
Como los primeros libros que me tocaron
del Sureño
Atroz no debían ser de los buenos de verdad, lo de William siempre me
pareció otra exageración de los dueños del Trust, de estos anglosajones que
navegan con viento portante y se creen que lo han inventado todo, hasta la
literatura, que te da la risa con lo de estos nuevos ricos… algo así como lo
que pretenden con su Lleims Llois, pedazo de tomadura de
pelo. Llega leerse ese simulacro llamado Ulises para salir de dudas… y es que
nada tienen que ver un repertorio, un catálogo, un inventario de recursos,
estilos o malabares literarios (encima poco brillantes u originales, hay que
joderse con el andamiaje Ulises), con una obra de arte… quien canta las
excelencias del fraude Ulises debe saber que el paradigma de la obra artística según
su criterio es la Guía de Teléfonos o el Catastro de Ensenada (por poner dos ejemplos muy
superiores a Ulises)… ni que decir tiene que el empeño pueril por
estudiar hasta el esguince neuronal el dichoso libro de James Joyce no hace más
que confundir a sus onanistas admiradores, pues a esos niveles de detalle
nano-centesimal (átomos, células, tejidos, órganos) no se distingue a Megan
Fox de la Mona Chita… l o mismo que si se estudia al microscopio un
cuadro de Picasso y un garabato mío sobre lienzo, que bajo la lente prodigiosa son
lo mismito: tinta, tela y poco más… me explico, no?...

Y no sé a qué tanta desorientación, que
el post va de Herr Faulkner y aquí venga a darle cera al vitoreado Ulises…
Pues bien, el Gran Sureño es cosa bien
distinta, nada que ver con lo anterior… y ¡Absalón, Absalón! libro
impresionante, sorprendente, deslumbrante, jugoso, una bacanal… Megan
Fox, high heels, seda y cuero negro… y no es un
póster, que el corazón le bombea vida a espuertas, vientre plano, curvas bien
peraltadas y tú el elegido… vaya calambrazo de luz: ¡pasadón pasadón!…
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