viernes, 11 de diciembre de 2009

Voy por la 107


Exactamente, ¿qué pasa aquí?

Duro es enterarse de ciertas cosas. Sin ir más lejos, ahora sé de las distintas posibilidades a la hora de enfrentarse a “las mesetas”. Porque ascender, subir, trepar, encaramarse, escalar, etc., empleando en ello hasta el último centímetro de osadía que nos quede, puede ser algo mucho más sencillo de poner en práctica, aunque en ello nos pueda ir hasta la vida si no sabemos dosificarnos o si desconocemos que nuestro límite está mucho más cerca de lo que creíamos, que vernos, asfixiados y victoriosos, arriba, donde acaba la escarpadura y empieza lo otro. Y de esto otro es de lo que me acabo de enterar.


¿Debo tranquilizarme? ¿Debería escapar? ¿Me vale ahora lo que me valió mientras subía?


También es duro no saber otras tantas cosas. Vaya Acertijo Volk. Si me equivoco, y posiblemente lo haré, debería volver al inicio… De lo contrario, una vez superada la escarpadura, no haré más que desesperarme y frustrarme. Envenenarme. Idealizar un magnífico rendimiento cardiaco, muscular y respiratorio vivido mientras ascendía: magnífico rendimiento que ahora no vale para nada. Al revés, no hará más que empeorar las cosas. Acelerará la degeneración. Histérico y enjaulado, demente y cardiópata, acelerará la degeneración.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Houellebecq y los estúpidos redomados

Hace unos meses leí en un suplemento cultural de algún periódico la escandalizada crítica de un profesional del criticismo sobre el gabacho Michel Houellebecq. El artículo era tal compendio de simplezas y argumentos acomodaticios, de esos para quedar bien con determinado, abundante y cada vez más poderoso grupo de paisanaje, a saber: los estúpidos redomados, que me quedé con las ganas de leer algo del Houellebecq este.

El critiquillo, que con su molicie de comentario no hacia más que ganar adeptos y admiradores a favor del objetivo de sus parvularias soflamas, pertenecía a ese tipo de personaje que siente una bochornosa tendencia al pelotilleo de quien o quienes detentan el poder en cualquiera de sus facetas. A estos avispados glosadores nada les revienta y molesta más que el hecho de que un escritorzuelo de tres al cuarto, o un verdadero genio, que también se las trae floja, se permita tener opiniones contrarias a las suyas, que, en el fondo y como bien sabemos, realmente son las de sus amos. Y en base a tales opiniones valorarán sus obras. Siendo esto, el valorar las obras del artista en base a las opiniones de éste, ya un problema, el asunto se agrava en el caso de nuestro critiquillo por lo que arriba indicamos, porque encima le hace la pelota al detentador del poder, de la moda, del aborregamiento. Y así, sólo tolerará las obras, aunque sean una verdadera mierda pinchada en un palo, de aquellos artistas que estén en total sintonía con el discurso de quien en ese momento detente el genérico poder a que hacemos alusión, a quien el critiquillo se dedica a hacerle la pelota de manera más bien guarrona o soez. Con tales datos, os podéis imaginar que Michel Houellbecq posiblemente dio alguna entrevista en la que se debió salir del redil al referirse a cualquier de los dogmas imperantes at this time. Y por eso, ya me cae bien.

El libro que me compré: “Las partículas elementales”, me gustó, por momentos mucho y en otros menos. Pero tampoco me pareció que fuera lo que dicen en la contraportada afamados individuos: “La gran novela del fin del milenio”, “Por más de una razón me recuerda a Céline…”, “Insolente y políticamente incorrecto, es un libro de caza mayor, al revés que tanto otros que cazan conejos”, “Atleta del desconcierto, experto en nihilismo, virtuoso del no future”… realmente parece que están hablando de DFWallace, de quien leyendo “Las partículas elementales” uno se queda con la seguridad de que Houellebecq, aparte de admirar, amagó con imitar (resulta evidente) antes de ser conocido en Europa el fenómeno Wallace. Como no podía ser de otra manera, el amago, ciertamente descarado, no dio los frutos esperados, pues no hay color entre ambos.

Pero veamos algunas perlitas Houellebecq, graciosas y discretas, pero que nos van entonando:

“Nunca he entendido a las feministas... -dijo Christiane a media cuesta-. Se pasaban la vida hablando de fregar los platos y compartir las tareas; lo de fregar los platos las obsesionaba literalmente. A veces decían un par de frases sobre cocinar o pasar el aspirador; pero su gran tema de conversación eran los platos por fregar. En pocos años conseguían transformar a los tíos que tenían al lado en neuróticos impo­tentes y gruñones. Y en ese momento, era matemático, em­pezaban a tener nostalgia de la virilidad. Al final plantaban a sus hombres para que las follara un macho latino de lo más ridículo. Siempre me ha asombrado la atracción de las inte­lectuales por los hijos de puta, los brutos y los gilipollas. Así que se tiraban dos o tres, a veces más si la tía era muy follable, luego se quedaban preñadas y les daba por la repostería casera con las fichas de cocina de Marie-Claire. He visto el mismo guión repetirse docenas de veces.”

“Es difícil imaginar algo más estúpido, agresivo, inso­portable y rencoroso que un preadolescente, sobre todo cuando está con otros chicos de su edad. El preadolescente es un monstruo mezclado con un imbécil, de un conformis­mo casi increíble; parece la cristalización súbita y maléfica (e imprevisible, si pensamos en el niño) de lo peor del hombre. ¿Cómo se puede dudar, después de eso, que la sexualidad es una fuerza absolutamente dañina? ¿Y cómo aguanta la gente vivir bajo el mismo techo que un preadolescente? Mi tesis es que sólo lo consiguen porque su vida está completamente vacía; pero mi vida también está vacía y no lo he consegui­do. De todas formas todo el mundo miente, y miente de la manera más grotesca, Estamos divorciados, pero seguimos siendo buenos amigos. Veo a mi hijo un fin de semana de cada dos; menuda mierda. En realidad los hombres no han tenido nunca el menor interés por sus hijos, nunca han sen­tido amor por ellos, y además los hombres son incapaces de amar, es un sentimiento que les resulta completamente aje­no. Lo único que conocen es el deseo, el deseo sexual en es­tado bruto y la competición entre machos; y luego, en otra época y dentro del matrimonio, podían llegar a sentir cierto agradecimiento por su compañera cuando les daba hijos, lle­vaba bien la casa, era buena cocinera y buena amante; en­tonces les agradaba compartir la cama con ella. Quizá no era lo que las mujeres deseaban, quizá había un malentendido, pero podía ser un sentimiento muy fuerte, e incluso si se ex­citaban, por otra parte cada vez menos, tirándose a una nena de vez en cuando, ya no podían vivir, literalmente, sin su mujer; cuando ella desaparecía empezaban a beber y se mo­rían en unos pocos meses. Los hijos, por su parte, servían para transmitir una condición, unas reglas y un patrimonio. Esto era así, claro, en las clases feudales, pero también entre los comerciantes, los campesinos, los artesanos; de hecho, en todas las clases sociales. Ahora nada de eso existe: soy un em­pleado, vivo en régimen de alquiler, no tengo nada que de­jarle a mi hijo. No tengo un oficio que enseñarle, no tengo ni idea de lo que hará en la vida; de todos modos, las reglas que yo conozco no valdrán para él, vivirá en otro universo. Aceptar la ideología del cambio continuo es aceptar que la vida de un hombre se reduzca estrictamente a su existencia individual, y que las generaciones pasadas y futuras ya no tengan ninguna importancia para él. Así vivimos, y actual­mente tener un hijo ya no tiene sentido para un hombre. El caso de las mujeres es distinto porque siguen necesitando alguien a quien amar; cosa que nunca ha sido y nunca será el caso de los hombres. Es falso pretender que los hombres también necesitan cuidar a un bebé, jugar con sus hijos, hacerles mimos. Por mucho que lo repitan desde hace años, sigue siendo falso. En cuanto un hombre se divorcia, tan pronto como se rompe el entorno familiar, las relaciones con los hijos pierden todo su sentido.”…

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dibújame tu casa, por favor



Situémonos. Septiembre de 2002. Suplemento “Semanal El País”. Supongo que como tantos otros, me quedé de piedra leyendo las luminarias que a continuación reproduciré. El susto que me llevé se debía, no a lo dicho, que también, sino a quien lo dijo, a saber, un psiquiatra, para mí por aquel entonces desconocido: Carlos Castilla del Pino, "el psiquiatra rojo". Vaya gachó.

“(La muerte de mis hijos) No ha sido el máximo dolor de mi vida. A mí me ha afectado más, mucho más en mi vida, el no haber obtenido la cátedra de psiquiatría en 1960 que la circunstancia de la muerte del hijo. Son dos cosas totalmente distintas, desde luego. La pérdida de la docencia significó primero una frustración, y al mismo tiempo un ostracismo: dejé de ir a congresos de psiquiatría internacionales porque me encontraba con antiguos colegas (que temían saludarme por si les veía el mandamás de entonces) y era tan desagradable verles que dejé de ir durante bastantes años. Me afectó mucho. Mientras que cuando mi hija se quitó la vida..., yo inmediatamente me dije que esto no debía vencerme. Me blindé…

A mí me han gustado los niños mientras descubren el mundo con la magia del andar, del tocar, y del hablar, pero ya después, a partir de los seis, siete años, ya no me han interesado. Soy muy susceptible ante lo que significa la perturbación del reposo del guerrero, y, desde luego, los hijos son un incordio. Lo tremendo del caso es que tanto mi mujer como yo nos casamos con la idea de no tener hijos, porque pensábamos en la carrera intelectual y ella en sus lecturas... Pero las cosas vinieron así. Vaya, que gracias al amor quedó embarazada. En aquella época no era tan fácil, ni siquiera para mí, ir a una farmacia y pedir preservativos…

Cuando los hijos ya son mayores, muchas veces se tornan conflictivos. Yo lo estoy viendo en la consulta cada día. Vienen padres machacados por los hijos, muy frecuentemente con problemas de drogas. Hay padres que me dicen: “Si se muriese, descansaría”. Yo lo vi clarísimo. Me dije que a mí no me destruirían ni mis hijos.”

Como os podéis imaginar, ante semejantes comentarios resulta inevitable querer saber algo más del interfecto. Para unos, eminencia, y para otros, algo menos, lo que es indudable es que Carlos Castilla (recientemente fallecido) era alguien. Alumno aventajado de López Ibor y luego su rival, escandalizado ante la injusticia que veía a su alrededor, tomó partido claramente por los necesitados y los perdedores tras la guerra civil. Cosa nada común por aquel entonces, y casi imposible de comprender en quien había presenciado el fusilamiento, así, de buenas a primeras y por la cara, de sus tres tíos (uno de ellos tutor de Castilla del Pino por haber quedado éste huérfano) y un primo a manos de los republicanos en su San Roque natal. En el capítulo que le brindan a Castilla del Pino en la serie de La Dos “Esta es mi tierra” la parte que le dedican a estos acontecimientos deja a uno helado. En el programa se cuenta cómo, tras llevarse algunos exaltados a sus tíos y primos, quienes con el resto de la familia estaban refugiados en la casa familiar, salió corriendo al rato un joven Carlos Castilla en su búsqueda. En el documental, acompañamos a Castilla del Pino por el mismo recorrido que realizó en el año 1936 tras escabullirse de la vigilancia de su madre. A escasos metros de la casa, a lo largo de una céntrica calle de San Roque, se va encontrando, de uno en uno, los cuatro cadáveres. Al último de ellos, un tío, se lo encuentra en un zaguán, aún vivo por unos minutos, con 21 disparos en el cuerpo.

Con estos antecedentes, hace unos días me abalancé sobre “Pretérito imperfecto” el primer tomo de sus memorias. Ahora estoy con el segundo “Casa del olivo”, sin duda de menos nivel.

Pero a lo que vamos. Siendo Venturín un pobre chaval de ocho años, recién llegado a Lima, y antes de que me matricularan en mi nuevo Colegio, fui requerido para presentarme en un despacho, que recuerdo perfectamente, para hablar con una persona. Esta persona, una mujer, empezó a sacarme dibujos de aquí y allá, y venga a preguntarme que qué veía, qué me recordaban, etc. Provisto al poco rato de papel y lápiz me pidieron que dibujase esto y aquello. Entre otras cosas, una casa, cómo a mi me gustase. Por aquellas épocas yo me solía dibujar dentro de un volcán, vacío por dentro (el volcán, claro está; sueño inconcluso de Chillida), con enormes estructuras de almacenaje llenas de armamento. De él hasta podían salir aviones de guerra.

Hace algunos años, hablando con Pe, me enteré de que, entre alguna rama de la psicología, esto de hacer dibujar a los niños sus casas ideales no es tema baladí. Me escandalicé recordando el episodio en el colegio en Lima. Así que me estaban analizando. Con esto de la casa imaginaria, hay quien dibuja unas preciosas mansiones con las ventanas y puertas abiertas, sin un muro de cierre en el jardín y todo ello bajo un sol brillante (qué encanto, dirán). Otros dibujan unas lúgubres estructuras que más bien recuerdan un bunker (que lo encierren, pensarán). Otros dibujábamos volcanes vacíos por dentro y llenos de armamento (que lo sometan a procesos de eugenesia, que lo castren, es un virus). Como resulta evidente, los petardos especialistas en salud mental relacionarán estas casas ideales con la tendencia a la extra/introversión del pobre niño-cobaya, y no sé cuántas potenciales desviaciones de la personalidad.

¿Y qué dibujó nuestro amigo Carlos Castilla? Impresionante, la suya es de traca. Me encanta, espectacular. Su casa ideal: bunker de hormigón bajo tierra, llenas de libros las paredes y sin ninguna comodidad salvo camastro, mesa y flexo. Por si fuera poco, Castilla nos explica que la escotilla con la que se comunicaba con el exterior (que tan sólo utilizaba para que le dejaran la comida) estaba blindada, y que la escalera interior podía ser retirada desde abajo. Qué tío.


jueves, 15 de octubre de 2009

Autumn leaves


Agua pasada no mueve molino. Pasó la marola, pasó la mar toda. Bueno es culantro, pero no tanto. Sarna con gusto no pica, pero mortifica…

Repaso ahora, pura nostalgia estival mientras uno se prepara ya para disfrutar del Autumn y sus leaves, las lecturas caniculares. Recomendaciones, descubrimientos, must haves, y de todo un poco. Punto de partida, o más bien epicentro de la cuestión: el pozo de nuestra huerta. Punto neurálgico en el que me abandono. Palabra clave con la que allegados resumen mi dispersión ante realidades para ellos importantes, aunque para alunizados como Venturín, simples tonterías. Ante la negativa persistente a dedicarle un minuto de actividad mental a sandeces del tipo de las que nos encontramos en los telediarios, estos queridos allegados, frustrados ante semejante desprendimiento e indeferencia telediaria, entonan sus armoniosos: “qué te va a importar a ti, si no vives en este mundo. Ahí, sentado al lado del pozo, leyendo a Nietzsche” Esta magnífica definición de lo que es estar en el Páramo está transcrita literalmente. Me la espetaron, casi les doy las gracias por su capacidad de síntesis, mis padres, un día cualquiera, mientras se indignaban por cualquier estupidez del telediario, y más aún, ante mi absoluta indeferencia ante la misma. Eso sí, les aclaré que de Nietzsche, yo tan solo leí dos libros.

Pero volvamos al inicio. Vengan las listas, tan apreciadas por alunizados de todo género. Entre otros menos relavantes, pasaron por el pozo, y sus diversas sucursales:

Orlando de Virginia Woolf, El Juego de los abalorios de Hermann Hesse, Diccionario de los ismos de Juan Eduardo Cirlot, el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, Rayuela de Julio Cortazar, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, La torre herida por el rayo de Fernando Arrabal, La misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria de José Donoso, El desierto de los Tártaros de Dino Buzzati, En busca del Barón Corvo de A.J.A Symons, La niña del pelo raro de DF Wallace

Como veis, algunos de los anteriores son de esos libros que según con quien hablemos, el no haberlos leído, nos dirán, es como no saber cuánto es dos más dos.

Pero vengan más listas; hoy es mi santo, barra libre

Cuáles me gustaron más:

Rayuela: me dejó patidifuso, por lo menos hasta el ínclito capitulo 56 en el que te encuentras con ese pedantesco “fin” a mitad de libro. A partir de ahí, la cosa, también pedantesca, pierde mucho. Ante las divergencias en cuanto al orden que seguir al leerlo, como os podéis imaginar por lo que cuento, lo hice como cualquier otro libro, nada de andar saltando de un lado para otro como también recomienda el autor… Palabras mayores este libro.

El desierto de los tártaros: Inspiradísimo obsequio de Maicito. Qué bien está este libro. La fortaleza, la ascensión hasta llegar a sus puertas, los baluartes, el conflicto que no llega… un diez

La torre herida por el rayo: Qué divertido. El amigo Arrabal en estado de gracia total. De tener que recurrir a etiquetas de esas que se ven a diestro y siniestro cuando se publicitan libros, no habría suficientes. El caso es que engancha de mala manera. Una partida de ajedrez que enfrenta a dos tipos muy raros, un paranoico perdido y el otro un fundamentalista de la guerra fría. Y a los dos se las va la pinza muy seriamente… mucho estrés me parece a mí.

La niña del pelo raro. El menos bueno de los libros de DFW es impresionante. Aunque no está al nivel de los demás, hay varios cuentos/historias/ensayos en esta recopilación que dejan a uno totalmente extasiado-sorprendido-confuso-abrumado-… Lyndon, sobre el ex - presidente de los USA, La niña del pelo raro, inimaginables peripecias de los asistentes (gente realmente particular) a un concierto de Keith Jarrett, Hacia el Oeste, el avance del imperio continúa, incalificable narración sobre la reunión celebrada por todas las personas que a lo largo de la historia de McDonalds (y son miles) han participado en cualquiera de sus anuncios… Lo dicho, lo menos bueno de DFW es punto y aparte, excepcional. Este tío juega en otra liga. Qué perdida la suya.

viernes, 17 de julio de 2009

Más obcecación

No me quito de encima una de mis tantas obcecaciones. Es más, no hago sino darle cancha para que me siga atosigando…

Hace unas semanas, recorriendo una pobre feria del libro antiguo organizada en Santiago, me encontré con una obcecante delicatessen. Su titulo original alemán es “El año 1945”, no siendo necesaria por esas latitudes mayor explicación para saber de qué coño se está hablando. Aquí, para evitar confusiones (que considero imposibles a la vista de la portada), se adorna el título y se habla de catástrofe. Considerar dicho año como catastrófico es algo que reduce la cosa a los alemanes (y no a todos, evidentemente, pues habrá quien hable de liberación o de catarsis, aunque sin duda son mayoría quienes recurren a debacle, derrota, humillación y horror), así como a grupos a los que pocos meses de vida podían quedar, tales como Vlasovistas y similares.

1945, que sin duda incluyo en la lista que os presenté hace unos meses sobre este asunto, consiste en una selección de artículos, extractos y reflexiones de varios de los más destacados escritores teutones de la época. Desde bacas sagradas hasta jóvenes desconocidos, pasando por promesas que ya despuntaban. Interesantísimo. Entre ellos el hombre que sabía demasiado, Hans Erich Nossack, de quien ya os he hablado en otra entrega. Y Heinrich Böll, autor de such a touchstone relativa a estas enjundias como “El ángel callaba”, libro que aún no he conseguido y del que sufro una inalcanzable y frustrante presencia cada vez que paso por casa de Maicito, pues él sí que lo tiene. No hay derecho, injusticia cósmica.

martes, 7 de julio de 2009

Haroldo Conti "en vida"


Parecería un chiste si no fuera cierto. Así como Witoldo Gombrowicz se llama Witold y fue su adoptada argentinidad, tras abandonar la Polonia natal, la que supuso la transformación gentilicia, en el caso de Haroldo Conti no hay nada que nos haga pensar en exilios y modificaciones sobrevenidas de su nombre. Nada de eso, a este lo bautizaron tal cual. Y pareciendo un chiste barato lo de su nombre, el titulo de la novela, por el contrario, parece más una cruel paradoja a la vista de lo que sigue.

Como podréis comprobar si leéis la solapa de su “En vida” publicada por Barral en el año 1971, en ese año se interrumpe la pequeña biografía que nos muestra el editor, pues hacer de pitonisos no debe ir en el sueldo de los libreros. La curiosidad me llevó a buscar qué había sido de este individuo desde entonces. Pobre hombre. En sus biografías aparece un signo de interrogación en relación a la fecha de su fallecimiento. La de su desaparición sí está confirmada: 5 de Mayo de 1976. El lugar también: Argentina. A partir de ahí, vuelos de la muerte, operaciones Cóndor, la E.S.M.A., Videlas y demás batracios se le debieron cruzar "en vida". Para hacer un poco de luz sobre las injusticias que algunos tienen que pasar llega con echarle un vistazo a lo que cuenta su esposa sobre “la noche del secuestro”:
www.literatura.org/Conti/secuestro.html

lunes, 29 de junio de 2009

Caspar David Friedrich


Vistas las destacadas instantáneas que acompañan la ultima entrega Samaín, cualquiera diría que Caspar David Friedrich ha resucitado. O que su espíritu anida en algunos contemporáneos nuestros. En este segundo supuesto, entre ellos se encontraría M… quien aparte de escalar como una uruga retráctil, es capaz de anotar, glosar y sintetizar en imágenes la confrontación más antigua de la historia de la humanidad. El horizonte, la roca, el hombre, la naturaleza ¿? …

Siguiendo los pasos de nuestro admirado Protomártir, vemos cómo Ma… también es capaz de resumir dos años y medio de diarioprueba en una sola imagen. Qué capacidad, señores.

Para quien se sienta interesado por estupideces de este tipo, debiera ser de obligatoria lectura un delicioso librito de Rafael Argullol, “La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico” ilustrado con magníficos cuadros, entre ellos varios de C. D. Friedrich. También el tangencial “El fin del mundo como obra de arte”, ambos editados en la actualidad por El acantilado.

miércoles, 10 de junio de 2009

Kurt Vonnegut y los extraterrestres


Acabo de leer “Matadero cinco” de Kurt Vonnegut y os digo que hasta me da rabia haberle dado caña al desconcertante Kurt en otra entrega, en aquella ocasión tras la lectura del decepcionante “Un hombre sin patria”, porque realmente el libro (Matadero cinco) es memorable. De obligatoria lectura, no lo dudéis.

El amigo Vonnegut fue de los pocos afortunados que salió con vida del Valkiriano bombardeo de Dresde, a comienzos de 1945. Allí se encontraba, junto con otros compatriotas yankis, prisionero de los Nazis tras ser capturado deambulando entre líneas. Aquella orgía de fuego Vonnegut la vivió en el Schlachthof fünf, osease, el matadero nº 5 de la ciudad de Dresde. Cuando acabó el interminable y fáustico redoble, Kurt asomó sus vidriosos ojitos fuera de la cueva y pensó que estaba on the moon.

No es de extrañar que semejante experiencia deje a uno temblando para el resto de su vida. Nació en nuestro protagonista una evidente empatía por una población civil que de la noche a la mañana, y sin ser Dresde objetivo militar, murió achicharrada. A nuestro Kurt nunca le gustaron las patéticas pseudo justificaciones de tal tropelía aliada… con estos y otros datos se podría pensar que el libro que al final iba a salir de sus manos habría de caer de manera inevitable en ciertos clichés casi panfletarios, tan habituales cuando los protagonistas de experiencias de esta índole deciden pasarlas al papel, clichés y actitudes en la mayoría de los casos totalmente comprensibles y justificables.

Pues bien, Kurt es distinto. Es de esos elegidos capaces de regurgitar un libro deslumbrante de una experiencia como la indicada. Cosa realmente difícil debe ser el abstraerse del redoble fáustico, el evitar apabullarnos con las escandalosas cifras y estadísticas de la tropelía, etc., cuando has estado allí. Aún más complicado es hacerlo de manera tal que el resultado sea como el que es en este caso. Merece la pena leerlo. Vonnegut, dotado de una imaginación Cunqueirana, se descuelga con el planeta Trafalmadore, con Kilgore Trout, con la ausencia del tiempo, y realmente deslumbra. Un diez.






viernes, 5 de junio de 2009

Qué mediocridad

Que todo está inventado, o escrito, o lo que se quiera, es una verdad inamovible para una aplastante mayoría. Solo determinados egregios personajes son capaces de contradecir, y hasta dejar en evidencia, dicha máxima.

Que los demás pertenecemos a lo vulgar y mediocre es algo impepinable. Aunque nos dediquemos a soltar ocurrencias y estupideces sui – generis con las que intentar diferenciarnos del main stream, difícil será que alcancemos un milímetro de originalidad… triste realidad que sólo la vanidad y el exhibicionismo nos ayudan a obviar.

Pues bien, ni siquiera a la hora de elegir sobre el mapa, “on the ground”, un punto geográfico en el que situar el peripatético Páramo existencial en el que me arrinconaba al empezar esta patatada hace dos años y medio, acerté. El otro día encontré un libro titulado “El lago Baikal”, …cachindiez!! En él, un desconocido Thomas Strittmatter, sitúa su vía de escape ante una realidad que lo agota y extenúa. Evidentemente el libro no merece la pena… normal en alguien que decide hablar sobre estas cosas con alusiones tan pobres como la del título…


viernes, 22 de mayo de 2009

Samaín II (X.L. Méndez Ferrín)

Vuelve el aullido fenomenológico, el ululante bramido. Ven tidós… Algunos fines de semana, presos del mugido atávico, los dedicamos a asolagarnos de Galicia. Entre mil destinos inexcusables, yendo de aquí para allá, con el escalofrío vernáculo en máximos poco saludables, yo acabo recitando, mientras volvemos en el coche hipnotizados polos queixumes dos pinos, una sarta de tonterías Samaín, frases hechas y estupideces al por mayor, que ya quisieran para sí algunos de nuestros cutres representantes para utilizar en sus estúpidos aquelarres.

Especialmente emocionante fue nuestro paso por Celanova, berce de destacados literatos. Sin saber nada de su existencia descubrimos “A casa dos poetas”. Instalada en la casa natal del bardo Curros Enríquez, se pretende con ella mostrar a curiosos, convencidos y despistados las excelencias de una serie de hombres de letras oriundos de aquella pródiga comarca: Curros, Celso Emilio Ferreiro, Xosé Luis Méndez Ferrín, el combativo Pepe Velo, etc.

Aunque la casa museo se queda muy corta, y hasta cutre, pensando en las posibilidades que la anterior terna ofrece, mejor que nada es. Pero a lo que vamos, dos cosas hay entre la pléyade arriba descrita que están a un nivel estratosférico:

Una es el título del poemario de Celso Emilio “Longa noite de pedra” absolutamente genial (el título, sólo el título, que el libro es otro cantar). Nadie ha sabido aclararme si la inspirada frase es cosecha propia de Celso Emilio o no. Ante la duda prefiero pensar que sí…

La otra cosa estratosférica, casi sideral, es mucho más seria, no una simple anécdota como la anterior: Xosé Luís Méndez Ferrín. Este tío me tiene totalmente abraiado. Es un verdadero portento. Empezando porque en vez de estar ligado a Celanova, lo está a la aldea de al lado, la sonora y musical “Vilanova dos infantes”, caserío en forma de concha atravesado por una robusta torre. A los niveles en que escribe este individuo, las explicaciones resultan ridículas. Otra cosa son las impresiones que nos produce al leerlo. Y no conozco a nadie que trasmita como él la sensación de que cada una de las frases de sus novelas y cuentos pesan mil toneladas. Y que tan pronto como caen sobre el papel lo aplastan, lo deforman y se incrustan en él per seculam. Espectacular. De sus libros tan sólo leí “Arrabaldo do Norte”, “Elipsis e outras sombras” y “Retorno a Tagen Ata”. Este último es totalmente prescindible, los otros dos son absolutamente escandalosos y apabullantes. Encima “Arrabaldo do norte” es, según dicen, su primera novela, hay que joderse, qué nivel. En Elipsis, nuestro amigo Ferrín es un maestro indiscutible. Un elegido mayor, de esos que, aunque nos aburra o nos encante (y a mi me encanta), su magisterio es tan evidente como impepinable. Fuera de serie.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Una saison no inferno


El otro día, en la periódica visita a una de las librerías por las que me dejo caer con frecuencia, encontré, entre otras, una estupenda edición de “La divina comedia” ilustrada con unos magníficos gráficos sobre el alienante periplo que Virgilio y Dante llevaron a cabo hace siglos.

Estos psicotrópicos individuos forman una comuna de iluminados, junto con selectos viajeros del estilo Swedenborg, Blake, Rimbaud, Strindberg, etc., de lo más interesante. Sus libros, memorias y demás parrafadas acerca de tales trayectos son punto y aparte.

Cuántos de ellos habrán sucumbido al “crujir de dientes” no lo sabemos… pero es fácil imaginar el telele que en semejantes circunstancias les podía dar. Los dientes no se si les bailarían más de la cuenta, pero que sus intestinos debían ir por libre parece probable, además de justificado.





miércoles, 6 de mayo de 2009

El centauro


El otro día me compré una espectacular edición (Seix Barral, 1ª edición, 1968… venga consumismo) en un estado de conservación igual de bueno (venga fetichismo…), de “El centauro” de John Updike, de quien hasta la fecha no había leído nada, aunque ganas y curiosidad no me faltaban.

¡Tremendísimo libro¡ Espectacular… cómo escribía por aquellas épocas este tío. Vaya pasada, no os lo podéis perder. De por medio mitologías actualizadas, como Holderlines, Kazanzakises, Paveses, Kavafises y compañeros mártires, y personajes que, como mínimo, dejan huella: los Caldwell…

El Proyectil Sideral (qué pesadez la mía) en “Hablando de langostas” agrupa bajo el calificativo de “Grandes Narcisistas Masculinos” (GNM) a Norman Mailer, John Updike y Philip Roth, vacas sagradas de la literatura Yanki de los sesentas, setentas, etc. También añade a Bukowski en la terna, aunque sin tanta rotundidad. Al amigo Updike, reconociendo sus inspirados y espectaculares años de juventud, le hace un traje, de una crudeza y crueldad fenomenales, con motivo de la que por aquel entonces (finales de los noventa) era su última novela. Qué mala leche. DFWallace también cuenta que por aquellos lares, los GNM resultan en la actualidad algo incorrectos de más, pues representan una masculinidad bastante impopular en términos de igualitarismos – fashion, tan de moda entre mass media y políticos…

… en relación a estas idas y venidas de opinión al por mayor y demás paniaguadas por el estilo, tengo más que comprobado que el militantismo igualitario – fashion que caracteriza a tantos y tantos advenedizos y oportunistas de la creación artística consiste, única y exclusivamente, en decir en las ruedas de prensa o entrevistas en las que ellos, hombres, y sus compañeros, también hombres, hacen promoción de sus obras de cualquier género (todas ellas, auténticas extensiones metafóricas de sus atribuciones viriles) cosas como las siguientes: a) que en el fondo les gustaría ser mujeres (mentira fashion-oportunista-condescendiente), b) porque son ellas muy superiores en todo (elemento este que en caso de ser cierto, que lo desconozco, en boca de esos mediocres resulta otra aseveración fashion-oportunista-condescendiente), c) que no hacen más que aprender de las mujeres y d) que el espejo en el que, ilusionados, se miran a diario son ellas… una bacinilla, por favor. Estos artistas, representantes del estilo OT que se extiende como la pólvora, tienen una facilidad pasmosa y camaleónica para adaptarse al sujeto subvencionante que sea. Un sexto sentido digno de estudio, detector infalible de lugares comunes y palabrería político-fashion-güay-pedigüeña, les permite conjugar de manera simultánea himnos de masas del estilo “OTAN no bases fuera”, “Nosotras parimos nosotras decidimos”, “Hacienda somos todos” o “Ave María purísima, sin pecado concebida”, sin inmutarse, o haciéndolo sólo (el inmutarse, digo) para coger bien cogido el cheque que le cede el subvencionador de turno…

martes, 21 de abril de 2009

Histerismo decibélico


Volumen, más volumen, bramaban los acólitos de varios madmen del panorama sonoro. Incluidos los de estos flamígeros Hellacopters, entre los que me incluyo. No hay duda de que determinados géneros musicales, bizarros y fibrosos, como mejor suenan es a altas horas de la madrugada, sometidos a lo que el Barón Rojo denominaba “volumen brutal” y después de haber deambulado varias horas por locales de todo tipo en los que machaconamente no hacen más que poner bazofia… en esas circunstancias, indiscutible hambruna musical, el efecto de oír un poco de música que haga honor a su nombre es de lo más excitante. A uno le cambia la cara y, según el grado de intoxicación etílica de que haga gala, representará un espectáculo más o menos vergonzoso de poses y gestos con los que acompañar los trallazos guitarreros de los madmen.

Reconociendo que en el anterior relato un 99% del mismo es una especie de panegírico adolescente, resultado de las exultantes experiencias que en incidentes como el de arriba todos hemos vivido (algo similar a lo que diría cualquier aficionado a los coches tras encender un Lamborghini Miura, un Ferrari 250 SWB o un Ford GT40), nos queda el 1% restante. Y este 1% restante ha sido sometido a estudio. Como estúpidamente se dice ahora, ha sido “testado” (chorrada de palabra). Hasta hace unos días, desconocedor absoluto del resultado que el “volumen brutal” produce en determinadas frecuencias, sí que tenía muy claro un dato: dos discos de Hellacopters suenan “peor” que los demás. En concreto “Supershitty to the max” y “Payin´the dues”. Entre ellos, el primero suena mucho “peor” que el segundo, que, aún así, suena “mal”. Y os pongo peor entre comillas, porque es un sonar “peor” que está “muy bien”. Realmente suenan como “oímos” la música a las cinco de la madrugada, bébedos y tras llevar ocho horas de reggetón entre pecho y espalda. En resumidas cuentas: de manera distorsionada, estridente, y nosotros aturdidos. Dicho efecto sonoro, aparte de ser el resultado de nuestra noctámbula subjetividad y de cómo la misma percibe la música en tales circunstancias, es también el resultado del efecto que el volumen decibélico brutal produce sobre determinadas frecuencias. Como os indicaba antes, dicho efecto ha sido testado. Y entre otros muchos datos incomprensibles y aterradores, el experimento dio en su momento un espantoso resultado que a los aturdidos Hellacopters dejó muy preocupados: los discos compactos, debido a su mayor calidad, evitaban las distorsiones que, a volúmenes considerables, parecían el alma del Rock and Roll. Trabajando sobre la misma gama de frecuencias, la diferencia en cuanto a la distorsión entre el Cd y el vinilo es evidente y palmaria (0.01% en el Cd frente al 2% del vinilo). Para unos el Cd suena mejor y el vinilo distorsiona demasiado. Para otros el Cd tiene un sonido frío mientras que el vinilo palpita y hasta tiene vida. A mi todo esto se me escapa, la verdad… Pero a los Hellacopters, no:

Aunque nuestros flamígeros amigos siguen publicando vinilos, lo cierto es que sus ventas mayoritarias son en Cds. Para solucionar el defecto en distorsiones y estridencias que ello supone, teniendo en cuenta el hecho de que cualquier comprador de sus Cds se estaba perdiendo “algo” casi vivo, Hellacopters buscaron una solución. Ni cortos ni perezosos grabaron parte de sus trabajos en Cd (mientras la compañía les permitió dicha frivolidad), reproduciendo las distorsiones y estridencias que percibimos claramente a las cinco de la mañana, a un volumen salvaje, y poseídos por cierta bruma perceptiva. Ya no hay que poner el ampli al diez para que un Cd distorsione ese mísero 0.01% mientras el vecino distorsiona nuestra faciana a fofetadas. Adquiriendo determinados Cds de los incendiarios Hellas (los dos que arriba os digo) obtendremos unas distorsiones a lo bestia desde el uno. En “Supershitty to the max” el asunto se les fue de las manos, llegaron al coma etílico y a la vomitona. Suena mal de verdad, confuso, retumbante, diarreico. Cuando lo compré me quedé confuso, retumbante y diarreico, encima las canciones no están bien. Sin embargo en “Payin´the dues” compensan con creces el fiasco anterior. El experimento sonoro les salió mucho mejor y las canciones están realmente bien. Espídicas, contundentes y rabiosas. La espectacular edición que conseguí online viene acompañada de un cd en directo igual de vehemente. La portada es memorable, la contraportada también. Y los 28 minutos de arrebatado histerismo decibélico-distorsionado son una verdadera pasada. Como estar en el Superfuzz hace unos años (ahora que pienso hace cuántos, prefiero no decirlo).

jueves, 16 de abril de 2009

Grandiosidad mecánica


Una coincidencia de esas que a un tarado como yo le podría hacer sentir más ombligo que nunca, me ha hecho sentir más ombligo que nunca. Patético.

Hay una peli que a Montse y a Ombligo Tarado nos gustó mucho: “Lost Highway”. …Pues al proyectil federal, digo sideral, también.

De entre muchas escenas realmente espectaculares, una es mi favorita. …Pues el Proyectil Wallace asistió a su rodaje (única y exclusivamente al de esa secuencia) tras recibir el encargo de una (utilizando sus palabras) “publicación chic de la Costa Este” de hacer un artículo sobre la película que David Lynch rodaba en aquellos momentos. Los encargos que las “publicaciones chic de la Costa Este” hacían a DFWallace debían acabar como el rosario de la aurora, incluidos abogados y demás drama de discusiones y desencuentros a la hora de interpretar en qué consistían realmente dichos encargos y si las parrafadas de más de cien páginas que DFW les presentaba se podían o no considerar como el resultado deseable y esperado a los mismos.

Los dos protagonistas estelares de la secuencia de marras son Mr. Eddy, un Mafioso para enmarcar (interpretado por el espectacular Robert Loggia) y su, más espectacular aún, Niño mimado: un Mercedes 450 SEL 6.9 (1975 - 1981, 6.814 cc, V8 y 286 cv/hp). Un pedazo de coche de esos que si tuviese presupuesto suficiente para combustible yo conduciría a diario, hasta para ir de la cama a la cocina por las mañanas (así nos va con el global warming, soy un impresentable no sostenible). En un pique totalmente surrealista con otro conductor, los ocupantes de Niño mimado lo exprimen un poco. Niño mimado responde que no veas. La tracción trasera y los 286 cv/hp hacen temer por la estabilidad de la californiana falla de San Andrés. Se palpa la sacudida. Extasiado ante un empuje barbárico sin igual (en una mole de dos mil kilos), ante semejante sinfonía de metal y viento, el Mafioso para enmarcar suelta el acorde definitivo: “grandiosidad mecánica”, filigrana que a mi me llevó, presa de la emoción, a consultar al día siguiente los precios del artefacto en www.mobile.de.

Lost Highway se mueve por los irregulares territorios de lo que te gusta mucho o no te gusta nada. Los argumentos pierden importancia y la ganan la estética y otras cosas que soy incapaz de definir o analizar pero que este tío sabe manejar. Y no resulta ni pretencioso ni aburrido como tantos otros que se mueven por estos lares. Patricia Arquette sale que es para morirse del empacho después de comérsela cruda (a ella) tras encerrarla en el cuarto oscuro y asustarla hasta los miolos con una epatante performance interpretativa en la que nuestras mejores muecas de loco-fanático-del-sexo-zoofílico se verán salpicadas por chorros de baba y demás sudoraciones hasta conseguir que nuestra ninfa claudique… La música lo mismo, también para comérnosla… incluidos Rammstein, a quienes no soportaba pero que en la peli resultan un verdadero trallazo. Niño mimado está espectacular y su dueño es un autentico “personaje”.

Junto con “Cabeza borradora” (¡memorable!!!) y “Ciertopelo azul” es la que mas nos gustó del jamao de Lynch.

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