
A
Sebald hay que tomarlo, entre otras cosas, como catálogo andante, aparte buen escritor, emigrado y melancólico empedernido. Y muerto en accidente, como
Drazen, que eso da una pátina al asunto que casi lo sumerge en lo eterno. Entre sus niñas bonitas, con las que da vueltas y vueltas en varios de sus peculiares manuales de la obsesión, y juega en columpios, y se emboba mirando para ellas, sobre todo en
Sobre la historia natural de la destrucción y
Pútrida patria, pero también en algunos de los textos recopilados, con prisa y sin xeito, por su ávido editor en
Campo santo, nos topamos con
Peter Weiss. Ojo con el personaje…
El mirar atrás que enfermizamente lleva a cabo
Sebald no tiene desperdicio, contagia. Una cosa son sus novelas y otra distinta sus demás barruntadas. Aquéllas alucinantes, éstas, tanto o aún más. Uno se mete en el asunto y se obceca, venga a desenmarañar el catálogo que el accidentado dejó bien clarito y detallado, al alcance de los que quieran embarrarse con el fatalismo yiddish y el repertorio de la destrucción total, del arrase incandescente de mediados los años cuarenta. Yo me apunto. Venga manuelas, digo manuales. Desde los poco conocidos por estos lares Nossack, Kasack, Weiss, Mendelssohn, Andersch, Kluge, etc., hasta los intocables Bernhard, Handke, Amery, Böll, Roth, Broch, Schnitzler… y hasta FranzK, ThomasM, EliasC, HermannH, RobertM. Hay dónde elegir. Todos los rastrea, en plan convulsivo puntillista,
Sebald.
Peter Weiss, cuya biografía contiene las notas definitorias de tantos y tantos hermanos de penurias, es de los que no las pasó tan canutas como otros. A tiempo se ubicó fuera del Reich. Y venga el dichoso sentimiento de culpa por haber sobrevivido al achicharre, al fatalismo y demás aderezo al uso. Su
Punto de fuga está bien, por momentos muy bien. Para titular el libro de esa manera hay que estar muy seguro de uno mismo. Lo de
Fuga, en el imaginario tedesco, lo emparenta a uno con Bach y su destilación de notas milagrosas, y con Celan y su réquiem total. Palabras mayores, un respeto. La realidad es que
Peter Weiss debió sentirse diminuto ante la comparación, y el título original en alemán habla de punto de
huida, sin llegar a utilizar la totémica palabreja. Se cuidó en salud, hombre respetuoso. Aquejado de cierto remolino creativo,
Peter le dio, como quien dice, a todo. Teatro, ensayo, cine, pintura, etc. Tiene su punto, sin duda. Dícese que algunas de sus obras son rompedoras, en el teatro su
Marat/Sade, sus diatribas escénicas sobre
Vietnam. Entre sus libros yo ando tras
La estética de la resistencia. Otro título que, rebasado el atrevimiento, linda la pedantería, pero del que circulan elogios tutiplén. Por ahora, leídos
Informes y
Punto de fuga, la cosa promete.
Ni que decir que la edición de
Punto de fuga (1970 Lumen), de la misma colección que el impactante
De un castillo a otro de Céline, me tiene flipado. La portada es también de
Herr Jové, alucinante. También es suya la de
Informes (1969 Lumen). Weiss encima era colega de
Luz del norte. En la foto de arriba lo tenéis con
IngmarB...
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