sábado, 24 de diciembre de 2011

Descarga vóltica

En la entrada “esperando el infar…” del 10/12/2011 acaba la cosa con un torpedo en directo de Led Zeppelin: Immigrant song… la cosa suena tan bien, pero tanto, tiene tanta bilis compactada, tanta inmundicia para repartir, tanta bosta a espuertas, que uno se queda así como enganchado. Y medio desorientado. Cuando recupera la orientación, el oyente es un fan acérrimo del Sr. Batería del grupo rockero, Mister Bonham, John Henry… De risa, la cosa sonora. Después del trallazo baterístico contumaz, si queremos seguir de subidón con las baquetas, llega con pinchar en la “epic performance” del Don Quixote eléctrico y su catecúmeno teenager, Terry Bozzio…

Alienígenas en el escenario nos encontraremos a Adrian Belew con una Fender y vestido, a Frank Zappa con su Gibson SG y SEMIvestido y a Terry Bozzio con su batería y DESvestido. Los dos últimos tan salido/desatados que es una pasada vóltica verlos. Y también oírlos… De tanta ebullición que tenía en las meninges, nuestro FrankZ hacía unas cosas con su música como de manicomio o, si acaso, de jardín de infancia. Unas inclasificables descargas hipermétropes de rock salvaje. La gloría total…

Hay que ver cómo se queda uno cuando le plantan semejante espectáculo por las retinas/oídos adentro. Tremendo chou! el que monta Bozzio. Qué despipote con el instrumento y qué idilio con la cámara y qué morritos que le pone imitando a afamados guitarristas solistas de bandas fashion estridente lideres de ventas, y cómo desafina en sus alaridos, y qué maravilla…  y no para quieto, y qué manera de aporrear el instrumento, y qué confuso contagioso el espectáculo…

Y tremendo chou! el que monta el visionario de la SG. Esto que uno lo ve con la guitarra y se dice, tranquilo Frank, que lo haces bien, vale, pero no mucho, que cualquiera tiene más dedos que tú, y vale que tu puta Gibson suena tanto tantísimo que es un escándalo, pero me compro una de importación y la enchufo al ampli a válvulas y ya está, y espera que te voy a copiar/imitar, que al final la cosa consiste en tu pentatónica de siempre y tu ritmo avantgarde y tu mala leche, pero debe ser accesible, que ya veo que de dedos, te repito, no vas sobrado, y así me voy a convertir también yo en un trallazo SG…

Podría pensarse, digo. Y te pones. Y si no lo tenías claro, que sería raro, pero podría ser, que hay mucho confiado, quiero decir: hay mucho estupendísimo idiota, es cuando te das cuenta de que FrankZ, en esos momentos espAciales de anarquía guitarrero/solista/total, cuando se pone tan guarro/grasiento/pornógrafo que el foco lo persigue, y se queda solo porque la gente le coge miedo, cuando le invade la riada total de rollo anti social despiadado, cuando se pone de verdad a tirotear al personal, que no siempre, sería bueno, habría acabado en la cárcel, decía que en esos momentos espAciales el amigo Frank no toca música, coño, que lo que toca es ELECTRICIDAD. Que lo que te entra por el cuerpo y te nubla el entendimiento y te eriza el espinazo viendo y oyendo a FZ en estado de parto anárquico prematuro no son decibelios, carajo, que son VOLTIOS de caña de la buena, y prepárate, meu, para el chou!, que subtitula como epic performance el que tuvo la bondad de colgar el video sublime en el que Terry Bozzio coge el micro en el segundo 20 y se pone a verbalizar a la vez que aporrea la betería, y también ahí entra la apisonadora rítmica a destrozar el escenario, y a triturarnos la compostura, y yo empiezo a desvestirme en ese preciso instante y a sudar y a olvidarme del estilo ¿juicioso? con el que está de moda ¿sentir? la música y prefiero embarrarme con toda la grasa que desprenden estos tipejos on stage… y al rato va electric FZ y coge su fusil y nos electrocuta a todos y es que hay que verlo y oírlo y hay que ver qué tío imperturbable, que Frank cuando achicharra la SG pone esa cara de estar en pleno discurso filosófico serio trascendental departiendo con algún metafísico tedesco, y no entiendes nadita… pero qué subidón:


Estáis ahí? Constantes vitales? Llamo a urgencias? Si os huele a quemado es vuestro cerebro… volved a verlo, que es gratis y sanísimo… Después de lo cual, sabiendo que Vai, si fuera tía, sería infollable, podríamos decir que estos tipos, Zappa y Bozzio, como mínimo, serían ¿Megan Fox?... 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Ya/ya me/ya me quejé...

Ya Ya me Ya me quejé Ya me quejé el Ya me quejé el otro Ya me quejé el otro día, Ya me quejé el otro día, estos Ya me quejé el otro día, estos del Ya me quejé el otro día, estos del blogger, Ya me quejé el otro día, estos del blogger, los Ya me quejé el otro día, estos del blogger, los que (ahora va una nueva posibilidad técnica, que consiste en que pinchéis donde pone: mas información...)

domingo, 18 de diciembre de 2011

Testamento geométrico

Ya os lo he contado una vez. Como quien no quiere la cosa, leyendo Historias e invenciones de Félix Muriel me quedé alucinado. Ojo qué libro. A lo mejor, empequeñecido ante las loas y bienaventuranzas que le dedica Gonzalo Torrente Ballester, simple y llanamente no me quedaba otra opción que alucinar. Porque es mucho decir eso que decía GTB en “Cuadernos de La Romana” Eso de que pienso ahora, y va a ser difícil que rectifique, que este Félix Muriel es el mejor libro de ficción narrativa escrita por los españoles del exilio”… Y luego dedicarle a Rafael Dieste un tremendo “acusa esa madurez expresiva y artística que permite escribir como se quiere, o más exactamente, como la materia exige”, o el “prosa magistral”… estaba generoso Torrente, diríase.

Más tarde, en uno de esos paseos por el Castro de Samoedo, me topé, ya hace algún tiempo, con la siguiente rareza de Rafael Dieste: Testamento geométrico… Título atracativo total, publicado por los virgueros de Edicións do Castro, bonita portada y demás golpes bajos… como para no comprarlo. Cosa que hice… También me puse a leerlo, que para eso había flipado con Félix Muriel. Y al poco lo dejé. Con ojo de absoluto zoquete en cuestiones matemáticas, que es lo que soy, me di cuenta de que salvo Los movimientos en geometría, segunda parte del tratado, muy interesante y que me dejó abstracto encandilado al estilo de los tochazos de Peter Sloterdijk, el resto del libro asusta y es hermético impenetrable coñazo perdurable, y es soporífero y es un árido libro de texto lleno de formulitas y anti/formulitas y refutaciones y postulados y axiomas y rectas asíntotas y ángulos obtusos y gráficas y coordenadas como en la EGB. Y, en manos de un neófito/ignorante en dichas cuestiones, libro básicamente incomprensible en su conjunto y en su detalle, del derecho y del revés, empezando por el principio, por el medio o por el final, en su versión en castellano o en su traducción al esperanto, que éste es un libro de texto/técnico/tratado/la O… en verso, por mucho que nos cuenten variaciones embellecedoras sobre dicha indiscutible y soporífera y aplastante realidad en el prólogo de García Sabell o en las solapas…

Y resulta que García Sabell, que debía de ser bastante sutil, viendo el percal, se nos pone a jugar con la bolita mágica y vislumbra, en el semblante de los lectores, un gesto agrio ante el chaparrón de formulitas euclídeas. Y va el aéreo prologuista y suelta un defensivo “este libro es, pues, fácil si en su lectura nos mantenemos tensos, en vigilia atenta. Y es un libro incómodo si pretendemos, por otra parte, captarlo rápidamente, en lectura apresurada y laxa de ensayo divulgatorio” Cosa que, aparte bien dicha, resulta muy oportuna. En mi primera lectura, porque sí, ha habido una segunda, si es que os digo que estoy mal de la chota, primera lectura realizada de la segunda de las maneras que indica el prólogo, el resultado también fue el que anuncia el prólogo en relación a esa manera de lectura. Un auténtico coñazo. Y vuelvo sobre el prólogo, que tiene trampa, porque esa segunda manera de leer de que nos habla García Sabell, se podría definir como “leer” a secas, a diferencia de la primera que recomienda el prólogo, que es en verdad un eufemismo, ya que no se trata de “leer” sino de “estudiar” Y bien, el caso es que después de leer el libro, que no estudiarlo, os repito que Los movimientos en geometría, ausentes las fórmulas y el exceso demostrativo, y tratando la cuestión de manera cuasi abstracta genérica básica elemental, está moito moito ben.

Pero es que hace unas semanas hubo en mi vida un episodio de difícil exégesis que acabó conmigo, la calculadora, la escuadra, el cartabón, la regla, el lápiz, la goma de borrar, papel en abundancia, acompañados del librajo en cuestión y de varios frascos de anfetaminas, pañuelos, una manta, donetes y un flexo encendido 24 horas al día, todos juntos encerrados en el despacho… Banzaiiiiiiiiiiii Dieste!

¿Por qué? No tengo ni idea…

Los antecedentes del episodio de difícil exégesis se sitúan hace un par de meses. AlguienX me había dejado clavado al suelo… hablábamos de Bolaño, luego de 2666, que yo no leí pero él sí, y le gustó, y, en resumidas cuentas, me explicó que en el novelón póstumo de Bolaño tiene un papel destacadísimo un libro de Edicións do Castro… una rareza, año 75… el Testamento geométrico… Rafael Dieste…


El orden de los elementos no altera el producto. El orden ahora es que uno se lee 2666 y le entra la curiosidad por el Testamento geométrico… A la inversa la operación es que habiendo uno leído el Testamento le entra la curiosidad por 2666… la equivalencia de los resultados habrá que comprobarla.

Pienso leer 2666. Pero aún no lo he hecho. Antes, el episodio de difícil encuadre, me llevó a encerrarme en el despacho, dotado de los medios y disposición de espíritu que arriba os cuento, afectado en mi vanidad por el prólogo de García Sabell, presto a “estudiar” el libro de Dieste manteniéndome tenso, en vigilia atenta. Resultado: el mismo. Sólo me gustó la parte que me había gustada la primera vez. Y las que no soporté esa primera vez me resultaron aún más insoportables esta segunda… Antes de ingresar en el psiquiátrico pienso leer el Testamento geométrico una tercera vez, que será cuando acabe 2666, porque estando bien el novelón de Bolaño, que lo estará, supongo que a gente sin criterio, como es mi caso, la influencia del laudo ajeno hará ver las cosas con más capacidad matemática de cálculo, haciendo que la recta trazada entre los puntos mi y gusto cambie su trayectoria de manera caprichosa, consiguiendo quien os habla, por fin, entender el dichoso librito de Dieste…

Y ya puestos con deberes para gente enferma, para aquellos que hayáis leído 2666, que también estéis interesados por el Testamento de Dieste, os indico, en plan putadita gorda, que el artefacto soporífero por anatomasia, el rey del metraje mastodóntico y la compulsión obsesiva sin igual, el ogro DFW, se sube al tranvía llamado “somos todos imbéciles” y en su póstuma obrita, El rey pálido, le dedica también un buen comentario/alusión a la obrita póstuma, 2666, de Bolaño, novelón que, como bien sabemos, arrasó, literalmente, Amerika, acontecimiento que, parece, influenció al ogro, y estamos, entonces, cerrando una especia de esfera Dieste/Bolaño/DFW… Eso sí, qué carajo, no os pienso decir en dónde se ubican los rastros y menciones directas a Bolaño a lo largo de las 551 páginas del Rey pálido… también os digo que ni se os ocurra leer una vomitona de David Foster a la manera nº 1 de las recomendadas por García Sabell en su prólogo a Dieste, porque os pegáis un tiro… o me lo pegáis a mí...

Otro día os cuento en qué partes de Esferas, de Peter Sloterdijk, sale Rafael Dieste, que, por lo que vemos, viene siendo una especie de escritor espAcial apreciado por otros escritores espAciales… solo falta ¿Pynchon? en esta ecuación del desarreglo mental…

Y  ya le vale al blogger este del carajo, que ha cambiado, y las cosas ya no se hacen como se hacían antes y no me entero y al final la máquina decide por mí y hace lo que le da la santa gana y no sé ni elegir la letra ni nada... un descontrol

sábado, 10 de diciembre de 2011

Esperando el infar...

La hora de levantarse es lo de menos. Aunque nos dirán lo contrario. Lo relevante es que tan pronto lo hacemos nos encontramos con el mismo problema que, la tarde anterior, y repetidas veces a lo largo de esta noche, nos trepanó el ánimo. Que es una manera más de decir que no podemos con ello. Y como ello es el asunto que nos desvela y trepana el ánimo, y como estamos acostumbrados a no poder con ello, y como estamos enganchados a esa sensación de que el asunto de que hablamos nos amenaza y nos supera y nos mortifica, de lo que se deduce, a renglón seguido, que somos dependientes de ella, mejor dicho: adictos a ella, adictos a esa sensación de que el asunto éste llamado vida/trabajo nos amenaza y puede con nosotros, resulta de todo lo anterior que nuestra realidad/verdad es que nos encanta estar así de jodidos, y es que no sabríamos vivir sin esa sensación de que no podemos con ello. Y entonces, si de lo que hablamos es de esta última noche, resulta que a lo largo de la misma, uno se va despertando periódicamente cada veinte minutos. Cosa que se dice poco sana. Y cada veinte minutos se le dedica otro año y medio de nuestro mundo y de nuestra vida al asunto ése que nos trepana la moral, pero que es, también, nuestra maldita y encantadora adicción, sin la que, ni sabríamos, ni podríamos, vivir.

Ensanchando el espejismo, tendríamos que, si de lo que hablamos es de la última semana, la cosa sería igual que la de la última noche pero multiplicada por siete y luego por tres. Una barrabasada. Agotador. Si de lo que hablamos es de nuestra pareja, lo que resulta es mejor no comentarlo. Porque la pareja, que tiene mucha paciencia, lo que no tiene es una varita mágica con la que curarnos, aunque nosotros creamos que con ella, o él, al lado, y con su varita mágica apuntando hacia nosotros, podremos con todo. Esto, que viene siendo un error muy común, es una estupidez tremenda. Que no dejará de serlo por mucho que nos empeñemos en que nuestro caso es distinto. Porque, al final, de lo que se trata es de que si uno le dedica los dos tercios del día/vigilia al asunto que tanto nos preocupa, y luego, cuando se mete en la cama para descansar, fin inalcanzable para este tipo de adictos, empieza con la pauta del desquiciado, del estresado, ésa que consiste en aprovechar el tercio restante de jornada/noche para descansar, como mucho, mal que bien, veinte minutos, y desvelarse el resto, y venga taquicardias y palpitaciones, y venga a la sala a ver la tele o a contar bichos imaginarios, y lo multiplica todo por siete a la semana, o por treinta al mes, lo que resulta de todo este mejunje es que el personaje que padece esta curiosa adicción al inmovilismo miedoso contumaz, aderezado por una hilarante capacidad para el lamento vanidoso ombliguista, acabará infartando el día que menos se lo esperen su pareja o el resto de sus amigos y familia. Porque él está claro que cuenta con ello, con el infarto/angina, digo. Es más, se muere de ganas de agarrarlo en toda su dramática extensión y bailar con él un vals tumefacto, aunque sus habituales, y hasta razonables, comentarios explicativos sobre lo absolutamente insoportable que es, en su caso, el asunto llamado vida/trabajo, parezcan propios de alguien, más bien, desenvuelto y capaz. Alguien que no encaja en el papel de quien espera, prietas las filas y sin hacer nada salvo quejarse de su adicción, al dichoso infarto

Que a lo mejor llega de buenas a primeras, en cuyo caso, digamos que nuestro personaje, el adicto a estar mal, tiene el beneficio de la duda, pues cabe la posibilidad de que, un poco novato en estas lides, no fuera realmente consciente del asunto. A ver, me explico, no fuera realmente consciente de que es un llorón inmovilista metastásico dependiente de su adicción a estar mal, básicamente centrada en su trabajo y en los cuartos, dinero, money, geld. Pero, al margen de este supuesto, la gran mayoría de sujetos del tipo llorón inmovilista metastásico dependientes de su adicción a estar mal, no NOS podríamos beneficiar de la duda. Porque lo NUESTRO es contumaz infame alevoso. Y entonces la duda beneficiosa no cuela. Porque vale a quien le sorprende el aluvión torácico porque le tenía que sorprender, hay que ver qué mala suerte. Una pena, aparte una injusticia. Qué mal repartido está el mundo… A los demás, sin embargo, a los profesionales opulentos del sufrimiento auto inventado/imaginario, a los sujetos adscritos al ombliguismo llorón hiperbólico, la cosa bailarina llamada infarto/angina no nos suele sorprender a la manera de los anteriores. A estos segundos, el infarto que, educadamente, esperamos sin falta, nos ha avisado con tanta antelación, que más honesto no se puede ser…

Muchas son las maneras que el infarto utiliza para susurrarnos al oído sus cositas, sus chiribitas, sus planes de futuro, su idilio con nosotros. Y es que es normal que se ilusione, porque, por mucho que parezca lo contrario, no hacemos más que tirarle los tejos… Entre la amplia variedad de enamoramientos que se dan entre los adictos a estar mal y los infartos galopantes, me voy a decantar por la ortodoxia absoluta de un noviazgo ejemplar que empieza con cierta diligencia/amor/vocación por el trabajo en un sujeto cualquiera llamado Pi. Menos profunda de lo que a muchos parece, pero, en cualquier caso, vocación sincera. Diligencia o vocación que, al rato, meses o años, se torna nebulosa y famélica. Y se convierte en esa mezcla de impulsos y sensaciones de estilo obligación/obsesión diaria, que pronto pasa a manifestarse a través de determinados y punzantes problemas, cada vez más habituales, para conciliar el sueño. También a través de una creciente auto responsabilización laboral enfermiza, en medio de la cual, dejamos de parecer un empleado por cuenta ajena/autónomo, una persona humana, para confundirnos con la propia cosa/empresa/trust para la que trabajamos y ¿pensamos?, imbuidos y succionados por ella hasta nuestra electrizada médula, abducidos por ciertos clichés corporativistas y poses de secta que difícilmente habríamos tolerado antes de empezar nuestro idilio con la angina, y, en general, mediatizados por la inmensidad omnipresente de los ponzoñosos batracios ético/morales del mundo competitivo laboral empresarial.

Pero volvamos al idilio… Aquí, aunque ya algo tocaditos del ala, estamos aún dentro del campo de lo platónico, digamos que del amor inmaduro, del amor anhelado pero no realizado, macilento. El infarto aún no nos la ha endilgado hasta la campanilla. Ni siquiera ha osado darnos un buen magreo. Pero poco falta. Tenemos entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años

La chicha, el meterse en la cama, la lujuria obscena para mayores de dieciocho, empezará con esa primera visita al médico de cabecera. Visitación que dedicaremos a explayarnos y romperle la cabeza con lo del sueño, el estrés, la ansiedad, los problemas en el chollo y un larguísimo etcétera de esclarecimientos e ilustraciones que van a dejar al pobre profesional sanitario con ganas de que fallezcamos en el acto y lo dejemos en paz, que bastante tiene él con lo suyo… En caso de que, incumpliendo el deseo oculto de nuestro médico, no hayamos fallecido en la consulta, se vengará de nosotros con la subsiguiente receta salvadora, prescrita para combatir los intensos problemas personales que le hemos detallado y desmenuzado, prescripción farmacológica en forma de ansiolíticos antidepresivos hipnóticos anti psicóticos y demás florituras de laboratorio. Todos ellos milagritos en forma de cápsula que tienen múltiples ventajas, pero, también, un problema, y es que si, por poner un ejemplo, nuestra justificación para estar mal fuera que nos estamos quemando en una hoguera, estas cápsulas no es que nos aparten de la hoguera, solución definitiva al problema, sino que nos hacen insensibles al calor o fuego. Un calor o fuego que, irremediablemente, nos seguirá quemando hasta achicharrarnos, pues, sin plantearnos siquiera la posibilidad de escapar por patas, seguiremos metidos en la hoguera per seculam. Sólo que ahora medio zombis e insensibles. Tal cual. Y esto que es una obviedad, no se sabe muy bien por qué, no hacemos más que obviarla. Y la fogata, a fume de carozo

Y entonces, nuestro gran romance, el idilio entre el adicto a estar mal y su apasionadísimo infarto galopante, continúa fortaleciéndose y disfrutando de unos días de vino y rosas. Con la pastillita en la mesilla, o en la cartera, coqueteamos con la vida sana de refilón porque vivimos en los tiempos de la sostenibilidad, también personal. Y vamos y salimos de la hoguera quince minutos cada tres días para hacer un poco de deporte. Y a diario desayunamos bioeducadamente, y bebemos de esos yogures milagrosos, y hasta quedamos para hacer algo de rafting/trekking en contacto con la naturaleza, aunque llevemos nuestra hoguerita a cuestas en forma de artilugio electrónico generacional y preocupaciones laboriles varias. Y parecemos sanos y desenvueltos. Y lo somos y lo estamos, qué carajo, que es un discurso pre/racional y funciona como auto convencimiento masivo. Pero también es cierto que la hormiguita del amor no para, y aunque no lo notemos, que la cápsula milagreira nos tiene zombis, nuestra paciencia vital o de ánimo se va agotando. Y ocurre que el enamoramiento con el dolor intenso de pecho nos hace segregar burbujitas químicas, o alterar no sé qué recaptaciones…

Y nos volvemos irascibles, que nos va faltando paciencia para según qué cosas, y explotamos por nada un día cualquiera y sin venir a cuento, ya sea conduciendo el coche en pleno adelantamiento, en el supermercado, en casa o en el Juzgado. Caramba, qué acaloramiento nos entra en esa ocasión, y luego el cuerpo nos queda como para el arrastre, como si hubiéramos corrido un maratón tras otro durante un siglo, y va y resulta que el siglo no fueron más que diez segundos, y en diez segundos estamos desfondados, y resulta, también, que la dosis ideal de cápsulas habrá que irla aumentando porque esto se empieza a poner cachondo pornográfico de más, que va a ser que el infarto, aparte galopante, viene siendo un sátiro superdotado con ínfulas de sodomizarme, y eso sí que no, y si tiene que ser, pues qué le vamos a hacer, pero dadme más capsulitas/pills para no sentir el atropello. Y cuidadito, porque aquí el platonismo hace meses que ha desaparecido, que hemos pasado de lo ideal a lo real, y sin avisar, que el nuestro ahora es un ajuntamiento más carnal imposible, que estamos en brazos de Mr. Infarto, gran amante telúrico…

Y nos vemos como con el pie cambiado. Hay a quien se le da por sudar a todas horas y en cualquier ocasión, hasta en las más triviales. Hay a quien se le da por sentirse minusvalorado laboralmente o en sus relaciones personales, hay quien no soporta a la gente, hay quien no puede vivir sin ella, hay quien repasa un texto en el trabajo hasta quince veces antes de entregarlo, hay quien convierte lo banal en sustantivo, y el trámite en meta, hay quien convierte el capricho en objeto de mil justificaciones teóricas, hay quien prefiere tomar aún más pastillas antes que escapar de la hoguera, hay quien explota sin motivo y hay quien, ante una explosión, ni se motiva… Así hasta donde queramos. Y, en cualquier caso, emparentadas todas estas caricaturescas manifestaciones del idilio entre el adicto a estar mal y su infarto galopante por el acento de la obsesión. Pun/pun, sístole; pun/pun diástole… Bueno, bueno, tranquilizaros, que no os parezca mal, no os acaloréis, que si queréis os digo que no estoy hablando de vosotros, que cuando la cosa se pone frívola y trágica queda la disculpa de decir que uno habla de sí mismo…

Que es lo que hago siempre que puedo... Y entonces, siguiendo el diagnóstico de El rey pálido, me sitúo en el punto pasmoso en el que confundo el conjunto del saber universal y de la razón máxima con mis caprichosas y engreídas y ombliguistas opiniones de pacotilla… Motivo por el cual, visto desde fuera el asunto, se puede pensar en la posibilidad de que al adicto a estar mal, antes que Mr. Infarto, lo pueda atropellar esa otra cosa llamada Locura. En toda la amplitud de sus matices… Grrrrrrrrrrrrr

martes, 6 de diciembre de 2011

100 etiquetas



Llevo en el desastroso Páramo, cubierto de porquería hasta los topes del amor, 100 etiquetas dedicadas a la inmundicia por anatomasia: los libros. Qué pestilencia, cuánta podredumbre…

Para celebrar la onomástica, hace poco tracé un periplo para los próximos días. De estilo masoquista repetitivo, el periplo. A ver, que no tengo piedad ni de mí mismo. Como me había enterado por adelantado de que el Señor Editor iba a hacer caja con la publicación de la obra póstuma del DFWallace, me presenté en la librería el mismo día en que dicha obra póstuma salía a la venta y me dediqué a comprarla. En efectivo y con una cara tan de fan acérrimo de grupos heavy metal de los ochenta, que la dependienta a poco más llama a securitas direct. Terrorífica novela la de DFW... Aún no la he acabado, porque es difícil hacerlo, porque a David, poco antes de matarse, la mano se le iba tela marinera, a lo super size, a lo bestia del todo… Y como la etiqueta 100 se merecía algo más, aparte del Mr. Foster Wallace del que tanto hablo y que espero que no soportéis, porque lo que yo no soporto es que gusten a los demás los que me gustan a mí, que para eso no lo paso así de mal leyendo, qué carajo, que para eso os digo la verdad y todos tan tranquilos, porque a David no lo aguanta ni su familia cercana. Y, a fecha de hoy, ni se me pasa por la cabeza recomendároslo, que he cambiado de manera de desenvolverme, y menos aún su último zarpazo obsesivo compulsivo, El rey pálido, en el que el muy DFW se dedica a hablarnos sobre funcionarios y la administración, opositores y trienios y burocracia, y, en general, sobre el tedio y el aburrimiento asunto inequivocamente sólo al alcance de David, ya les gustaría a Delillo o Franzen o... plantearse semejantes metas imaginarias por escrito

Que el aburrimiento y el tedio son cosa seria, cosa seria que el enfermo Wallace consigue, y entonces nos interesamos, cien por cien, no me lo creo, no puede ser, por el tedio y el aburrimiento y la zozobra, cosa/asunto que es muy dura/insoportable de nuestro señor. Porque sí, a la gente que le gusta el boxeo le gustará el boxeo, no digamos Muhammad Alí, pero ¿le gustaría a esa gente que flipa con Alí, comerse en toda su cara una buena O… del fenómeno Alí, uno de esos puñetazos plástico/graciosos que tanto les gusta ver en la tele o en directo…? no sé, no sé, habría que verlo. Pero, entonces, daquela, les gusta el boxeo, sí o no...

El caso es que no me iba a quedar en la celebración sólo con DFW. Y me puse estupendo generoso, me enchufé al ordenador y me compré de saldo online, la segunda parte de la trilogía de nuestro adorado Louis Ferdinand Celine, esa serie de tres monumentos en que nos cuenta lo que no se puede contar… De un castillo a otro es impresionante. Veremos cómo es Norte. Y como estaba de celebración, me agencié su inmaculada primera edición, que para eso soy idiota, y así tenerla juntita a la primera de De un castillo a otro… y lo mismo acabaré haciendo con Rigodón, tercera y última parte de la inapropiada trilogía. Y para no estropear mi bonita edición 1ª de Norte, me leeré una reedición que sé que tiene un amigueteX, de una de esas colecciones que se vendían semanalmente en pasta dura, y que le pediré prestada… y así podré confirmar con toda tranquilidad que empiezo a traspasar de manera diáfana, contumaz e irremediable, la frontera que separa la… de la…

sábado, 26 de noviembre de 2011

Una gran patada en todos los güi...


Hace unos años daban con frecuencia un indecente anuncio en varías cadenas televisivas. En él, algún gurú de la vida sana, asociado con algún caimán de los negocios, dispuestos ambos a acojonar al personal y forrarse a su costa, nos presentaba unas imágenes, tomadas a cierta altura, de una culebrilla de formas poco definidas. Formas poco definidas que nos permitían asociar la culebra con una carretera en cualquiera de sus manifestaciones, gratuitas o de peaje, radiales o de circunvalación. Imaginaros en el avión mirando hacia abajo por la ventanilla. La estáis viendo. El vuelo lo suficientemente alto para confundir una autopista con una culebra, pero no con un fideo o una manguera, y lo suficientemente bajo para distinguir unas manchitas ¿en movimiento? a lo largo del cuerpo del reptil.

El avión debía estar con la maniobra de aproximación a algún hospital mental, pues realizaba un suave, gradual y constante descenso, gracias al cual lo pequeño se hacía cada vez más grande. Seguimos inclinados en el asiento del aeroplano mirando por la ventanilla. Allí abajo vemos lo que vendría a ser la carretera. Bien larga. También se ve que el inicial, y casi inexistente, tráfico, que antes de empezar el descenso no era más que un conjunto de escasas y abstractas manchas en el cuerpo del ofidio, se va multiplicando, congestionando y haciendo cada vez más denso. Pasa, luego, un poco de tiempo, y acaba formándose un tremendo atasco de tres pares de narices. Imagen ya de por sí poco agradable, áspera y llena de gases, insultos, desesperos, polución, algún motor gripado o calado, supongo que también más de un embrague quemado y, a lo mejor, dependiendo esto último de la intensidad del atasco, de su extensión en el espacio y su duración en el tiempo, alguna reyerta, alguna invocación extemporánea de poderes esotéricos, alguna ruptura de pareja y otras cosas aún más habituales…

Pues bien, el caso es que, como os he indicado, el descenso nos permite ver más grande lo que antes veíamos más pequeño. Avances de la ciencia oftalmológica. La culebra es definitivamente una carretera, no hay duda, y las manchas son cochecitos y camioncitos y busecitos y demás vehiculitos que circulan por las carreteras. Sin embargo, debido a una deriva proto-publicista ciertamente elemental y primaria, van a introducirse determinados cambios en el proceso por el cual lo que se veía al comienzo pequeño se ve después más grande. Ahora, la concreción, el detallismo oftalmológico, el ver más grande lo que antes veíamos más pequeño, no se realiza mediante la pirueta/artificio del avión, chorrada por la que algún publicista se habrá creído un artista lleno de brillantes ideas, y es que hay que ver cómo se sobrevaloran ciertas profesiones. Nada de eso. Ahora pasamos de la pirueta/artificio del avión al metalenguaje, al juego entre significados y significantes, otra chorrada, ésta más conceptual que estética, por la que habrá cobrado miles de cientos otro publicista vanidoso e insoportable, vestido con vaqueros y gafas de pasta, con un desarreglo estético y emocional que el muy engreído lleva por bandera dispuesto a hincársela al primer incauto que le pregunte por cualquier banalidad, look y vitalidad alteradas que en su egotismo de creador publicitario lo emparientan con poetas malditos, compositores sordos y hasta con guitarristas que se ahogan a los veintisiete años en su propio vómito.

Entonces el envalentonado genio de la publicidad utiliza su chorrada del metalenguaje y nos da un poco de rollo conceptual del tipo que ahora, ellos y sus acólitos, denominan postmoderno y que yo calificaría como gelatinoso. De paso, va cubriendo de ceros mil la facturita que le va a endosar al gurú de la vida sana, asociado con algún caimán de los negocios… y es que amigos, lo que estáis viendo por la ventanilla del aeroplano mientras el aeroplano realiza la maniobra de aproximación al sanatorio mental, no es un atasco de hectométricas proporciones en la A6, qué desagradable imagen… fijaros bien. Y pensad por un momento: para qué han contratado al pijo de la publicidad que estudió en New York y utiliza como divisa/currency el dólar, aunque paste, rumie, viva y trabaje en Corrubedo. Olvidaros del atasco, carajo, pensad un poco más y veréis que lo que tenéis delante de las narices es un TROMBO en una vena. Pero no una vena cualquiera, queridos consumidores, sino una vena de un organismo o cuerpo muy concreto: el nuestro, vuestro, mío o tuyo. A ver, el cuerpo del espectador televidente. La vena que se consigue ver desde el avión mediante esos ridículos juegos significantes y estéticos, así como el criminal trombo, aneurisma o ictus que se acaba produciendo en la mentada vena, están, todos ellos, dentro del asustadizo espectador televidente. Bueno, dentro de su cuerpo.

Y es que el gurú de la vida sana, asociado con algún caimán de los negocios, está dándole muy duro al mercado. Moito, moito. Lo está arrasando. Y se están dedicando a acojonarnos muy seriamente. Y el pijo de gafas de pasta y gustos musicales alternativos que rumia por Corrubedo, tampoco tiene miramiento alguno. Cero le cuesta cobrar en miles de dólares y cero le importa que algún corazón delicado, instalado en una persona a tratamiento médico, visto el anuncio y asimilado su contenido, vaya y diga, me refiero al corazón delicado: basta, hasta aquí he llegado, hasta aquí te he traído, y deje colgado a su portador, el televidente cardiópata, en medio de un intensísimo dolor pectoral. Deteneros un momento, solidaricémonos con él, porque el cardiópata, en su faceta de televidente portador de varios bypass y cateterismos y diversas enfermedades cardiacas, puede racionalizar de diversas maneras el juego conceptual publicitario, que, por otro lado, resulta ser un proceso ¿creativo? tan elemental y perogrullesco que hasta da vergüenza que alguien, el tipo ése de Corrubedo, haya cobrado por el trabajo. Porque la relación casi parvularia de conexiones significantes y etimológicas entre los palabros, ojo a su simpleza: culebra – carretera – venas por un lado, y manchas - vehículos – colesterol por otro, llegando a la absurditie mayor de atasco – aneurisma/trombo/ictus, puede ser descodificado de múltiples y variopintas maneras por el cardiópata televidente. De ellas, muchas, como por ejemplo las siguientes: el sobresalto que le produce al cardiópata sentirse señalado y culpabilizado por motivo de su mala salud, o el otro sobresalto que le produce ver anuncios tan pobres y vulgares, por poner sólo dos, pueden hacerle sufrir, en el preciso instante en que racionaliza en su cerebro el mensaje/chorrada publicitario, algún proceso orgánico fisiológico de lúgubres consecuencias paralizantes tipo angina y demás dolores agudos de pecho…
Ahora abrocharos los cinturones porque lo que viene es un poco bestia: Sobrevolé Corrubedo a los mandos de mi Junkers 87 y bombardeé la casa del pijo, que se cree creativo y que dice sin rubor que lo que tuvo cuando se le ocurrió la chorrada publicitaria estilo tercero de EGB fue un momento de inspiración, trance selecto y exclusivista que, si está borracho dándole la tabarra a cualquier incauto de Porto do Son, no calificará como inspiración, sino como duende, y quiero aclararos que es aquí cuando me bajo del avión y le doy una buena Oooscuridad en todos los güivos al pijo de Corrubedo, que se dobló de una manera tan graciosa, tan elegante y provocadora, que no pude evitar darle otra patada, mucho más fuerte que la anterior, digamos que una gran e inmensa patada incolora e insípida, pero grotescamente dolorosa, en los mismos güivos que antes, los suyos, y ahora también en las manos con las que intentaba protegérselos, patada que debió sentir como una desmesurada fuerza alienígena que entrándole a la vez por orejas, nariz y recto, producía en él un estado como de episodio desnaturalizado, vacío cósmico, placentera insensibilidad previa a una hecatombe, en resumidas cuentas: un desconcierto, que, en milésimas de segundo, se resolvió de la peor de las maneras cuando el tipejo de Corrubedo pasó del vacío cósmico arriba mencionado a ser consciente de que aquello de las dos patadas en los huevos era real hasta el acople, y que le estaba doliendo tanto tantísimo como nada le había dolido en su puta vida. Una milésima más y millones de plúmbeas y estridentes sensaciones se acumularon en su saturado córtex frontal con una intensidad similar a la del vapor despedido por la espita de una olla a presión. En los ojos se le presentaron de golpe y porrazo los ocho litros de sangre que habían salido disparados de sus pelotas después del impacto súbito, impacto justo anterior, en una milésima, a la sensación ésa de episodio desnaturalizado y que, transcurrida otra milésima, le llenó de sangre los ojos, le taponó los orificios por donde le había entrado la fuerza alienígena, a saber: orejas, nariz y recto y lo llevó, finalmente, a pronunciar un chillido de dolor tan desagradable por su timbre y entonación que me vi obligado a hacerlo entrar de nuevo por la misma campana en forma de boca por la que acababa de salir propinándole una tercera inmensa, virtuosa y gran grossen patada que dejó al publicista de Corrubedo sin argumento alguno y pensando seriamente en dejar la profesión e irse con los bártulos a otra parte… todo ello porque, aunque no soy el de Porto do Son, qué mérito el suyo, yo andaba por ahí y no aguanté más… Y sí, esto es personal.

Y que viste con vaqueros y se pone gafas de pasta. De colores, matizo ahora para que se os haga más odioso el personaje, y que escucha grupos alternativos de rock independiente adscritos a etiquetas tipo Postrock de música denominada seria, movimiento en estos días incontrolado que se basa en quitarle a la música lo que de música tiene y sustituirlo por una interminable serie de teorías, argumentaciones y obtusos mensajes exegéticos en los que ya no tienen cabida la música en sí, esa que se podía tocar o escuchar, y sí, por el contrario, largas teorías llenas de conceptos como paisaje sonoro, textura, impresión acústica, caricia decibélica, pentagrama visual y un largo etcétera de pedanterías con las que disimular la penosa realidad que resulta de la falta de música en la música sobre la que teorizan estos tíos tan cultos… y me diréis que pobre el de Corrubedo, que vaya tres patadas que le cayeron… y no os lo voy a discutir, que fueron muy fuertes.

…Aquello del anuncio me dejaba por los suelos. Me invadía una aguda simpatía por quienes, padeciendo cuales fueran problemas cardiacos o circulatorios, se tenían que tragar lo del trombo arterial en el descanso de la peli o del partido. Sin avisar. Y estoy seguro de que no les gustaba, y estoy seguro de que a más de uno de los que tienen que tomar el dichoso anticoagulante, que si no su sangre, que es como un arroz con leche, se les queda estancada sin músculo que la bombee, le debía dar una incómoda taquicardia cuando el anuncio lo cogía desprevenido y no le daba tiempo a cambiar. O un desagradable sofoco, con sus sudores y todo, o eso otro que se siente a la altura del pecho, para unos dolor, para otros aleteo. O lo que llaman sensación subjetiva de falta de aire, como que no me llega a los pulmones, como que me ahogo y me asfixio. Alguno, inclusive, habrá llegado al aneurisma/trombo/ictus aniquilador delante del anuncio aquél de mierda… Y todo para vendernos un puto yogourt de esos que ahora anuncian a todas horas, calificando su ingesta diaria como indispensable si lo que queremos es sobrevivir a todo tipo de enfermedades terminales.

Aunque si soy sincero, debo aclarar que lo que sentía por el hipotético televidente que, con alguna patología cardiaca a cuestas, se topaba con el indecente anuncio del yogourt mágico, no era una aguda simpatía. Era algo mucho más cercano. De ello me encargaré en otra entrega.

Para acabar, ya que estamos con esto de las inmensas patadas en los huevos, y ya que también hemos acabado hablando de música, va la más grande patada en los huevos que ha recibido, musicalmente hablando, ser humano habido o por haber. En este caso el Patadón Inconmensurable apellidado Touch Down se lo propina el Gran Mestizo a unos pijos, más engreídos imposible, que ahora no son de Corrubedo, sino que son petáticos Brits, digo patéticos inglesitos. Lo que debieron sentir en su hombría o pelotas, en caso de tenerla o tenerlas, cosa que dudo, más bien en sus cabecitas/Disney, los pobres Rolling Stones, Clapton, The Who y toda esa pandilla de niños bien, hijos de papá británicos, que jugaban a ser malos y gamberros, cuando se les presentó delante de sus babosas caritas, en el Monterey Pop Festival, en 1967, de noche, por primera vez en su putas vidas, el Gran Jefe Mestizo Jao! y les arrancó con la escalofriante entrada de Killing Floor, fue, es y será inenarrable. Lo de Hendrix, aparte de irrepetible y estratosférico, 45 años después sigue resultando incomprensible. Llega con verlo y oírlo. O con imaginarse sentado dentro de las pelotitas de esas bambis pedantes y empalagosas estilo Jagger y demás, y ver venir derechito hacia nosotros al Gran Jefe Mestizo, con poco más de 20 años y la flamígera Fender al hombro. Por favor, volumen al diez:

lunes, 21 de noviembre de 2011

Hrabal/Yo serví al rey de Inglaterra


Las recomendaciones tienen, como mínimo, un problema: las expectativas que crean en nosotros, las cuales, a su vez, también pueden tener un problema, o no, me diréis, que no es otro que la posibilidad de que sean falsas. Nos encontramos, pues, con que nos han recomendado algo, que nos ha creado unas expectativas y que éstas pueden ser falsas. Ahora bien, las falsas expectativas son juguetonas a más no poder. Porque yo me puedo crear la expectativa de que tal libro estará bien, y luego resultar que el libro esté mal, o, también, puede pasar que el libro esté mucho mejor de lo que yo esperaba, con lo que tampoco habrían acertado las… de ahí que lo de las falsas expectativas sea como un camino tan enrevesado o sencillo, estúpido o válido, como nosotros queramos que sea. En este camino me acabo de topar con Yo serví al rey de Inglaterra.

Hace años que me habían recomendado este libro de Bohumil Hrabal. En concreto preclaro M., fuente a la que recurro en busca de recomendaciones y sus accesorias expectativas en mí. Y hace años que, queriendo leerlo, nunca lo había visto en las librerías ni se me había dado por comprarlo online. Pero el otro día me topé con una edición de Galaxia Gutenberg. Bonita, bonita. Y me lo serví. Como una botella del dichoso brebaje ése de Viuda Clicquot, que antes de probarlo ya nos ha entrado por los ojos e involuntariamente saboreamos mentalmente sin tener pijotera idea del tema. Encima excitados. Bueno, cogí la botella y empecé a leerla. Lleno de expectativas. Y uno se dice que caray con el brebaje, qué pinta que tiene, y venga a agitar la botella aún cerrada en sus primeros capítulos, y dale un poco más, meu, que ya debería ir descorchando... y qué pasa aquí, que este producto se dice que es de lo mejor pero no da descorchado, le falta fuerza, o serán las expectativas que me tienen agarrotado, que uno se las hace y luego pueden no ser lo que uno tenía pensado… o será el Bohumil que no acaba de soltar el tapón del cuello de la botella, tapón que lo tiene medio atragantado… Pero luego va y explota el brebaje, y lo hace como pocas veces he visto explotar una botella de champán con varios capítulos en checo.

Y así, al final, la cosa fue de traca, porque contando con que el libro sería bueno y contando con que me gustaría, contando, incluso, con que me gustaría mucho, el caso fue que me gustó aún más. Y cuidado, que esta ciencia no es exacta, porque a mí me ha pasado que a lo mejor voy y digo, lleno de buenas intenciones, léete esto que te va a encantar, y van y me dan una patada en todas las pelotas, matiz éste que me deja, no sé no sé cómo me deja. Dolorido, será… y es que este tema del pésimo efecto que a veces resulta de las mejores intenciones es una cosa que me interesa mucho… Vale, lo que quieras, pero el libro, impresionante, de escándalo… Aunque caray qué susto al comienzo, durante ese par de capítulos en los que la cosa empieza bien, sí, sin duda, pero tampoco acaba de descorchar, se queda como atorada, se nos queda el libro como con un tufillo servil/picaresco que nos chafa la orgía que teníamos prevista. Porque mis expectativas y yo contábamos con una bacanal llena de piernas kilométricas y esos perfiles curvilíneos sinónimos de resbalones libidinosos... Y vuelvo al susto, que fue tremendo, que por un momento hasta pensé que el artilugio escrito se me desinflaba en las manos, allá va la orgía lectora… Pero eso es sólo una jugarreta de Bohumil, intrépido y seguro de sí mismo. Y seguro de que luego, con el pasar de las páginas, nos recompensará, pues lo que se nos viene encima nos va a dejar acongojados

Y entonces, con la máxima puntuación en la mano y el libro en la cabeza, hay que repartir los favoritismos, que la máxima puntuación se me hace demasiado homogénea, y nosotros queremos dar la lata, que estamos embalados. Y dejadme seguir un rato, que os digo que los dos primeros capítulos, de los cinco en que está dividido el libro, quedarán como ese magnífico entremés que, con un puntito de insípido, hace aún mejor la delicia macanuda que viene a continuación. Porque los restantes tres capítulos del libro de Hrabal, son antológicos de verdad. El último, hay que ver qué pasada, lo coge a uno dejándolo todo, señalando un punto cualquiera en un mapa cualquiera y preparándose para la partida con destino en ese punto cualquiera del mapa que tampoco nos importa si es el de los grandes lagos, el de los montes de la luna, o el que sea, con tal de que las densidades de población sean negativas, si es que esto es posible, que de no serlo nos llega con que sean iguales a cero

viernes, 18 de noviembre de 2011

Escenario boreal en un islote gallego



El otro día, buscando emplazamientos ideales, a saber: faro y caseta deshabitados, y con paredes caleadas, y la mar de remotos, y mejor aislados, donde torturar al maleante que os presenté en la escabrosa entrega “Crimen (boreal) en una isla gallega” se nos dio por pasarnos por el Vilán de Fóra… Era una opción. Eso sí, de farallón, más que de isla.

Hurgando en la herida y cruzando por ella. Toma imprudencia. Ataviados de espíritu panorámico y de ciertos artilugios electrónicos, realmente milagrosos, con los que patrón es cualquiera. Yo llevaba en la mente las achacosas diferencias entre Ley y Justicia. Mi compinche el tamaño de las robalizas, enormes por esos fondos. Si se aprovecha un día de calma, difícil de encontrar, ése es el problema, la cosa es como quien dice coser y cantar. Y ya puestos, en ese día de calma a uno le viene Erik Satie a la mollera. Porque el lugar es precioso y tenebroso, una mezcla de esas que te hacen doblar el cuello no veas cuánto, porque a flote, al nivel del agua, el faro queda muy arriba…



De vuelta del lugar nos cogió la niebla. Ya veréis. Pero con los aparatitos esos que convierten a cualquiera en intrépido capitán, hasta apetece que se cierre de borraxeira. Estaba todo fantasmal/górico. Aún más bonito y aún más tenebroso. Y le anduvimos dando unas voltas al Vilán de Fóra. Guau! Hay quien cuenta que aquí debiera estar emplazado el castillo de Hamlet. Qué más quisiera el danés… En ese ambiente dejamos de pensar en las diferencias entre Ley y Justicia o en las robalizas. A los dos se nos dio por San Borondón, de quien se dice que, hace siglos, navegó con sus acólitos por aquí. Al rato creíamos ver Irlanda. Al rato se volvió a asir a la lancha el maleante que había muerto de tortura (boreal) en otra isla gallega atlántica, pero cuya ánima debió cogerle gusto al vaivén oceánico. Y ahora, merecido descanso que se diría, intentaba subir a la lancha. Cambio de escena. Yo con el bichero bien afilado en la mano. Y con un remo, mi compinche. Sin querer, al espíritu del torturado le metí el bichero en un ojo. Con música de Erik Satie. Caray, qué dolor. Y el remo en toda la chepa. Pobre ánima. Ahí justo se decidió a probar suerte chapoteando de nuevo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Biblioteca Crítica/Barral



Hoy vamos a hablar de algo ¿irrelevante? como si fuera importante. En plan repelente. Una cosa es que nos gusten los libros. Y otra que seamos imbéciles. Una cosa es que apreciemos ciertas ediciones y otra que hablemos de ellas como si fueran algo más. Mucho más. Una cosa es que admiremos ciertos artistas y otra que nos guste más la caja en que nos los regalan. Pero la caja puede ser también artíst… Lo dicho, estupideces.

Víctima del fetiche se puede ser más o menos. Lo mismo que de Barral. Hay que ver cómo se las gastaban estos individuos. Sería para celebrar históricos acontecimientos, sería porque estaban generosos o sería por amor a su arte, el caso es que a mediados de los setentas nos vinieron con la Biblioteca Crítica, en plan encuadernación en tela, en plan bonitas guardas, en plan una primera sobrecubierta, absolutamente de traca, del acertadísimo Julio Vivas, en plan una segunda cubierta protectora de plástico, en plan algunas notas preliminares, o cronologías, o índices detalladísimos, en plan qué queréis que os diga. . . En plan estoy enfermo y soy repulsivo. Yo, de aquella, con lo que estaba era con el monopatín Sancheski, de un precioso color naranja. Vaya pasada de artilugio rodante…

Los que tengo, los tengo como oro en paño. El primero que me agencié fue uno de Pedro Salinas, en la librería Couceiro de Santiago. Cuando aún estaban en la calle del hórreo. De poesía no tengo ni idea. Alguna me gusta y mucha otra no la soporto. De Salinas, en aquel momento, sí que conocía algunas cosas que me habían gustado. Vi la tremenda edición de Barral, vi lo impoluta que la tenían, y probé a mirar el precio. Algo estiradillo, carajo, que en Couceiro no se cortan. También es verdad que, a veces, te encuentras cada cosa que no veas… hice mis cálculos y me decidí. De que fuera su “narrativa completa” creo que me di cuenta luego, en casa. Ya me parecía algo delgado para que fuera toda la poesía… Y aunque esto es mentira, podría haber sido verdad. Que con la emoción me suelo despistar. Y me compro un chándal aLidas sin enterarme de nada salvo de que el precio es bueno.

Nunca había visto estas espectaculares ediciones y tampoco tenía ni idea de a qué escritores se las habían dedicado… como siempre, información en internet, más bien poca. Luego, hace un par de años, viendo en la tele una entrevista con Miguel Delibes, salía él en un salón contestando unas preguntas al vuelo. Sentadito bien cómodo. Detrás, varias estanterías de libros. Entre ellos, unos tremendos lomazos de esta colección Biblioteca Crítica. Poesías completas de Cernuda y Salinas. Caramba el gachó, en plan avasalle. Me dio envidia. Quien se pica… De ambos dos me gustan cosas.


Relato de la encerrona:
Hasta aquí entiendo que el asunto es repelente, hay que ver el blogero éste, qué coño me importarán a mí estas estupideces. Pues bien, si hasta aquí la cosa te está pareciendo repelente, espérate un momento, meu. Que yo había mirado, luego de la entrevista a Delibes, los precios de estos librajos en internet. Y las ediciones en buen estado, con sus cubiertas y todo… qué escándalo, pero de qué se van estos tíos. Prohibitivas… A esos precios para mí no son, desde luego. Ahora viene la parte más repelente, pedante y odiosa, vete tomar por saco blogero de M. Porque, en internet, voy y me topo con las poesías de Salinas y Cernuda en traum zustand, que viene siendo estado de ensueño en palabrería tedesco-protestante-vanidosa. Y lo tenían en una tiendecita de la ciudad teutona a la que, por cuestiones familiares, nos acercamos siempre que podemos en el verano. Y lo tenían a un precio lo suficientemente bajo como para que quisiera ofenderme, cosa que hice, porque a estos prepotentes nórdicos los sacas de su soporífero Goethe y parece que lo demás no cuenta, y, encima, lo desprecian… Y me dije, espérate, librero teutón, que este verano tenemos previsto pasarnos por allí, y te vas a enterar…

Y se enteró, amigablemente. Fue una encerrona, que yo jugaba con ventaja, pues somos menos civilizados que ellos. Dicen. El paisano quedó atontado cuando le solté que desde aquí, el fin del mundo, tenía controlado su catálogo. Para eso está iberlibro.com que enlaza con abebooks.de. Le hice finamente la pelota. Se soltó y congeniamos unos minutos. Encima era simpático. Conocía Compostela y tuvo una novia brasileña. Cuando lo vi a punto, ya casi meloso, pasamos a las cosas de comer. Vamos, que me interesaban sus ediciones de Cernuda y Salinas en traum zustand. Me las sacó. La virgen! como los chorros del oro. Me acordé de Delibes. Se va a enterar el señor Miguel, que las voy a poner en mis estanterías y me voy a dedicar a dar entrevistas. Los libros, déjamelos ver, Herr. Estaban perfectos. Me explicó que eran de un profesor de literatura hispánica de la universidad de allí. Al morir, les había comprado la biblioteca a sus herederos. Paso en falso, Herr. Error, error. Acabas de pisar el barro, hincado la cerviz. Que las bibliotecas a los herederos se las compran a peso, coño. Eso en el mejor de los casos, que hay quien cobra por retirarte los libros de la casa. Y más si los libros están ubicados en Alemania y escritos en español, que esos no valen ni la caja en la que los guardan… No ves que estos libros no te han costado ni míseros centimos. No ves que estos libros, o te los compro yo, Herr, o no se los vendes a nadie, ninguén, niemand, nobody. Cómo quieres que te lo diga, hombre. Mírame a la cara, carajo, ¿no te das cuenta, Herr?
Siguiente paso. Justicia inmaterial: conseguir gastar lo mínimo posible. El precio era insultantemente atractivo. Pero quería sangre, que estaba en un acto de ajusticiamiento histórico. Porque, aunque el librero era un tipo encantador, de verdad os lo digo, representaba en aquel momento a estos sajones prepotentes que no ven más allá de Goethe, menudo coñazo de autor. Y si ven algo más, serían, claro está, Mann, Hesse o Musil. Pero no Bernhard, o Hölderlin, o Heine, o Celan… Pues bien, sabéis que estos nórdicos no saben improvisar. De verdad, tópico infalible. Imposible, para ellos, improvisar, o reaccionar, o amagar, o llevarlo con xeito, o con mano izquierda, cuando se les saca de su cuadrícula. Y su cuadrícula, en caso de ser un encantador vendedor de libros en una civilizadísima ciudad, no contempla el REGATEO. Lo mismo que si le hubiese pedido al Herr un paquete de chicles de uranio. O una barra de pan fresco. Le solté, en un magnífico dialecto galaico/teutónico, una infalible oferta a la baja, una blitzkrieg que ni el mismísimo Guderian con sus Panzer habría igualado. Tras mi ataque relámpago, ratatatatá, viéndose abandonado a su suerte en medio de las Ardenas, Herr quedó inmovilizado, petrificado, estupefacto. Si no fuera un Teutón incapaz de reaccionar, Herr habría sacado la pipa de la paz. Con un antepasado Franchute, supongo que la bandera blanca. Pero Herr era alemán de pura cepa. Como una estatua, lívido. Y yo, desde mi Junkers 87, locuaz a más no poder, porque esto y porque lo otro y demás blablablá... No había con quien hablar, Herr estaba anulado. Lo primero que se le ocurrió, pasado un rato, fue decirme que de acuerdo y darme las gracias amistosamente.

Cuando se reúne con sus amigos súper tolerantes, estos le cuentan a Herr sus historias vacacionales con los Quechuas o los Inuits. En plan descubrimiento étnico/primigenio, tópico-típico con tintes condescendientes de turisteo repulsivo con ciertas ínfulas de superioridad, mira para estos incivilizados, qué curiosos los pobres animalitos bípedos. Ay mira! si hablan entre ellos. Herr, al final trocado definitivamente en nórdico prepotente, para satisfacer a sus amigos bodrio turistas y estar a su estúpida altura, les cuenta lo del regateo, rollo para él primario arcaico barbárico. Toda una experiencia etnográfica o antropológica lindante con lo chamánico inverosímil. Localizada en el tiempo a la altura del descubrimiento de la rueda. Sobre la nacionalidad del sujeto: yo, duda entre varias opciones, la mayoría de ellas sociedades tribales, en la actualidad, ya extinguidas.

Volvamos al Sancheski y visitemos recuerdos cuesta abajo... yo salgo en el video. Mirad bien que vosotros también

http://www.youtube.com/watch?v=rQi8wEHMm5Y

viernes, 11 de noviembre de 2011

Las vírgenes suicidas/Mr. Chance



Dicen que suele estar mejor la novela que la película, pero ¿a quien se le pasa por la cabeza leer el libro de Mario Puzo una vez visto El padrino? Y como esta perogrullada, unas cuantas. Y en plan visionario, que del libro de Puzo lo único que he leído es el lomo en alguna librería. Tampoco leí La naranja mecánica, y hay que ver qué peliculón abrasivo. Seguimos. De dos pelis que me gustaron a rabiar, me leí en esta última temporada los correspondientes libros. Para ver qué pasaba. Estaban a buen precio. Y resulta que no hay punto de comparación. Se supone que cuando sus respectivos directores, o productores, o lo que sea, leyeron los libros, estos les debieron gustar. O, por lo menos, les vieron posibilidades. Vamos, que mal no debieran estar… Pero el caso es que las pelis les salieron tanto mejor que los libros que es que no merece la pena leerlos. Porque te quedas planchado. Esto en el caso de que las películas de marras te hayan gustado. Que es el mío. No gustándote las películas, a lo mejor el libro lo borda.

Jeffrey Eugenides, bonito nombre cuasi genial, escribió Vírgenes suicidas. Luego la Coppola junior rodó su memorable primera peli. Con toda aquella banda sonora de Air, con aquellas otras canciones pastel-melódico-melocotón memorables: Rundgren, Bee Gees, Carole King, etc., con aquellas hermanas Lisbon tan guapas, con sus compañeros vecinos que podíamos ser nosotros a comienzos de los ochentas… con todas aquellas imágenes bonitísimas… y entonces probad a leer el libro que os va a dar la risa. Porque sí, una pandilla de amargados le habrán criticado a Sofía Coppola su pastiche popero de película, encima que si hija de Papalipsis now, pero es que la película está pero que muy bien. Tú me dirás qué problema la música y las imágenes bonitísimas y el espíritu naive, y todo aquello que le escupieron y le criticaron, si la realidad es que la peli está que te cagas. Qué más da que los amargados dijeran que aquello era un video musical de hora y media. Cuál es el problema. O eso de que si facilona y tramposa. No me fastidies, hombre. Tres tazas, venga un cachito con magníficas canciones pastel-melódico-melocotón:



Uno cero para los filmes. El dos cero se lo endilga Bienvenido Mr. Chance de Hal Ashby a Desde el jardín, novela de Jerzy Kosisnki. La película, con un Peter Sellers que los críticos de masas tildarían de crepuscular, y flemático, y metido en su personaje y hasta genial, no tiene desperdicio. Muy recomendable, ya no digamos en vísperas de fenómenos participativos de masas como los que se avecinan. Del libro no recuerdo gran cosa, salvo que me dieron ganas de volver a ver la película. Cosa que, al final, tampoco hice.











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