perenne a la cutre realidad y extrapolemos: Vai es la personificación de los primeros: infollable. SRV de los segundos: carnosa, cachondona y viciosa. Tres kik..., digo canciones, sí, de acuerdo. Pero qué tres! Pinchad aquí, cerrad los ojos y decidme si no os llevaríais a esta tipa a la cama:



Pero cuidado, que lo anterior no os haga despistaros. Que las barbaridades en el comentario guitarrero quedan para otro día. Lo principal es Heinrich Von Kleist. ¿Cómo es posible que hace más de doscientos años ya estuviese instalado en las mentes de varios de nuestros favoritos? ¿Le dictó el libro a Pynchon? ¿Le sopló las ideas revolucionarias a Werner Von Braun? ¿Les insinuó el camino a StanleyK o a GeorgeL o al que hizo los Encuentros en fase?...

Y volviendo al comentario guitarril, ¿cómo pudo ver tan claro, hace 200 años, que Vai, aparte de afectado, si fuera mujer, sería infollable?

martes, 1 de noviembre de 2011

Desierto psicototal



Hace años, sí, años, que ahora cuento de doce en doce los meses, que tengo olvidadas mis pobres digresiones socio/cutre/politiquillas, esas con las que aburrí a propios y extraños durante la obsesiva serie de entregas “Historias del ocaso”, dedicada a la molicie por antonomasia: políticos, sus votantes, medios/prensa y sus lectores. Asunto patibulario y cutre donde los haya…

Ni que decir que esto de los blogs tiene un punto de higiénica profilaxis general. Entiendo que, muchos de los que a ello nos dedicamos, le hemos ahorrado a los demás disgustos aún mayores que la lectura de los mismos, que, en última instancia, siempre sería voluntaria. El caso es que mediante la redacción de blogs, los desesperados, o iluminados, o aburridos, o mesiánicos, o pedantes, o vanidosos, o exhibicionistas, o demás fauna concurrente en el fenómeno, que a ello nos dedicamos, no descarriamos por otras vías más costosas en términos de interés general. Porque sí, el blog se lee o no se lee, y punto. El coste para el resto, en cualquier caso, sería espiritual, el de quien se siente ofendido hasta lo más profundo de su ser con las estupideces que en dichos blogs escribimos a diario. Estupideces proporcionales a la del escandalizado lector de blogs que, voluntariamente, se dedica a leerlos sin mesura, para luego indignarse, también sin mesura, por lo que acaba de leer, sin reconocer que gran parte de la culpa es suya por leerlos una y otra vez, y a sabiendas del predecible disgusto. Y es que él no es más que un amargado profesional, sujeto insoportable y abundantísimo…

Pero es que a más de uno de los que se dedican a la redacción de blogs, de lo soliviantado y encendido que está, y de no tener la opción blog a mano, con lo que de sedante y neutralizadora tiene, es posible que en escasos tres meses nos lo encontrásemos poniendo bombas tutiplén, que merecimientos encuentra en muchos potenciales objetivos. Así que dejadle con el juguetito blog de marras, que nos ahorramos ingentes disgustos en forma de destrozos de todo tipo: emocionales, personales, económicos y demás.

Pero cuidado, porque sí, el soliviantado y encendido redactor de blogs está neutralizado. Con la elaboración de su panfleto online en el páramo lo tenemos sedado, toma juguetito, meu rei, y déjanos en paz…. Como el burro y su zanahoria pinchada del palo. Ese mismo palo que era guiado por la mano de un jinete que nunca se veía en la imagen. Vale, muy bien, pero ¿qué me queréis decir con eso?... Ahora, sin embargo, con el soliviantado y encendido redactor de blogs neutralizado por la propia elaboración de su petardo escrito, y ojo a la vulgar pirueta, quien se convierte en potencial desestabilizador del interés general es el otro miembro de esta relación emisor/receptor: el estupidísimo personaje supremo, el obsesivo lector indignado de blogs elaborados por todo tipo de soliviantados, iluminados, y demás anormalidades adyacentes. Porque este individuo, tan interesado en el interés general, mantra intocable para él, sin tener a su alcance la opción de elaborar un blog, pues la descarta de raíz ya que es cosa de gente sospechosa, acabará, en esos mismos escasos tres meses, cometiendo algún tipo de desahogo físico-trompada-explosivo-conspirador. No sé cuál, pero alguno de los que, luego, volverán a ser pasto argumental para otro soliviantado redactor de blogs, que sí, se relajará, pero que encenderá a algún acérrimo amargado profesional preocupadísimo por el interés general y así ad infinitum, de tres en tres meses…

Pero me estoy yendo por vericuetos que no me interesan. Os decía que las “Historias del ocaso” pasaron a mejor vida. Momentáneamente, aclaro ahora. En aquello tuvieron buena parte de culpa, entre otros, Bernhard, Woolf, Cioran, Céline, Foster Wallace, Celan, Ferrín, Sloterdijk, Houellebecq, Pynchon, Hamsun, Sebald, Vonnegut, Pasolini, Von Braun, Peenemunde, la bomba H, y…

Y es que ando con el pie cambiado, tanto sublime literato del carajo, que estos años de personal indiferencia cutre política me han impedido disfrutar del impactante surgimiento de personajes y fenómenos tan flatulento bochornosos que es que no hay derecho a que me haya distraído en otros menesteres… Cómo pude dejar pasar su esperpéntico surgimiento, proceso trompeteado por mis amigos los mass media y sus acólitos chorlitos, ambos insuperables, políticos y votantes… Y es que les voy a coger ojeriza a Bernhard y demás plenipotenciarios de las letras. Habrase visto, escapárseme las entendederas por mares remotísimos y deshabitados teniendo aquí, asambleariamente reunido, el “desierto psicototal”. Qué oportunidad para la abstracción de contenido teórico argumental igual a cero…

Pero, con permiso de Thomas, David, Louis Ferdinand, Virginia, Paul, Xosé Luís y Emil, me he cogido unos días vacacionales. Y estos días festivos los he aprovechado al máximo. Como cuando me enfrasco en los librajos de esos geniecillos sin par. Pero ahora nada de libros. He fijado la vista en la realidad cutre política que nos rodea, infinita y océana, y he tomado una decisión: secuestrar a unos cuantos miembros de lo que se ha denominado, sin ton ni son, como M. I., iniciales que podrían pertenecer a mierda impositiva, o marabunta invertebrada, o mediocridad insufrible, o masa imponente, o menuda indigestión, o, inclusive, movimiento no sé qué….

Y como suele pasar habitualmente, mejor quedarse con una idea superficial del asunto, que hasta podría tener un pase, que hoy es mi santo, soy generoso porque estoy de buenas. Pero es que ni se os ocurra escarbar ni un poquito en la cuestión del movimiento este, porque se os va a cambiar el semblante. Putrefacción total. Dejemos al margen a unos cuantos: que si marginales o inadaptados o antisistema o filobestias, revoltosos impenitentes o impertinentes que se apuntan a un bombardeo de izquierdas, o de derechas, o de centro, pero sin la más mínima veleidad moralizante. También algún iluminado hace años descabalgado del main stream, aunque no lo suficiente… o algún iluso de buena fe, más bien simplote, o ilusionadísimo, o pasando un mal momento, el pobre. Al margen de estos perfiles, con los que no tenemos ninguna intención de polemizar, y que, de por sí, son minoría en la menuda indigestión asamblearia, el resto de acantonados tiene un cacao ¿mental? de famélicas proporciones.

Y es que salvo escasas excepciones como las que arriba mencionamos, y alguna más, los miembros del movimiento menuda indigestión son unos pobres cínicos casi involuntarios, desorientados embaucados/ embaucadores de exactamente la misma especie o ralea o casta o linaje, que los políticos y sus votantes, pues son las mismas personas. Iguales que los ávidos zoquetes consumidores de prensa escrita y tertulias TDT, pues son las mismas personas. Igualitos que todos esos a los que dicen querer pasar por la piedra los del movimiento indigesto, pues son las mismas personas. Todos ellos los mismos, pues todos forman parte de la consabida gran cutre representación, cara y cruz, trasuntos unos de otros, calcos, remedos, copias, imitaciones y complementos. Argumento ideal para el gran relato de veinte páginas que alguno de nuestros grandes héroes escribiría sin despeinarse en Buenos Aires o Mondoñedo. Los unos justificaciones de los otros, y, mutuamente, indispensables en la performance flatulento bochornil. Partes complementarias que se retroalimentan en la triste tomadura de pelo, ahora aderezada asambleariamente en las aceras…

Pues a unos cuantos de estos miembros de la selecta junta rectora de Menuda Indigestión, los he subido en una embarcación llamada “hace unos años” y los he llevado, rumbo 270º, a la islita atlántica gallega que algunos ya conocéis. Sólo para hablar con ellos un rato. En relación, precisamente, con lo que hacían ellos mismos, exactamente, “hace unos años”… Y de verdad, no aguantan un pase. Apropiarse de tan totémica palabra empezada por “i” es cosa seria. Lo emparenta a uno con tremendas cuestiones y actitudes, que esto de estar “i” no depende de moditas fashion, arrebatitos pueriles, ni, mucho menos, puntuales coyunturas económicas, laborales o sociopolíticas, que viene siendo el anémico caso que se ha dado por aquí. Lo que les pasa realmente a muchas de estas personas es que están desempleadas, cosa seria y grave con la que no se nos ocurre frivolizar, hasta ahí podíamos llegar. Pero cosa muy distinta a estar "i". Porque quien está realmente "i" lo está, en la mayoría de los casos, con independencia de que trabaje o no. Y, en relación a nuestro caso, lo está porque la mierda circundante abundantísima (poder, líderes, medios, hiperutilitarismo, etc.) le hace irresperable el ambiente, con independencia, en buena lógica, de que trabaje o esté en el paro. Sin embargo, todos estos "i", que están "i" sólo desde que están desempleados, dejarán de estar "i" cuando encuentren un trabajo. Recuperado su empleo, sólo el suyo, que los demás le importan un güivo, dejarán de estar "i" aunque toda la abundantísima mierda circundante, la misma que, según ellos nos dicen, de repente les hizo estar "i" cuando quedaron en paro, misma mierda contra la que se rasgaron las bestiduras a grito pelado en la calle, se mantenga igual. Lo cual viene a ser lo mismo que decir que la verdadera situación de estas personas, que realmente no están "i", resulta obvio, es que están desesperadas, cosa tremenda y salvaje, atenazadora y castrante. Y mucho peor que estar indignado, que, al final, podría pasar por ser una pedantería más, tirando a refinada e intelectualoide. Nada que ver con la desesperación... (To be continued)
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