
Ya sabemos cómo, de qué manera, entró
Salvador Elizondo en relación con la
fotito aberrante: al igual que tantos otros, leyendo el libro de
Bataille sobre las lágrimas de eros. Así nos lo cuenta
Elizondo en su
“Autobiografía precoz”. Vale. De las teorías de
Georges no creo que se acordara a los tres meses. Pero la foto escabrosa lo acompañó el resto de su vida. Desvelos y
Farabeuf fueron el resultado. Es una pena que nuestro autor no haya formado parte de los cerrados círculos pedante/artísticos de la villa parisina, porque seguro que ahí habría disfrutado a tope, enterándose del cotilleo último sobre tal o cual personaje del mundillo ese. Y una vez enterado del cotilleo, hasta del más desmelenado fistfuckin` entre vedettes literarias,
Salvador se habría vuelto a obsesionar y, entre borracheras y alcoholismos, entre ingresos en manicomios y clínicas de reposo, nos lo habría contado en alguno de sus deliciosos delirios literarios.

Cierta tendencia al caos parece que acompañó a
Salvador a lo largo de años y años. Ya fuera etílico, anímico, de pareja, el caso es que fuera caos. No sólo en la
Autobiografía precoz, también en
Ein Heldenleben, Elsinore y
Noctuarios, el autor pierde el recato y da rienda suelta a un ombliguismo que por momentos resulta de lo más jugoso. A ver, cuéntanos algo
Salvador:
El día que salí del manicomio Silvia me comunicó que la demanda de divorcio había sido interpuesta por sus abogados. Esta noticia me proporcionó el pretexto para experimentar uno de los más grandes goces que he experimentado en mi vida. Nunca he tenido grandes prejuicios contra el uso de la violencia física contra las mujeres. Hay algo en su condición que la atrae y la desea. Ese día, creo que agoté para siempre todas las posibilidades de ser brutal contra un ser indefenso y mientras me ensañaba de la manera más bestial contra su cuerpo compactado en las actitudes más instintivamente defensivas que pudiera adoptar, experimentaba al mismo tiempo el placer de, mediante la fuerza física, poder aniquilar una concepción del mundo. Sólo tuve la presencia de ánimo, mientras la golpeaba, de notar que sus posturas eran, en cierto modo, idénticas a las que adoptaba cuando hacía el amor. Con esa efusión estaba yo imponiendo, quizá para siempre, mi condición de “macho” sobre sus alambicados conceptos de mujer “emancipada” y estaba yo destruyendo la concepción de “hombre civilizado” que para entonces yo despreciaba y que me avergonzaba. Silvia huyó… Creo que es suficiente. Así nos habla
Elizondo en sus
Autobiografía precoz, escrita a los 33 años. Serás, serás,
Salvador. Qué culpa tiene ella de que un trago te siente pesado y se te dé por violencias y chulerías de matón. O fue el
haloperidol, o el
risperdal… y encima lo cuentas. Y encima lo argumentas metavivencialmente. Y encima van y te lo publican. Orden! Represalias mix de inmediato. Habrase visto desfachatez semejante. Sí, sí, dinos quien fue,
Elizondo: Los de ediciones Atalanta, 2010, página 78 de
El mar de iguanas, precioso libro, editado tutiplén y con gusto, y que empieza con la mentada
autobiografía precoz… supongo que de aquí al juzgado, yo incluido, por leerlo.
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