
Medio mecenas medio samaritano, Seelig visitó continuamente a Walser desde que éste decidió, voluntariamente, ingresar en el Sanatorio Mental de Herisau (Suiza), asqueado de un mundo y una sociedad que ni podía ni quería comprender. Atrás quedaban sus intentos literarios y sus luchas con unos editores que, ante su poco éxito, lo intentaban modelar de cara a atraer al gran público, aunque ello sin ningún resultado.
Se da la rara paradoja de que Walser, paseante compulsivo, haya escrito una petardada de libro sobre este motivo: “El paseo”, y que el de C. Seelig sea una verdadera delicia, cuando lo único que hace es ordenar las notas que fue tomando a lo largo de años y años de citas con Walser, encuentros en los que se dedicaba a dejar que éste hablase y a tomar nota de lo dicho. El libro es emocionante, tanto por el aprecio y admiración, que se trasluce en cada página, del autor por su acompañante, como por la propia figura de Robert Walser, personaje encantador, cuerdo hasta el delirio y lleno de opiniones libres y seductoras…

Así con todo, lo que más me impresionó del libro es algo totalmente ajeno al mismo. Viendo las seis fotos que ilustran la edición de Siruela, tan bonitas, me picó la curiosidad y en el buscador de imágenes de google introduje Robert Walser… bua!! Lo que me encontré. Aparte de algunas fotos de joven y de las que le sacó Seelig en sus paseos, salen otras pocas, en el mismo entorno… mismo decorado, alrededores de Herisau, mismas nevadas, mismo B/N, mismo R. Walser, pero distinta actitud. Está muerto, tumbado en la nieve. Final de película de un día que Robert empezó esperando a un Carl Seelig que, tal y como nos lo cuenta en su libro, ese 25 de Diciembre de 1956 no pudo asistir a su cita. A pesar de ello, Walser disfrutaba tanto de sus excursiones invernales que decide salir él solo de caminata… horas después se derrumbaba fulminado sobre la nieve. Palabras mayores.
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