viernes, 5 de noviembre de 2010

La guarida del Ogro


Esto que se dice de que un perro, su rostro y dejes, son el fiel reflejo de los de su amo, hay quien lo hace extensible a las moradas, no de los perros, sino a las de los amos. Desconociendo cuánto pueda haber de cierto en ello, lo que parece indiscutible es que desencaminado no va el asunto. Ya sea porque mediante la casa/residencia/guarida, o la ausencia de la misma, por regla general su busca algo, ya sea estar cómodo o no estarlo, ya sea protegernos del exterior o buscar que sea punto de encuentro, ya sean mil importancias o nimiedades, ya sea todo o nada… al final, a través de ella y de sus características, canalizamos y representamos anhelos, taras, dejadeces o complejos, o intentamos disimularlos, o todo lo contrario… con lo que algo dirán de nosotros. Un cierto, dime dónde/cómo vives y te diré cómo (a lo mejor) eres, aunque tú no lo sepas.

Aunque ya nos hemos ocupado de ella, deslumbrante resulta la casa idealizada que Carlos Castilla del Pino se sacó de la manga cuando era un chaval, croquis infernal que, si lo llega a hacer en los tiempos que corren, habría supuesto el inicio de un interminable viacrucis de intervenciones psico-logopedas ante el estrés-pánico que sus sigloveintiunoañeros padres habrían sentido contemplando semejante gracia de la criatura. Pobre Carlitos en esa situación.

Lo que muchas veces habita en esas guaridas es la esquizofrenia más descarada. Otras, la pura normalidad, si es que una y otra son definibles o identificables en un entorno. Lo mejor de todo es la idea preconcebida que uno se forma y su posterior falta de acierto. Otras veces la identificación y el acierto sí que son plenos. El caso es que sorprendentemente, o confirmando lo que era de esperar, nos encontramos a Cioran en su cuchitril destartalado, a WFaulkner en la opulencia de su mansión, a PNeruda en el despilfarro obsesivo de sus colecciones y vistas al mar, a Heidegger en un chamizo minimalista en medio del bosque. A TBernhard escondido en medio de la Alta Austria entre cuatro paredes y casi sin techo. A Céline en su desvencijada Maison de Meudon tras haberse aquilatado en Sigmaringen o en prisión. A Yukio Mishima en su europeizante palacete nipón, a Virginia Woolf en su habitación, etc.


De todas ellas, una es la más perfecta materialización del Páramo a través de vigas, ventanas, puertas y pinchones: la inigualable cabaña de guarda forestal de Kerouac, en el parque nacional de North Cascades. Para allí me iba hoy mismo. A falta de mar esas nubes en las que el chapuzón resulta inevitable. Deleitaros con ella:




No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...