
Esta dichosa huida métrica rumbo a las
planicies del sinsentido hay días en que lo deja a uno hasta las mismísimas
narices… con ganas de cogerse el manual de instrucciones del televisor
y leérselo todito de comienzo a fin para así poderse agarrar a alguna evidencia,
aunque sea técnica, al criterio de los que nos dicen lo que sí vale y lo que no
vale… como si cojo una lista de los diez mejores pararrayos y me hago masa de
un chispazo…
El primer día que me dieron a escuchar la
música de Cecil Taylor me escandalicé interracialmente… quien
me lo propuso lo hizo para escandalizarse conmigo… adónde carajo se cree que va
este tipo con su piano, no me toques las morales… al poco tiempo ya me gustaban
sus primeros discos, los de mediados los años cincuenta, creo que menos “incomprensibles”
que los de los sesenta, pero, desde luego, más audibles que éstos… ahora, con
el Norte
perdido irremediablemente, hace ya tiempo que me gustan todos los de
esa época… pura tortura rítmica… es más, los primeros hasta me parecen
blandos… ya mismo os advierto que hablar de música en términos de más o menos
comprensible, como estamos haciendo, es en sí una cuestión estúpida, una
chorrada, vaya… de ahí las comillas.

Los relatos del final del libro, poco
menos de la mitad, ya no son ni de Cecil Taylor ni estrepitosos ni parecen de
Arno… tampoco salen los meteoros del estío ni estrella fugaz alguna… son como
un relleno
infame, seguro que artimaña de algún compendiador. Podrían ser de
cualquiera menos de Cecil Taylor. No entiendo a qué juegan estos tipos. Si soy Herr Arno
me corto la melena y se la hago tragar enterita empezando por los piojos a
quien haya tenido la idea de juntar ámbalasdúascousas: los relatos de Cecil
Taylor con los que no lo son.
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