
Debemos ser muchos los que sentimos una extraña atracción por los mapas y los nombres de los lugares y accidentes geográficos que en ellos aparecen. Por las curvas de nivel, la profundidad de las simas, el ancho de la cuenca de determinados ríos, y un larguísimo etcétera de posibilidades. Desde siempre me han fascinado. Ya os he comentado que mi viaje favorito, solo o acompañado, repetido de manera machacona desde que tengo tiempo y cuartos para ello, consiste en subirme al coche, mapa en mano (nada de gansadas tipo navegador/gps o similar, artefactos que te llevan de A hasta B obviando el sinfín de posibilidades que entre ambos se extiende, ofuscados tan sólo en hacer la ruta más rápida, o más económica, o más estúpida) y, sin rumbo fijo, alejarme de mi lugar de residencia. Tirar millas, que se dice. Ese mapa que nos acompaña, a mí y a mi locura, lo reviso y disfruto, lo como a cucharadas, con una antelación que prefiero callarme. Así como hay gente que, básicamente, quiere llegar a un sitio (ávidos consumidores de navegadores/gps y destinos concretos), yo, básicamente, quiero ir, y a ninguno en especial. Desplazarme, sí, sobre todo para distanciarme, y, en menor medida, para acercarme a otros lugares. Necesidades que tiene uno, qué le vamos a hacer. Viajes basados en el desplazamiento, la redundancia, el distanciamiento y el paisaje.

Asuntos inescrutables que le toman el pelo, descaradamente, a nuestra capacidad de raciocinio, a nuestra razón, actual medida de todas las cosas. ¿Por qué ese anhelo y ansia por ir a un sitio, siempre lejano, que sabemos feo y degradado, que sabemos decepcionante, sólo por la música de su nombre, por su localización sobre el plano, virguería cartográfica casi siempre límite entre dos realidades/coordenadas: tierra y mar, cielo y tierra, superficie y profundidad? Seguro que los profetas de la cognición tendrán mil explicaciones para semejantes cuestiones, pero yo no me las quiero creer.
Como podéis ver, la cuestión, reconocible por sus síntomas en aquel o aquellos que la padecen, es de difícil encuadre o definición…
Entre las muchas manifestaciones de nuestro “Misterio”, y aventurémonos ahora a definirlo como el hechizo de determinadas geografías, se encuentra su capacidad para actuar como refugio, como alternativa, como decantador de fugas. Para que esta función opere suelen ser necesarios dos factores. Uno objetivo: la distancia, y otro subjetivo, capaz de convertir al anterior elemento, que por sí mismo no debería producir efecto alguno, en símbolo o emblema totémico, y que no es más que el engaño que se produce en nuestras cabezas. Juntemos, pues, el nombre musical, un mínimo de distancia y la treta/artimaña de nuestra capacidad de discernimiento, que implicará que ésta quede desactivada, y estaremos dentro del territorio de lo misterioso.

Elegido un sitio-musical cualquiera, de esos que la sola mención o lectura de su nombre es capaz de convertirnos en seres totalmente irracionales, capaz de hacer que nuestra vida parezca un esfuerzo sin sentido o una absoluta pérdida de tiempo, la distancia hará su parte del trabajo. Elemento que parecería irrelevante si sometemos este asunto a la prueba del algodón racional, pero que es indispensable. Y es que está claro que la embriaguez que producen nuestros lugares totémicos depende, en buena medida, de la distancia física, sobre el terreno, a que se sitúan de nosotros. Poco nos dirán si están a la vuelta de nuestras casas, la artimaña de nuestras mentes no llega a tanto. La razón es débil, pero no tanto. No le vengáis a un Muxián con que si el Finisterre y el Mare Tenebrorum. Se ha bañado desde niño en ellos, vive de ellos, y, si hace falta, los esquilmará. Pero decídselo a un centroeuropeo o a un aragonés. Se estremecen. ¿Y nosotros? Qué alucinación nos invade a cualquiera si nos vienen con que Stromboli, las Hébridas o Samotracia, Mongolia, el Karakorum o el Salar de Uyuni.
Fuera los apóstoles de la razón y sus teorías. Estamos dentro del Misterio. Alucinados no atendemos a razones. A partir de aquí, quien padece el encantamiento será capaz de auto engañarse de la manera más pueril. Identificará esos santuarios, allende las cartografías más prosaicas, como futuribles mojones vitales. Como la solución a sus descarríos. Como sus salidas de emergencia. Siempre lejos, distancia, dadme distancia, fuera del alcance de todos aquellos que conocen nuestro patetismo insuperable, nuestra falta de realización. Nuestra cabecita desertará de la razón, pues, de lo contrario, nos chafaría al plan, la fuga mental. Ese refugio en el que soportar determinados socavones o, desde el cual, cambiar el rumbo
Como para fiarse de nuestra supuesta inteligencia. En qué cabeza cabe que, cuando la vida de alguien es un absoluto desastre, se pueda dar sentido a la misma mediante el desplazamiento del interesado a lo largo de la geografía terrestre. Y sin embargo en ello ¿creemos? a pies juntillas. Tantos kilómetros al norte, o hacia donde cuadre, y esperamos un milagro. Me voy al Tibet, habrán dicho tantos. A encontrarme a mí mismo, habrán seguido. Y al revés, más de un tibetano habrá dicho, al Finisterre me voy, a purificar cuerpo y alma con el bruñido atlántico y el solpor nerio.
Es curioso ver las cosas desde el punto de vista de quien ya vive en un lugar de éstos. Para éste no hay engaño ni artimaña que valga. Sin ir más lejos, siendo a Costa da Morte o el Finisterre meta de tantos, desde caminantes y aventureros a desubicados, resulta paradójico que, para tantísima gente de la que vivimos en este misterioso paraíso, irse sea una prioridad. No me incluyo entre ellos, pero conozco a tantos que da que pensar. Lo que a mil kilómetros suena a poesía, una vez aquí, puede sonar a infierno. A esos mil kilómetros de distancia, la artimaña de nuestra mente, el engaño pueril, surte su efecto, dribla con facilidad a nuestra razón. Una vez llegados al destino, la cosa es distinta y difícil es engañar a nuestro entendimiento. Aunque sea una perogrullada decirlo, es evidente que lo que buscamos en estos sitios sólo lo encontraremos en nosotros mismos y para nada dependerá de tal o cual lugar. Aunque a veces así nos lo parezca a mil kilómetros de distancia.


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