

¿Debo tranquilizarme? ¿Debería escapar? ¿Me vale ahora lo que me valió mientras subía?





Sentados un día a la mesa en Cereixo, comíamos Montse y Venturín con mis padres y mi padrino cuando inocentemente reconocimos que algunos fines de semana de mal tiempo nos despachábamos a gusto en casa dos o tres pelis del fenómeno Bergman… El más fino fue mi padrino que sólo se atragantó. Mis padres regurgitaron su escándalo de manera poco decorosa.
Con las fuerzas tecnológicas a mi alcance fui consiguiendo la mayoría de su filmografía. Podemos encontrar de todo. Entre ese todo, varias de las películas más impresionantes que uno pueda imaginar. Descartemos las iniciales. Descartemos también varias de sus pelis que, ya sea de manera tangencial o plena y rotunda, se caracterizan por cierto tono bufonesco/folletinesco/circense/teatral y que chirrían de mala manera. Entre ellas, malogradas inclusive por tres o cuatro gotas de dicho ungüento, las archiconocidas “Fresas salvajes” y “El séptimo sello” que están a años luz de las buenas de verdad. Descartemos también unas pocas pelis de las llamadas alimenticias que, estando bien, no lo están tanto. Descartemos también algunas de sus espectaculares incursiones en el mundo del color, incursiones que dan lugar a espectáculos visuales realmente mayúsculos, pero que siguen sin estar a la altura de lo supremo e inmarcesible.
Descartado, pues, lo anterior, llegamos finalmente a lo Supremo e Inmarcesible, al mayor espectáculo, sobre todo en blanco y negro, pero también en color, de la historia. Os dije un día que una frase de Xosé Luís Méndez Ferrín pesaba toneladas. Eso es nada al lado de lo que puede pesar un fotograma de Ingmar Bergman, la rotunda presencia de su B/N, absolutamente inigualable. Gloría pura. Enjundia y lirismo a la carta. Crisis existenciales y abstracciones inauditas entre dunas y brezos.



Hace unos meses leí en un suplemento cultural de algún periódico la escandalizada crítica de un profesional del criticismo sobre el gabacho Michel Houellebecq. El artículo era tal compendio de simplezas y argumentos acomodaticios, de esos para quedar bien con determinado, abundante y cada vez más poderoso grupo de paisanaje, a saber: los estúpidos redomados, que me quedé con las ganas de leer algo del Houellebecq este.
El critiquillo, que con su molicie de comentario no hacia más que ganar adeptos y admiradores a favor del objetivo de sus parvularias soflamas, pertenecía a ese tipo de personaje que siente una bochornosa tendencia al pelotilleo de quien o quienes detentan el poder en cualquiera de sus facetas. A estos avispados glosadores nada les revienta y molesta más que el hecho de que un escritorzuelo de tres al cuarto, o un verdadero genio, que también se las trae floja, se permita tener opiniones contrarias a las suyas, que, en el fondo y como bien sabemos, realmente son las de sus amos. Y en base a tales opiniones valorarán sus obras. Siendo esto, el valorar las obras del artista en base a las opiniones de éste, ya un problema, el asunto se agrava en el caso de nuestro critiquillo por lo que arriba indicamos, porque encima le hace la pelota al detentador del poder, de la moda, del aborregamiento. Y así, sólo tolerará las obras, aunque sean una verdadera mierda pinchada en un palo, de aquellos artistas que estén en total sintonía con el discurso de quien en ese momento detente el genérico poder a que hacemos alusión, a quien el critiquillo se dedica a hacerle la pelota de manera más bien guarrona o soez. Con tales datos, os podéis imaginar que Michel Houellbecq posiblemente dio alguna entrevista en la que se debió salir del redil al referirse a cualquier de los dogmas imperantes at this time. Y por eso, ya me cae bien.
“Es difícil imaginar algo más estúpido, agresivo, insoportable y rencoroso que un preadolescente, sobre todo cuando está con otros chicos de su edad. El preadolescente es un monstruo mezclado con un imbécil, de un conformismo casi increíble; parece la cristalización súbita y maléfica (e imprevisible, si pensamos en el niño) de lo peor del hombre. ¿Cómo se puede dudar, después de eso, que la sexualidad es una fuerza absolutamente dañina? ¿Y cómo aguanta la gente vivir bajo el mismo techo que un preadolescente? Mi tesis es que sólo lo consiguen porque su vida está completamente vacía; pero mi vida también está vacía y no lo he conseguido. De todas formas todo el mundo miente, y miente de la manera más grotesca, Estamos divorciados, pero seguimos siendo buenos amigos. Veo a mi hijo un fin de semana de cada dos; menuda mierda. En realidad los hombres no han tenido nunca el menor interés por sus hijos, nunca han sentido amor por ellos, y además los hombres son incapaces de amar, es un sentimiento que les resulta completamente ajeno. Lo único que conocen es el deseo, el deseo sexual en estado bruto y la competición entre machos; y luego, en otra época y dentro del matrimonio, podían llegar a sentir cierto agradecimiento por su compañera cuando les daba hijos, llevaba bien la casa, era buena cocinera y buena amante; entonces les agradaba compartir la cama con ella. Quizá no era lo que las mujeres deseaban, quizá había un malentendido, pero podía ser un sentimiento muy fuerte, e incluso si se excitaban, por otra parte cada vez menos, tirándose a una nena de vez en cuando, ya no podían vivir, literalmente, sin su mujer; cuando ella desaparecía empezaban a beber y se morían en unos pocos meses. Los hijos, por su parte, servían para transmitir una condición, unas reglas y un patrimonio. Esto era así, claro, en las clases feudales, pero también entre los comerciantes, los campesinos, los artesanos; de hecho, en todas las clases sociales. Ahora nada de eso existe: soy un empleado, vivo en régimen de alquiler, no tengo nada que dejarle a mi hijo. No tengo un oficio que enseñarle, no tengo ni idea de lo que hará en la vida; de todos modos, las reglas que yo conozco no valdrán para él, vivirá en otro universo. Aceptar la ideología del cambio continuo es aceptar que la vida de un hombre se reduzca estrictamente a su existencia individual, y que las generaciones pasadas y futuras ya no tengan ninguna importancia para él. Así vivimos, y actualmente tener un hijo ya no tiene sentido para un hombre. El caso de las mujeres es distinto porque siguen necesitando alguien a quien amar; cosa que nunca ha sido y nunca será el caso de los hombres. Es falso pretender que los hombres también necesitan cuidar a un bebé, jugar con sus hijos, hacerles mimos. Por mucho que lo repitan desde hace años, sigue siendo falso. En cuanto un hombre se divorcia, tan pronto como se rompe el entorno familiar, las relaciones con los hijos pierden todo su sentido.”…Ceroalaizquierda, socorrido alias del Venturín más prosaico y fracasado, obsesionado con los acertijos pop de DFW, sigue luchando por encontrar his own way. Evidentemente está perdido, pero, cree haber encontrado una (meta)solución Folk. Como bien sabéis, el páramo existe. El diarioprueba es buena prueba de ello. Averiguar con certeza dónde se encuentra es otro cantar. Hay días en que parece evidente que está en la taiga, más en concreto, en las lacustres aguas del Baikal. Otras veces, juraría que está en la desnortada cabezota de Venturín… pero echemos la vista atrás, vayámonos hasta el 15 de abril de 2009 cuando cutrereflexionaba un autoexigente Ceroalaizquierda:
¿En que acabará convirtiéndose ceroalaizquierda? Peor aún, ¿en que se ha convertido ya? ¿Tenemos en ciernes a un peripatético neorrural? ¿A un tronado de los que acaban cociendo pan en Agadir o en el Atlas, auto convenciéndose del gran paso que ha dado, mientras no puede vivir sin el portátil y mil pijadas más? ¿A un clásico “perjiseiro” o un no menos clásico “cagapoquito”? ¿A un potencial estilita o a un decadente y endogámico pusilánime?...
Fijaros en el patetismo caricaturesco y estereotipado de las bochornosas alternativas vitales que se abren como oscuras bocas de lobo en el horizonte más cercano de nuestro quijotesco ceroalaizquierda.”
Está claro que sustraerse al rodillo arcaizante y a su bien triturado main stream, puede acabar con cualquiera de nosotros humillado, derrotado, anatemizado, comprando una pistola en el mercado negro, y un largo etcétera de lindezas por el estilo, todas ellas carne de presidio o manicomio. Por eso resulta reconfortante e iluminador, aunque sea pueril, embalarse cuando cree uno descubrir una solución, ya sea pop o folk, para distanciarse así, metafórica y literalmente (magnífica dualidad que define al páramo), del mundanal noise y estrépito que caracterizan la atestada y abarrotada vida enlatada de dirección única...

Situémonos. Septiembre de 2002. Suplemento “Semanal El País”. Supongo que como tantos otros, me quedé de piedra leyendo las luminarias que a continuación reproduciré. El susto que me llevé se debía, no a lo dicho, que también, sino a quien lo dijo, a saber, un psiquiatra, para mí por aquel entonces desconocido: Carlos Castilla del Pino, "el psiquiatra rojo". Vaya gachó.
Pero a lo que vamos. Siendo Venturín un pobre chaval de ocho años, recién llegado a Lima, y antes de que me matricularan en mi nuevo Colegio, fui requerido para presentarme en un despacho, que recuerdo perfectamente, para hablar con una persona. Esta persona, una mujer, empezó a sacarme dibujos de aquí y allá, y venga a preguntarme que qué veía, qué me recordaban, etc. Provisto al poco rato de papel y lápiz me pidieron que dibujase esto y aquello. Entre otras cosas, una casa, cómo a mi me gustase. Por aquellas épocas yo me solía dibujar dentro de un volcán, vacío por dentro (el volcán, claro está; sueño inconcluso de Chillida), con enormes estructuras de almacenaje llenas de armamento. De él hasta podían salir aviones de guerra.

tipo de las que nos encontramos en los telediarios, estos queridos allegados, frustrados ante semejante desprendimiento e indeferencia telediaria, entonan sus armoniosos: “qué te va a importar a ti, si no vives en este mundo. Ahí, sentado al lado del pozo, leyendo a Nietzsche” Esta magnífica definición de lo que es estar en el Páramo está transcrita literalmente. Me la espetaron, casi les doy las gracias por su capacidad de síntesis, mis padres, un día cualquiera, mientras se indignaban por cualquier estupidez del telediario, y más aún, ante mi absoluta indeferencia ante la misma. Eso sí, les aclaré que de Nietzsche, yo tan solo leí dos libros.
Como veis, algunos de los anteriores son de esos libros que según con quien hablemos, el no haberlos leído, nos dirán, es como no saber cuánto es dos más dos.
La torre herida por el rayo: Qué divertido. El amigo Arrabal en estado de gracia total. De tener que recurrir a etiquetas de esas que se ven a diestro y siniestro cuando se publicitan libros, no habría suficientes. El caso es que engancha de mala manera. Una partida de ajedrez que enfrenta a dos tipos muy raros, un paranoico perdido y el otro un fundamentalista de la guerra fría. Y a los dos se las va la pinza muy seriamente… mucho estrés me parece a mí.
El Tío Sam, denostado por las masas all over the World, cuyas orejas soportan un planetario “Fuck You” cada vez que se le ocurre coger el Air Force One para salir de su rancho, se nos ha metido hasta los tuétanos.
Ayy, nuestra esencia, fruto de esa indescriptible y milagrosa conjunción de diversidades celtíbero-tardoromanas-judeo-mahometanas y demás murga, cantada en varias lenguas por los bardos de turno, normalmente a sueldo de los representantes populares.
Hace no muchos años a todos se nos quedaban los ojos como platos cuando leíamos en los periódicos (qué inocencia la nuestra) que en tal Estado Americano los tribunales de Justicia habían concedido una indemnización de tropocientos mil millones de dólares a alguna anciana comatosa y taquicárdica que, con la idea de rememorar las inolvidables peripecias que en compañía de su fallecido esposo había vivido en el lecho conyugal, no se le ocurría mejor cosa que comprar “Deeply inside” radical y degradante publicación porno, especializada en una lista inimaginable de filias, a la vista de la cual (buff, qué calor), y tras subirle la tensión a mínimos de 17 y el ritmo cardiaco a 180 pulsaciones/minuto, un trombo cuasi-asesino acabó con nuestra protagonista, la tía Mildred, ladeada del costado izquierdo por el resto de sus días. Evidentemente el jurado lo tuvo claro, y los desalmados editores de la selecta revistita, que ni se habían preocupado por introducir la más mínima advertencia sobre el resultado que la visión de semejantes tropelías sexuales podía conllevar en ancianas derrengadas y comatosas, decíamos que los desalmados editores tuvieron que pagar a la señora por nueva.
Casos como este nos parecían hilarantes excepciones al sentido común, inimaginables por estos lares y sólo propias de Yankilandia. El tiempo, sin embargo, empezó por acostumbrarnos a ellas. Aunque aún seguían siendo cosa de los USA, por habituales, no nos sorprendían tanto. Ahora la realidad es otra. El Tío Sam se ha comido con patatas a Sceavola y a Manresa. Cualquiera que tenga relación con el derecho y su aplicación práctica conoce la vociferante tendencia a la “objetivación de la culpa”, proceso de descarado y descarnado mimetismo Yanki que, traducido a la geometría, se correspondería con la enigmática “cuadratura del círculo”. Que ello sea buena o mala cosa no lo sé, pero que la cosa es así es indiscutible. Nos encontramos con que figuras de la categoría del caso fortuito y la fuerza mayor son especies en vía de extinción, lo mismo que la concepción subjetivista de la culpa, entendida ésta, sobre todo, como un ánimo o intención personal, teorías y figuras todas ellas devoradas por la “cosificación de la cosa” y su siamesa “teoría del resultado”: la búsqueda paranoica e inevitable de un culpable a quien cargarle nuestras desgracias, sí o sí, siempre, sin atenuantes. Cada vez más, la existencia de un resultado lesivo, traducido siempre por los “cosificadores profesionales” en una cantidad de dinero, implica obligatoriamente la responsabilidad de un tercero, persona siempre independiente/ajena al lesionado o perjudicado, y ello con independencia de su verdadero ánimo, y hasta de su relación directa o indirecta con el suceso. Vamos, que uno le vende un cuchillo a un individuo en apariencia normal, personaje este que tras un trivial incidente en el trabajo intenta cortarse las venas y tenemos bastantes papeletas para que nos acaben cargando el marrón.
El estrafalario caso de un grupo de amigos (entre los treinta y los cuarenta años) fashion-participativos-antisistema que, de viaje off the road/alternativo por Yemen (hay que ser memo) y al corriente de los peligros que ello implica (secuestro, asesinato y apaleamientos varios), se toparon, ni más ni menos, qué mala suerte la suya, con los peligros que ello implica (secuestro, asesinato y apaleamientos varios). El caso es triste y dramático, pero verlos quejarse (a los supervivientes, claro está) recuperando su verdadera condición de burgueses occidentales, alegando que lo sucedido era inimaginable, y que por ello rodarían cabezas, desde el cónsul hasta el tour-operador (olvidándose sin pudor de su estilo/pose pseudo-chilaba) resultaba bochornoso, odioso, patético, pueril, engreído… todo a la vez.
El estremecedor asunto de la madre, histérica, escandalizada y posesa, cuyo hijo decidió gastarle un bromita a todo el mundo escondiéndose en el bus del colegio en vez de bajar del mismo con sus compañeros e ir a clase. Como el niño durante esas cuatro horas que pasó en el bus debió pasar algo de calor, además de aburrirse lo que no está escrito al comprobar que su gracia pasaba desapercibida, la madre, ante los llantos del resentido y mimado vástago, decidió demandar desde al director del colegio y al sorprendido conductor que no entendía ni pío, hasta al delegado del gobierno… Señora, una bofetada coño!!
No me quito de encima una de mis tantas obcecaciones. Es más, no hago sino darle cancha para que me siga atosigando…
Viendo de espaldas al totémico personaje que C. D. Friedrich retrató confrontado con la abrupta naturaleza, con la roca, las nubes y, por supuesto, con sus íntimos fantasmas, no hace falta ser muy perspicaz para intuir su angustia. Quién, cómo, cuándo o porqué, bullen en su cabezota mientras contempla el horizonte.
Siguiendo adelante por este abstracto vericueto optimista – pesimista, o, elevándolo hasta su máxima potencia, órdago a la grande, su correlativo feliz – infeliz, llegaríamos a nuestra meta: felicidad – infelicidad.
Dejemos de lado radicalismos y simplismos como los anteriores e intentemos tirar por el camino del medio. Fijémonos un momento en el interesante caso de otra dualidad: frío – calor. Aunque podría parecerlo, no lo es tal. La una se define en base a la otra. Nadie discute que el frío es la ausencia de calor, como nadie defiende que el calor sea la ausencia de frío. Y también está claro que llegados a dicha total ausencia de calor, la temperatura no descenderá ni medio grado centígrado más, permaneciendo estable. El calor, sin embargo, podrá crecer ilimitadamente. Juntemos energía y lo comprobaremos.
Los hay que no tienen ninguna duda de que, fruto de su evolución, nuestro cerebro, para evitar que tropecemos dos veces en la misma piedra, se deleita embadurnándose día tras día con desgracias, frustraciones y demás batacazos anímicos, mientras que a sensaciones placenteras dedica escaso tiempo. Pretende tenernos alerta, que no olvidemos tales sinsabores para que nos podamos proteger de los mismos. Para que con ellos no volvamos a tropezar. Hay que joderse con nuestras meninges.
Parecería un chiste si no fuera cierto. Así como Witoldo Gombrowicz se llama Witold y fue su adoptada argentinidad, tras abandonar la Polonia natal, la que supuso la transformación gentilicia, en el caso de Haroldo Conti no hay nada que nos haga pensar en exilios y modificaciones sobrevenidas de su nombre. Nada de eso, a este lo bautizaron tal cual. Y pareciendo un chiste barato lo de su nombre, el titulo de la novela, por el contrario, parece más una cruel paradoja a la vista de lo que sigue.

Vistas las destacadas instantáneas que acompañan la ultima entrega Samaín, cualquiera diría que Caspar David Friedrich ha resucitado. O que su espíritu anida en algunos contemporáneos nuestros. En este segundo supuesto, entre ellos se encontraría M… quien aparte de escalar como una uruga retráctil, es capaz de anotar, glosar y sintetizar en imágenes la confrontación más antigua de la historia de la humanidad. El horizonte, la roca, el hombre, la naturaleza ¿? …

Acabo de leer “Matadero cinco” de Kurt Vonnegut y os digo que hasta me da rabia haberle dado caña al desconcertante Kurt en otra entrega, en aquella ocasión tras la lectura del decepcionante “Un hombre sin patria”, porque realmente el libro (Matadero cinco) es memorable. De obligatoria lectura, no lo dudéis.
No es de extrañar que semejante experiencia deje a uno temblando para el resto de su vida. Nació en nuestro protagonista una evidente empatía por una población civil que de la noche a la mañana, y sin ser Dresde objetivo militar, murió achicharrada. A nuestro Kurt nunca le gustaron las patéticas pseudo justificaciones de tal tropelía aliada… con estos y otros datos se podría pensar que el libro que al final iba a salir de sus manos habría de caer de manera inevitable en ciertos clichés casi panfletarios, tan habituales cuando los protagonistas de experiencias de esta índole deciden pasarlas al papel, clichés y actitudes en la mayoría de los casos totalmente comprensibles y justificables.

Que todo está inventado, o escrito, o lo que se quiera, es una verdad inamovible para una aplastante mayoría. Solo determinados egregios personajes son capaces de contradecir, y hasta dejar en evidencia, dicha máxima.