
Podríamos contratar a maestros indiscutibles del color,
StanleyK o
TerrenceM, MichelangeloA o
IngmarB, casi nada; a iluminados de los seventies como
GeorgeL o
StevenS; parir productos de ensueño colectivo tan alucinantes como
Encuentros en la tercera fase, y aún así no conseguir nada parecido al espectáculo insuperable del
Saturno V despegando, escapando a nuestra vista y soltando luego sus partes sobrantes. No sólo hito histórico absoluto, también golpe de timón en preponderancias nacionales y, por ello, objetivo de una enorme campaña publicitaria/propagandística. Los que inventaron el artilugio saturniano,
WernerVB a la cabeza, quién se iba a acordar ahora de sus tropelías en la báltica Peenemunde cuando de lo que se trataba era de recuperar la primacía especial escorada descaradamente hacia el Este, se debieron estrujar las meninges menos que los encargados de la mercadotecnia, responsables estos de optimizar el asunto y de deslumbrarnos y hechizarnos con las filmaciones del suceso. Hipnosis total.

Hacía tiempo que la cuestión del
Apolo estaba más que resuelta, técnicamente no albergaba secretos, el alunizaje era realizable. Otro cantar era llevar el dichoso
Apolo hasta la Luna. Difícil, difícil. No les quedó otra que recurrir al cerebrito de
Werner, olvídense de su pasado y demás inconvenientes, miremos al futuro, no es más que un brillante científico con ciertos descarríos de juventud, ahora maduro y genial y vanidoso. Venga, llévenlo a Huntsville y le proporcionen todo lo que pida por su boquita. Aquí debieron empezar a trabajar duro los de la mercadotecnia, vendiéndonos las ilimitadas bondades de
Von Braun y disimulando encuadres marciales de otras épocas, golpes en el pecho teutónicos y otros despendoles poco populares pasado el año 45. La palabra de
Mr. President estaba en entredicho y había que llevar la cápsula lunar hasta su nido, a cualquier precio, Heil.
Tan importante como que la cosa saliera bien era que la cosa nos hipnotizara. Sin duda. Los del otro bloque, punteros al inicio de la competición, no tenían, a estas alturas, ni una
imagen en color con la que cautivar al personal. Lo suyo parecía antediluviano… Cruzando el charco nos topamos, aparte
Werner y otros entes pensantes, a ese curioso cruce entre
Kubrick/Lucas/Spielberg al servicio de la administración, personaje cuasi anónimo que planifica, organiza y realiza la filmación de la gran sinfonía de
Von Braun. Hay que ver qué pasada de imágenes. Quién no se ha quedado estupefacto viéndolas, primero la disentería de fuego al encender los motores, luego semejante artilugio despegando del suelo y soltando hielo y vapor a espuertas al ascender, el color del
cacharro V, imagínese uno los pelos de
Werner, el escalofrío, la emoción; y después el sumun total, mucho más arriba, cuando se van desprendiendo los segmentos ya utilizados del
cohete cinco, en pleno espacio... No hay peli de ciencia ficción, con miles y miles presupuestados para efectos especiales, que se acerque a esto. En HD uno se queda absorto con el espectáculo:
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