

Tras leer
Paisaje de cemento me quedé con la sensación de que
Jakov Lind se las podía gastar pero que muy bestias, a poco que le diera por ahí. En medio de su paisaje de hormigón aparecen unas cuantas salvajadas que dejan a uno acongojadito… pues las desgracias estilo
gore, estando bien presentadas, revuelven un poco tripas y conciencias. O nos da la risa con ellas, o nos atragantan y desacougan.
En
Contando mis pasos, relato autobiográfico de las andanzas de Jakov (nacido en 1927) hasta finales de los años 40, el amigo Lind se corta aún menos. Y ya no
ficcionando, sino que vertiendo opiniones (hasta hirientes y estrafalarias según quien las lea) y vivencias sobre el asunto
Shoah. Odiado a espuertas por sus compañeros yiddish de penurias, las que suelta esta víctima de los escuadrones de ojos azules parecen, por momentos, chistes intolerantes cargados por el diablo. Reconociendo, otra vez, mi casi absoluta incapacidad para detectar cuando un autor está en plan parodia/irónico/doble sentido y demás artilugios, pretendiendo que cuando leemos
A entendamos
B, lo que os puedo asegurar es que el intestinal relato de las vivencias y peripecias de
Lind, en especial el periodo comprendido entre la anexión de Austria al Reich y su llegada como polizón a Palestina el 25 de Julio de 1945, arrasa a uno. Enganchado sin pestañear a las hojas por unas horas. Luego ya se digerirá el supositorio, ya nos escandalizaremos o no… ya decidiremos si donde nos dijo
A, quiso decir
B, o tal vez
AAA. En cualquier caso, siendo el asunto el que es, con fuego entre las manos andaba
JakovL. Y el libro, flamígero.

Nada que ver el absorbente y abrasivo
Contando mis pasos con el por momentos soporífero
Diario de un caracol de
Günter Grass. En él se entremezclan el relato de una campaña electoral vivida en primera persona por Grass a comienzos de los años 70 (aburridísimo asunto biográfico) con el alucinante relato de la vida de
Hermann Ott, profesor judio en la ciudad libre de Danzig/Gdansk durante los años críticos de Centroeuropa y la 2ª GM. En su haber Ott presentaba una curiosísima afición a larvas, babosas y caracoles, y la publicación de una libro cuyo título: “Sobre el caracol como mediador entre la
Melancolía y la
Utopía” nos da más de una pista sobre lo peculiar y difuso del personaje. Lo de Hermann no tiene desperdicio. Durante
224 semanas, pasándole por encima razzias, tanques y bombas, permanece escondido en el sótano de la vivienda de un vendedor de bicicletas que, al comienzo de la guerra, duda si entregarlo y que acaba dependiendo de él al final…

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