miércoles, 15 de octubre de 2008

Hermann Broch

Varios de los libros que he leído este verano me han dejado cariacontecido, alterado, alucinado. Entre ellos está sin duda una trilogía de Hermann Broch titulada Los sonámbulos. …Pero pongámonos repelentes: antes de aburriros con ella quiero hacer unas puntualizaciones, propias de un neófito en la materia, pero que, sin embargo, nos ayudarán a entendernos mejor, pues en esto del comentario sobre libros, pelis o lo que sea, los respectivos “críticos” profesionales, sesudos personajillos llenos de tics y complejos, no hacen más que confundirnos y por supuesto, confundirse ellos mismos. Una de las confusiones que más alientan estos individuos con sus insoportables tesis, es la que se refiere a la categoría de la obra en cuestión. A su perdurabilidad y egregios atributos, al hecho de si nos encontramos ante una “obra maestra” o no. Y estos individuos, acompañados de sus taras, tics y resentimientos de toda índole, aplican el calificativo “obra maestra” a cualquier basura pinchada de un palo, confundiéndola, en el mejor de los casos -seamos generosos- con una “obra fundamental” y, en el peor, con la mayor de las nimiedades artísticas, fruslería o sinsentido de engreído autista. En aras del buen entendimiento, tomando como Norte un cierto ánimo clarificador, deberían dar por buena una diferencia que a mi me parece de cajón, aunque a ellos les repela. A saber, que obras maestras, las hay, pero también las hay fundamentales, que ambas no tienen por qué coincidir, y que en muchos casos poco tienen que ver las unas con las otras. El mezclar en un mismo potingue ambas categorías no hace más que fomentar que cada vez que leemos un artículo de estos seres monopensantes, en vez de interesarnos por sus opiniones y el sujeto pasivo de las mismas, tengamos la sensación de estar ante clichés y repeticiones cuasi sacras que nos conocemos de memoria… Pero sigamos. Se esté o no de acuerdo, creo que la cosa a la que hoy doy estas vueltas quedaría algo más clara con un pequeño ejemplo. Partiendo de una jerarquía, que por supuesto no tenéis que compartir conmigo, y que colocaría a lo “maestro” por encima de lo “fundamental” en lo que a calidad artística se refiere, con la de matices que esto puede tener, pensemos por ejemplo en el cine. Tal peli, magnífica, es una obra maestra. De acuerdo. Sin embargo, la primera peli en color, o la primera del cine sonoro, a pesar de lo que digan por aquí y por allá, no tiene por qué ser una obra maestra, aunque sin duda, lo que sí será es una película fundamental en la historia del cine. Burdo ejemplo, sí señor, pero clarificador. Y fangosos terrenos los que pisamos, frontera entre fondo y forma, técnica y contenido… Ambas cuestiones, maestra y fundamental, en ocasiones lindantes y hasta coincidentes, en otras son radicalmente opuestas. La primera grabación estereofónica puede ser una basura musicalmente hablando, aunque sin duda fundamental. El primer encofrado pudo dar lugar al habitáculo más incomodo e inestable aunque su importancia en la arquitectura es indiscutible. Y aunque no de manera tan estereotipada como en los casos que arribo cito, simplificando mucho las cosas, podríamos hablar en los mismos términos de los quebrantos y torsiones estilístico-argumentales a los que la novela fue sometida a comienzos del S.XX, piruetas, en muchos casos geniales, que dieron lugar a varias obras maestras, pero también a insoportables ladrillos de ramplona mampostería. Y aunque la cosa parece evidente, el hecho de utilizar el lenguaje de manera tan tramposa, tan burda y simple, hace que en palabras de estos críticos de semanario y revista monotemática, las cosas se confundan y que un hecho “fundamental”, piedra de toque, indispensable, en el devenir de una corriente artística o del periplo vital de tal o cual creador, sea, simplificando las cosas hasta el extremo, calificado de obra maestra a narices. Pues no. A lo fundamental le pueden faltar cinco pueblos para ser maestro, como también en otros casos puede coincidir con esto segundo, aunque no en la medida en que ciertos Ayatolás del comentario propugnan. Como también podemos tener una obra maestra que para nada sea fundamental, pudiendo ser hasta prescindible y fatua.

Pero dejémonos ya de pedanterías y estupideces y vayamos a lo magro... El Ulises de James Joyce ¿es una obra maestra, fundamental, las dos cosas o ninguna?... Y Los monederos falsos de Andre Gide? Y Las olas de Virginia Woolf? Y Contrapunto de Aldous Huxley? Y Crimen y castigo de Dostoyevsky? Y La montaña mágica de Thomas Mann? Y La metamorfosis de Franz Kafka? Y El ruido y la furia de William Faulkner? Y Zalacaín el aventurero de Baroja? Y En busca del tiempo perdido de Proust? Y Madame Bovary de Flaubert? Y Tirano Banderas de Valle-Inclán? Y El cuarteto de Alejandría de Durrell? Y El Trópico de Cáncer de Miller? Y El hombre sin atributos de Musil?... Apasionante cuestión, como para hacer una porra. En nuestros suplementos culturales del sábado todas son calificadas como O. M., en mayestático. Aunque tengo mi opinión, me la voy a callar por si a partir de hoy, y según lo que pudiera decir, me guardáis un odio irredento. Como el que sentiría yo al ver como despreciáis a cualquiera de mis escritores favoritos… sin duda esto es una de las mayores afrentas que cualquiera puede recibir…Cómo somos!

Pasada la introducción, deciros que Los sonámbulos de Hermann Broch está por derecho propio dentro de la lista anterior. Absolutamente fuera de serie. De Broch ya os he hablado en alguna otra entrada del diarioprueba. Su “Muerte de Virgilio” me dejó temblando. Incomprensible y bella como pocas cosas que haya leído, es un extremo, una manera de escribir llevada hasta sus últimas consecuencias, con radicalidad y sin tibiezas. Tremendo. Sin duda una obra fundamental y bajo mi modesta opinión también maestra. Los sonámbulos, anterior a la Muerte de Virgilio, viene siendo una trilogía, consistente en “Pasenow o el Romanticismo”, “Esch o el Expresionismo” y “Huguenau o el Realismo”, tres novelas que Broch fue publicando de manera continuada en el periodo de entreguerras. Ninguna tiene desperdicio, y ya desde el titulo original: “Die Schlaffwandern”, cuya traducción literal vendría a ser los “paseantes/excursionistas del sueño”, el amigo Hermann nos captura con sus juegos y piruetas. Conviene leerlas por orden de publicación pues en conjunto hay un in crescendo en tono, argumento y estilo que apunta a la tercera, “Huguenau o el Realismo” como catarsis y explosión total. A lo largo de los sonámbulos abandonamos un mundo y entramos en otro. Es como estar en el lugar adecuado a la hora exacta. Como si las puertas se abrieran para nosotros todas de golpe. En Pasenow comenzamos lastrados por una manera de hacer novela “decimonónica”. Pero la cosa dura poco, vamos abandonando la inicial tranquilidad, y al final del terceto acabamos enredados en la digresión, el lirismo, la entelequia, la inconexión y el vacío vital en Hugenau. Y olvidémonos de esas chorradas tantas veces repetidas por los críticos, que si clarividencia a la hora de denunciar futuros totalitarismo, que si metáfora del devenir histórico europeo, que si no sé qué, todas sandeces con las que intentar adecentar y justificar novelas que no aguantan ni media lectura, disimulando así su falta de nivel. En este caso la cosa está clara y Hermann Broch sale totalmente airoso de la prueba, llegando en “Huguenau o el realismo” a bordarlo. Brutal. Obra Maestra.

Dos joyas más deambulan por las librerías de este outsider total: “Los inocentes” y “Autobiografía psíquica”. Tengo tantas esperanzas puestas en ellas que no descarto una segunda entrada en el diarioprueba dedicada a este Vienés…

Por cierto, aunque me he quedado sin tiempo para hablaros de algún otro libro del verano, de esos que me han dejado alunizado, por lo menos os nombro algunos:

“Claus y Lucas” de Agota Kristof. Otra trilogía. Espectacular recomendación de Maicito. Un diez.
“Fragmentarium” de Mircea Eliade. Paisano de Cioran y Celan. Estos tres Rumanos son punto aparte. Qué tíos.
“10 narraciones maestras” de Rudyard Kipling. Las tres primeras normales, las demás apoteósicas, de escándalo absoluto. Como siempre que pueden, los de la editorial nos venden la moto con las alabanzas del Bonaerense universal.
“Mira los arlequines” de Vladimir Nabokov. Impresionante.
“Murphy” de Samuel Beckett. Espectacular. Empieza con Murphy, extraño individuo que para descansar se recuesta de espaldas sobre una tumbona, se ata a ella y se da media vuelta, quedándose cara al suelo y con el artilugio a la espalda…

También os cuento que compré un libro sólo por su titulo: “Yo, yo y yo (monodiálogos paranoicos)” de un tal Juan Filloy. Hay momentos muy buenos, otros insoportables. La caña que este argentino le da en una de sus elucubraciones paranoides a la "madre patria" deja a Makinavaja Rubianes en paños menores, y a su escatológico exabrupto en flor carnavalera. También me leí el alabado “Un hombre sin patria” de Kurt Vonnegut. Que patatada de libro. Y eso que estaba predispuesto a flipar con él, pero es que la simpleza de los, según todos, oxigenantes y rachadores argumentos de este individuo, son propios de un párvulo. De él dicen que es el mayor representante de un, para mi desconocido, humanismo librepensante norteamericano ¿?. Qué exageración. Está claro que llevar razón, (que en muchas cosas la lleva, no hay duda, son casi perogrulladas) no basta, no impide que se sea simple, aburrido y hasta chabacano. Decepcionante.

2 comentarios:

LUIS ALBERTO dijo...

hola,como estais? estaba buscando discografia sobre de simon & gurfunkel y di con un nombre que me parecio familiar, el tuyo y me recordo a un compañero de colegio en lima.
si estudiaste en el SANTISIMO NOMBRE DE JESUS probablemente seas tu.
soy ALBERTO FARJE y mi mail es
luisalbertof1@hotmail.com
para contactarnos

Venturita dijo...

Hola. Sí que soy tu compañero del colegio. Estuve en el Santísimo Nombre de Jesús entre 1978 y 1982. Me acuerdo de tí perfectamente. También de Max Vargas, de Seoane, de Ignacio Gracco, de Andrea Biffi, de Rosa, de Leigh... de Sister Michael, Miss Ruth, etc. Con más calma te escribiré a tu mail, mientras tanto un fuerte abrazo.

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